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Los antecedentes de la Regeneración 1875-1885: El Ascenso de Núñez y el Conservatismo

El 1° de Abril de 1878 tomaba posesión de la presidencia de la República el General Julián Trujillo. Era presidente del Congreso don Rafael Núñez y, en calidad de su investidura, dio posesión al nuevo mandatario. En su discurso, Núñez pronunció aquella famosa frase que signaría desde entonces una época de trascendental importancia para nuestra historia, la época de LA REGENERACIÓN: regeneración administrativa fundamental o catástrofe, fue su sentencia premonitoria. Para él la crisis había llegado a un punto de no retorno y el dilema de «regeneración o catástrofe» debería ser resuelto por Trujillo mediante «una política diferente». Ese era su planteamiento.

Por supuesto, Trujillo poco o nada hizo para solucionar la crisis. Venia de triunfar en una de las guerras civiles de mayor fanatismo de cuantas haya pasado el país, la de 1876, en la que los batallones del bando conservador habían sido bautizados con nombres de santos y denominaciones de la Virgen María y de Jesucristo. Ni tenía las ideas ni poseía la determinación suficiente ni contaba con el apoyo político necesarios para la gran transformación que le demandaba Núñez al posesionarlo. Tendría que pasar un decenio de profundos traumatismos económicos y políticos, para que no Trujillo, sino el mismo Núñez emprendiera aquella misión histórica que se había trazado, la de LA REGENERACIÓN. Una guerra civil, levantamientos en casi todos los Estados, la división del Partido Liberal, un realineamiento del Partido Conservador, profundos y sutiles enfrentamientos políticos entre los dos partidos y dentro de cada uno de ellos, crisis económicas y medidas gubernamentales de todo tenor, conducirían el país a una transformación radical de su política y de su economía, cuyas repercusiones para su desarrollo han sido de trascendencia definitiva para el siglo XX. Poco a poco, la frase lapidaria de Núñez se iría imponiendo irremediablemente hasta lograr que todo el país, amigos y enemigos, neutrales e indiferentes, partidarios y opositores, vivieran lo que la historia iría a llamar la «regeneración fundamental» de Colombia.

NÚÑEZ DESAFIA AL RADICALISMO

El regreso de Rafael Núñez a Colombia en 1874, diez años después de haber permanecido en Europa desempeñando distintos puestos diplomáticos, sacudió el escenario político del país. Un grupo de eminentes radicales, entre los que se contaban Salvador Camacho Roldan, Miguel Samper, Eustorgio Salgar y Francisco J. Zaldúa, habían proclamado su candidatura sin contar con los más eminentes representantes del Olimpo Radical y de su jefe indiscutido, Don Manuel Murillo Toro. Empezaban a denominarse «liberales independientes» y a separarse de la dirección oficial de su partido. Representaban una corriente liberal que comenzaba a diferenciarse del «radicalismo».

En el conservatismo, por su parte, se habían conformado cuatro tendencias: los «ultraconservadores», de ideología religiosa con Don José Joaquín Ortiz; los «militaristas» siempre con la mente en la guerra civil al mando del general Manuel Briceño; los «particularistas» compuesta por empresarios de Antioquia agrupados alrededor de Marceliano Vélez; y los «nacionalistas», partidarios de acuerdo con los liberales inspirados por Carlos Holguín y Carlos Martínez Silva.

Pero entre los dos bandos liberales y el conservatismo existía un sector independiente, unos de cuyos miembros venían del mosquerismo y otros eran militares no alineados, con aspiraciones caudillescas los más, los cuales habían estado casi siempre al lado de los radicales en las luchas de los últimos quince anos, como los generales Solón Wilches, Santodomingo Vila y Daniel Aldana. El radicalismo pues, se había escindido en dos bandos y actuaba en el escenario un tercer sector liberal de militares muy ambiciosos y nada doctrinarios. Esta división producirla trascendentales consecuencias en la historia colombiana de la década siguiente.

