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Las mujeres aún no tenemos derecho a decidir

María Antonieta Cano Acosta, Las2orillas, Bogotá, mayo 10 de 2016

Desde la sociedad esclavista hasta nuestros días, filósofos, pensadores y hombres de relevancia política han urdido toda una serie de teorías que hacen la opresión a la mujer algo natural. Veamos unos ejemplos: Aristóteles decía: “Es una ley natural que existan elementos naturalmente dominantes y elementos naturalmente dominados (…) el gobierno del hombre libre sobre el esclavo es un tipo de dominio; el del hombre sobre la mujer, otro”. Tomás de Aquino: “La mujer es una mala hierba que crece rápidamente, es una persona imperfecta (…) las mujeres nacen para estar sujetas eternamente bajo el yugo de su dueño y señor, a quien la naturaleza ha destinado al señorío por la superioridad que le ha dado al hombre en todos los aspectos”. Rousseau “ilustraba” con frases de este estilo: “Toda la educación de la mujer debe referirse al hombre. Complacerlo, serle útil, hacerse amar y honrar por él, educarlo cuando joven, cuidarlo cuando adulto, aconsejarlo, consolarlo y hacerle la vida dulce y agradable”.

Así, desde la aparición de la propiedad privada en el esclavismo y con la implantación de la familia monogámica como medio de garantizar que la herencia quedara en manos de los hijos legítimos del dueño, sentencias como estas han justificado la subordinación de la mujer como un objeto más del varón, sujeta a sus designios, cuya principal responsabilidad con la sociedad es la de la continuidad de la especie.

Estos cánones de conducta, arraigados a través de los siglos, son determinados desde la educación diferenciada para cada sexo. La niña no puede tener juegos violentos o de fuerza física y se ve limitada casi exclusivamente al ámbito de los quehaceres hogareños como las muñecas o el juego de la cocinita. A los niños, en cambio, les regalan camiones o robots. Las niñas crecen con la idea de que son bonitas, decorativas, femeninas, delicadas, y deben tener como propósito en la vida ser madres y esposas obedientes, creencia que se va heredando generación tras generación.

El aspecto de la maternidad es sumamente importante para las clases dominantes. La familia y, en concreto, la madre, garantiza la transmisión de “las buenas costumbres”. Al atreverse a romper las cadenas en la lucha por su emancipación, por el derecho a decir “este es mi cuerpo, yo decido”, la mujer tiene inevitablemente que superar muchos obstáculos y romper con taras y prejuicios sin cuento, que van desde lo jurídico hasta lo económico y social.

Cuando la mujer reivindica su soberanía sobre el cuerpo, está rompiendo con siglos de opresión y alzando las banderas contra esa manía de tutelar a las mujeres, de tratarlas como menores de edad incapaces de tomar una decisión por sí mismas. Aunque ya está demostrado que la mujer no es el ser inferior al que hacían referencia Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, en la sociedad actual sigue habiendo personajes, cada vez más desteñidos, como el procurador general, Alejandro Ordóñez, que pisotea en forma alegre la legislación y desconoce impunemente los fallos de la Corte, con tal de ignorar los derechos sexuales y reproductivos.

Aunque parezca mentira, el derecho a decidir sobre la maternidad es una reivindicación que sigue sin reconocerse en pleno siglo XXI. Aunque ha habido algunos avances jurídicos en algunos países, el pleito social aún no está resuelto.

Tanto Alejandro Ordóñez como los funcionarios que desconocen los derechos femeninos en materia sexual y reproductiva, desinformando además sobre ellos, no solo ejercen violencia contra la mujer, sino que están mancillando la dignidad de la mujer.

El derecho a decidir suena sencillo, pero es extremadamente difícil en una sociedad que aún conserva patrones de comportamiento que le coartan a la mujer uno de sus más elementales derechos, el de decidir sobre su cuerpo. La legislación siempre ha discriminado a la mujer. En Colombia, hace unos años, el Código Penal otorgaba el perdón y eximía de toda culpa al marido ofendido que, en “legítima defensa del honor”, asesinara a su cónyuge adúltera. La interrupción voluntaria del embarazo se criminaliza aún en países como el nuestro. Estas medidas no son del ingenio de la sociedad actual. Hacen parte del legado testamentario de sociedades ya desaparecidas, pero que se mantiene, aunque se intente maquillar con eufemismos modernistas.

Si luchamos por la defensa de la soberanía nacional y reivindicamos el patriotismo frente al saqueo imperialista, ¡cómo no reivindicar el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo! Tener conciencia de ello nos pone como reto cambiar el statu quo y, junto con los hombres, cambiar la sociedad en que vivimos.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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