El grupo de liberales que proclamó la candidatura de Núñez en 1874 recogía antiguos liberales draconianos, a liberales mosqueristas y al grupo de los radicales disidentes. Entre los más importantes sobresalían Francisco Javier Zaldúa (Presidente en el 82), Eustorgio Salgar (expresidente), Julián Trujillo (Presidente en el 78), José Eusebio Otálora (Presidente a la muerte de Zaldúa), Miguel Samper, Salvador Camacho Roldan, Elíseo Payan, Daniel Aldana, Solón Wilches, Diógenes Arrieta (todos protagonistas de esta época, como Ministros, Congresistas, Presidentes de Estado o Intelectuales). A pesar de que Núñez había recibido cargos y distinciones de los radicales y de que el mismo Murillo Toro lo había nombrado en los puestos diplomáticos de Europa, los jefes radicales no confiaban en él. Especialmente lo miraba con recelo el patriarca del radicalismo, Murillo Toro. Los acontecimientos se precipitaron después de que los radicales empezaron a enterarse de las visitas de Núñez a connotados dirigentes conservadores como Carlos Holguín, Miguel Antonio Caro y Carlos Martínez Silva, estos dos últimos directores de El Tradicionalista. Ante un articulo publicado por estos en que tildaban a Núñez de «anticatólico», el precandidato le envió una carta a su director el 7 de febrero de 1875 en la que declaraba que «no soy decididamente anticatólico... y nadie me gana en veneración con todo cuanto se relaciona con el sentimiento religioso».

Era, para los radicales, la confirmación de que Núñez había cambiado su posición ideológica durante su estadía en Europa. Los radicales habían leído artículos suyos proclamando a los conservadores como elementos indispensables de la sociedad y al conservatismo como principio de «unidad nacional». Para él la libertad tenía que supeditarse al orden, en contra de la consigna de la libertad absoluta. Declaraciones de este tenor tenían que alarmar a los jefes del radicalismo.

LA CRISIS DEL RADICALISMO

No podía ser de otra manera. Largas y profundas luchas entre los liberales y los conservadores habían convertido las relaciones entre el Estado y la Iglesia en la piedra de toque de diferenciación entre los dos partidos en su proceso de desarrollo y consolidación. No se trataba simplemente de un conflicto sobre las creencias religiosas o sobre la autenticidad de la profesión de fe católica. Lo que estaba en juego era una concepción del Estado, de la política y del desarrollo económico.

Después de la Revolución Francesa, Roma habla anatematizado al liberalismo como doctrina y como práctica y lo había declarado herejía porque colocaba a la sociedad y al pueblo como fuente de la autoridad civil en lugar de Dios. Le era imposible admitir que la Iglesia se sometiera al Estado en el terreno económico y político. Sus privilegios seculares sobre la tierra, sobre los campesinos, sobre las conciencias y sobre la educación, eran la consecuencia de una teoría defensora de la supremacía de la espada del Papa sobre la espada de los pueblos constituidos en naciones-estados. La Iglesia se oponía con todas sus fuerzas a la democracia liberal porque le obligaba a renunciar a su dominio político; rechazaba la industrialización y el capitalismo porque destruía su derecho sobre el monopolio de las tierras y el poder de los terratenientes; odiaba el proceso de incorporación de las masas a la política porque derrumbaba el poderío absoluto de los monarcas considerados por el clero como representantes directos de la autoridad delegada de Dios. Las condenas de los Papas a la revolución francesa, los anatemas de los concilios del siglo XIX contra la democracia y los baculazos del Vaticano contra el desarrollo del capitalismo en las Encíclicas «sociales» constituyeron la línea ideológica del conservatismo de todos los matices aquí, en Colombia, y en Europa. Era un movimiento internacional dirigido por los Papas.

La separación de la Iglesia y el Estado fue un principio político fundamental para el liberalismo del siglo XIX en Colombia. Significaba la defensa de la democracia. Representaba la única forma de romper los vínculos del feudalismo y del régimen económico de la colonia. Mosquera decía que con los tributos recogidos por la Iglesia y exportados por el clero Colombia se hubiera podido dotar de ferrocarriles. Para mitad de siglo no quedaba en el país tierra que no estuviera gravada por los censos eclesiásticos. Por eso Mosquera se enfrentaría al clero, extinguiría los conventos, los monasterios y las casas de religiosos que rehusaran someterse a las reformas económicas y políticas de carácter democrático y progresista. La Iglesia iba a seguir defendiendo hasta nuestros días la supremacía del poder eclesiástico sobre el civil, dado el origen divino de este último y la representación que aquel tenía de Dios en la tierra y, aunque le sería imposible llegar a imponerlo en su totalidad, reivindicaba en ese entonces y lo seguiría haciendo, al menos en nuestra patria, la injerencia suya en el gobierno de los pueblos.

El que Núñez, con su lenguaje enigmático, sibilino e impenetrable, diera pie para cualquier sospecha de conciliación con los privilegios de la Iglesia, lo colocaba al lado del Partido Conservador y, automáticamente, quedaba enfrentado al radicalismo. No se trataba de minucias formales, sino del desarrollo político y económico del país. Murillo puso el grito en el cielo. Proclamó la candidatura de Aquileo Parra, le exigió al gobierno de Felipe Pérez que apoyara al candidato radical, obligó al Presidente a que destituyera a su Ministro de Guerra y al Comandante del Ejército, Generales Santodomingo Vila y Solón Wilches, más adelante Presidente de los Estados de Panamá y Santander respectivamente, y maniobró en todos los Estados de la Unión para quitarle piso a Núñez. A este le escribió una carta en la que le notificaba su oposición abierta:

«He venido exprofeso de Caracas a atravesarme en tu camino, no porque yo crea que a un católico no le pueda confiar el liberalismo su primera magistratura, pues ahí tenemos a un convencido y practicante en don Santiago Pérez, sino porque siendo tú antes que todo un escéptico, tu frase me indica que en el camino de las concesiones políticas tú llegarás a entregar el poder al partido conservador» .

Núñez, como si Murillo se lo hubiera adivinado, ni corto ni perezoso, le ofreció a los conservadores una alianza para derrotar a los radicales sobre la base de: 1) Una reforma constitucional –o una interpretación acorde- que le garantizara a la Iglesia sus privilegios; 2) una reorganización de la Guardia Colombiana que favoreciera los Estados conservadores; 3) paridad en las Secretarías del Estado, principalmente la de Guerra, Hacienda, Tesoro y mando del ejército; 4) la Designatura para un conservador; 5) paridad en toda la burocracia del Estado. Pero todavía el Partido Conservador no confiaba en sus declaraciones en ese momento más bien de carácter electoral, a pesar de todos los esfuerzos de Carlos Holguín por presentárselo como un candidato aceptable para el conservatismo.

Así se fue gestando el Partido Independiente que perduraría solamente hasta la formación del Partido Nacional. Siete años después Núñez confirmaría, en un artículo famoso titulado Política Independiente que él no habla sido el fundador del Partido Independiente. Sin embargo, esta corriente política se consolidaría, aún así fuera por una etapa muy corta, a su alrededor. Una serie de acontecimientos la fortalecerían, de tal manera que de disidencia minoritaria, llegaría a colocar a Núñez en la presidencia de la República para el período de 1880 a 1882. Un mosquerista como Julián Trujillo, enfrentado desde los gobiernos de Mosquera con los radicales, vendría a ser el puente entre la caída de los radicales y el ascenso de Núñez. Trujillo no le perdonó nunca a los radicales la persecución desatada por su jefe contra el general Mosquera. Cegado por esta contraposición política y doctrinaria, Trujillo no alcanzó a entender el oportunismo de Núñez y le abrió el camino hacia la alianza con el conservatismo por el solo hecho de permanecer enfrentado con los radicales.

En el mes de mayo de 1877, en plena guerra civil, Murillo Toro se presentó al palacio presidencial y le exigió al Presidente Parra que le cerrara el paso a la candidatura de Trujillo, ya casi vencedor único en la contienda. Murillo le dijo textualmente a Parra, reunido con su gabinete en pleno:

«He oído decir, Señor Presidente, que el gobierno ha acogido y apoya la candidatura del General Trujillo para la Presidencia en el próximo período. No puedo creerlo porque con la elección de Trujillo, mosquerista y nuñista, terminará la época liberal de la República... Detrás de Trujillo vendrá Núñez y detrás de Núñez los conservadores. Y una vez que los conservadores se adueñen del poder por la defección de Núñez... todas las conquistas del liberalismo en el decurso de veinticinco años serán borradas de nuestras instituciones, los sacrificios consumados y la sangre derramada de 1860 a 1863, y de 1876 a 1877, habrán sido inútiles y estériles. ...Después de los hosanas que con júbilo hemos entonado a las victorias del liberalismo en la guerra que ha terminado, preparémonos para entonar los De Profundis sobre su tumba .

Murillo Toro buscaba impedir que Trujillo se alzara con la victoria de la guerra del 76. Su razonamiento era que si Trujillo ganaba la guerra y no el general Santos Acosta, Trujillo sería Presidente y le entregaría el poder a los conservadores. Los conservadores, desde el bando opuesto, estaban convencidos de que Trujillo les abriría el camino. Los intentos de Murillo Toro fueron inútiles y sus temores saldrían ciertos. Desde ese momento el radicalismo quedó profundamente escindido en dos fracciones de muy difícil reconciliación.

LA CAÍDA DE LOS RADICALES

La división de los radicales entre parristas y nuñistas en la campaña presidencial de 1875, el golpe asestado a generales tan influyentes como Santodomingo Vila y Solón Wilches no claramente alineados con Núñez, el fracaso de la maniobra de Murillo para detener la presidencia de Trujillo, la consolidación lenta pero segura de la corriente independiente del liberalismo, la desesperación de los dirigentes del radicalismo que los condujo a cometer error tras error para cerrarle el paso a Núñez, fueron colocando contra la pared a esa fuerza política que se había consolidado en el poder desde 1861, cuando Mosquera derrocara del gobierno a Mariano Ospina Rodríguez.

La lucha por el poder político central, objetivo fundamental de los partidos aún en los momentos de mayor auge del federalismo, pasaba inexorablemente por el poder de los Estados, en cuyas manos residía el poder de elegir el Presidente de la República. La lucha por el poder central era, primero que todo, una contienda por el poder de los Estados. De 1875 a 1880 el radicalismo los perdió todos. El General Trujillo hostigado por un Congreso bajo el control del radicalismo y dispuesto a cerrarle el paso a Núñez, contribuyó no poco con su furia antirradical del momento a que uno a uno fueran cayendo los Estados que estaban en manos de los radicales en manos de los independientes. Aquellos trataron de recuperar su fuerza comprometiéndose con candidatos imposibles de ser presentados ante la opinión pública como los generales Rengifo y Solón Wilches, desprestigiados y carentes de cualquier ideología. Un periodista conservador moderado de la época, Don Carlos Martínez Silva decía: «El partido radical ha caído, pues, por su propia virtud: no es que los independientes hayan triunfado, sino que los otros se han derrotado .

Mientras tanto, en el seno del conservatismo se libró una batalla muy importante para la posición futura de ese partido. Holguín y Cuervo abanderaron la candidatura de Núñez dentro del Partido Conservador, tuvieron que romper con Manuel Briceño debido a su obstinada posición de cerrarle el paso a un voto conservador por el candidato independiente y lograron que en varios Estados sus copartidarios sufragaran al lado del Partido Independiente. El conservatismo en ese momento no quería perdonarle a Núñez su falta de apoyo desde la presidencia del Estado de Bolívar en la guerra santa de 1876, después de tantas declaraciones de coincidencia con el programa conservador, como tampoco su matrimonio civil con Doña Soledad Román. Los conservadores partidarios de Núñez tenían claro una cosa, que Núñez no era un peligro para sus intereses. Era como decía el mismo Martínez Silva en vísperas de la elección presidencial de 1880:

«El señor Núñez, por graves que sean sus defectos, no es una mengua ni una amenaza para la nación. En el apretado dilema en que se ha colocado a la república, sería de celebrarse que el presidente electo fuera el señor Núñez; pero en ningún caso convendría que en ese resultado tuvieran parte los votos conservadores .

De todas maneras los radicales proclamaron candidato al General Rengifo, dictador en Antioquia, repudiado por conservadores e independientes, mientras los independientes salían victoriosos con la candidatura Núñez.

VOTACIÓN DE LOS ESTADOS PARA PRESIDENTE 1875,1880,1884

Núñez Radicales Conservadores

1876 1880 1884 1876 1880 1884 1876 1880 1884

ANTIOQUIA * * *

BOLÍVAR * * *

BOYACA * * *

CAUCA — * * — —

CUNDINAMARCA * * *

MAGDALENA * * *

PANAMÁ * * *

SANTANDER * * *

TOLIMA * * *

* Voto a favor
- Abstención

La llegada de Núñez al gobierno de 1880 representa el «principio del fin» del «radicalismo». La profética admonición de Murillo Toro se iría a cumplir al pie de la letra. El proceso de la Regeneración había comenzado en 1875 al ser derrotada la primera candidatura Núñez, había recibido un impulso definitivo en 1880 y alcanzaría su triunfo definitivo en 1885. Para lograr imponerse iba a tener que, no solamente derrotar al Partido Liberal, sino sacarlo de la escena política del país. Por eso, Joaquín Tamayo sentencia en su biografía de Núñez: «1875 fue la fecha de defunción del Partido Liberal. Los funerales se celebraron diez años después .

El Partido Liberal -en todas sus denominaciones: radicales, draconianos, mosqueristas- había intentado llevar a su culminación el proceso de la revolución democrático burguesa en Colombia. Este proceso se había iniciado con la revolución comunera y con los precursores de la Independencia; había logrado una victoria espectacular con la derrota del colonialismo español; había enfrentado tremendos obstáculos durante los últimos años de Bolívar; se había enredado a la muerte del Libertador en la furia de una reacción antirrevolucionaria; había encontrado un sendero promisorio con el primer gobierno de Mosquera y se había enrumbado por una vía abierta al más amplio desarrollo desde la revolución de 1860.

El liberalismo, en el proceso de esta revolución, destruyó el régimen fiscal de la colonia que impedía el desarrollo de la economía; le arrebató las tierras a la Iglesia y las liberó para el mercado, apoyó la colonización de tierras baldías, incorporó a la economía las de los egidos y los resguardos dejando así abierta la posibilidad de una transformación del régimen agrario; le quitó las amarras al comercio exterior roturando trochas y construyendo ferrocarriles hacia los dos océanos; consolidó ciudades comerciales, levantó puertos, emprendió bancos y fundó casas mercantiles, destaponando así el curso del comercio interior; la liberación de los esclavos y la supresión de los resguardos contribuyeron a proporcionar mano de obra libre a la economía nacional; revolucionó las ideas, transformó la educación, combatió el dogmatismo medieval, impulsó la ciencia, desarraigó el escolasticismo teísta; defendió hasta la exageración de vigencia de un poder político limitado contra toda imposición absolutista o restauradora del antiguo régimen; levantó la bandera de la separación de la Iglesia y el Estado; sometió el clero al régimen legal de la República. Todas estas medidas conducían a una nueva economía y a una nueva estructura política. Dentro de este proceso, fueron los radicales quienes nuclearon al liberalismo, le dieron un pensamiento estructurado y le dotaron de un programa coherente. Pero el enfrentamiento cada vez más antagónico entre ellos, debilitó, a la postre, su capacidad revolucionaria.

Núñez los llegó a odiar. Y los radicales también se hicieron odiar de Núñez. El «regenerador» era todo lo contrario de un revolucionario. Era demasiado escéptico para aferrarse a las ideas. Su espíritu taciturno no le permitía ser un luchador por ideales. Ambicioso hasta el extremo, calculador hasta el desespero y cobarde hasta la traición, siempre huyó de las grandes responsabilidades hasta el momento en que estuvo seguro de que nada le sucedería. En 1880 y 1884, ya elegido presidente, tanteó primero el terreno, antes de posesionarse. No estuvo presente en la promulgación de la Constitución del 86. Se rehusó a gobernar con la obra de sus sueños y se retiró a Cartagena. No antes de hacerse nombrar Presidente Vitalicio. La diatriba nuñista contra los radicales, durante casi treinta años, se hizo famosa. Escribía en uno de sus artículos, refiriéndose al radicalismo:

«Y si es de esa clase el enemigo que tenemos que combatir, ¿por qué quieren algunos de nuestro propio credo que tengamos gobiernos débiles incapaces de contener con mano firme el desborde que permanentemente amenaza a la nación? Para el que levanta el puñal del asesino, para el que prende dinamita cuyo resultado son escombros y despojos humanos, no hay ni puede haber misericordia ni contemplaciones; porque en estos casos toda contemporización es una grave falta, toda debilidad es un delito, faltas y delitos que no perdonan ni la Patria ni la Historia» .

Esta aversión de Núñez por los radicales se había ido desarrollando más por un enfrentamiento personal que ideológico, aunque, como lo había previsto Murillo Toro, su pasión individual se iría convirtiendo en la transformación de su pensamiento y de su política. Las masas radicales fustigaron sin misericordia las relaciones amorosas de Núñez con Doña Soledad Román, sin perdonarle su raigambre conservadora a ultranza y su historial como mujer atractiva e intrigante. El Congreso de 1878, de mayoría radical, se opuso al nombramiento de Núñez como ministro plenipotenciario en Washington. Este hecho, aparentemente secundario, se convirtió en definitivo para que Núñez planificara su venganza, aun a precio de su propia trayectoria ideológica radical, de larga data. Mientras los radicales se habían propuesto la destrucción política de Núñez, este se preparaba para la defensa de su amor propio herido, de sus ambiciones personales, del amor de su vida con Doña Sola, y de su vaga idea de «regeneración» que se iría clarificando sólo en la medida en que tenia que buscar un pretexto ideológico para aglutinar fuerzas dispersas contra los radicales.

Los radicales, dentro del liberalismo, habían presentado una de las principales fuerzas defensoras de la revolución democrático burguesa en Colombia contra la amenaza de la restauración antidemocrática disfrazada de escolasticismo, de fe católica, de autoritarismo y de centralismo hegemónico que el Partido Conservador había abanderado durante cincuenta años. Su caída iba a significar históricamente el fracaso de esa revolución democrático burguesa en nuestro país. La Regeneración va a ser para el proceso histórico siguiente el movimiento que le dio la estocada definitiva y el golpe de gracia a la revolución democrática.

EL ASCENSO DEL CONSERVATISMO

La Regeneración como una realidad histórica sólo se hizo posible con el arribo de Núñez al poder y la derrota definitiva de los radicales. Aunque en 1880 Núñez llegó a la Presidencia, no contó entonces, con las condiciones de poder para llevar a cabo su «regeneración». Tuvo que pasar a través de la guerra de 1885 y el descalabro de los liberales unificados, la alianza con todos los sectores del Partido Conservador, para poder imponer sus reformas «regeneradoras». Para llegar allí transcurrieron cuatro etapas: la etapa del desastre radical, la etapa de la traición de Núñez, la etapa de la alianza con el Partido Conservador, la etapa de la reforma constitucional.

Primera etapa, 1874-1880: El desastre radical puede mirarse en su conjunto. Comienza con una profunda división del radicalismo, aprovechada por Núñez para ponerse al mando de los independientes. El país atraviesa por una grave crisis económica con la caída uno tras otro de los productos que generaban los recursos fundamentales del país, el tabaco, la quina y el añil. Los radicales son incapaces de salirle al paso a esta crisis económica. Los conservadores aprovechan las circunstancias para lanzarse a la guerra del 76, la cual logra reunificar transitoriamente a los liberales, pero con un resultado adverso a los radicales que tienen que aceptar el triunfo de un general mosquerista y posteriormente su presidencia. Trujillo se convierte en el camino de Núñez al poder y, a través de él, en el instrumento del regreso y consolidación del conservatismo. Derrotados los conservadores en la guerra del 76, cambian su táctica de enfrentamiento antagónico y militar e inician un proceso lento de acercamiento a Núñez, comandados por Carlos Holguín, Carlos Martínez Silva y Miguel Antonio Caro. Son estos tres dirigentes conservadores los que comprenden el llamado angustioso de Núñez al Partido Conservador y los que conducirán a su partido a la alianza con Núñez en la etapa siguiente y a la conquista del poder.

Los radicales no oponen un programa político y económico a Núñez, sino la fuerza de la maniobra y las armas. Con la candidatura del general Rengifo es imposible contrarrestar la avalancha de una renovación ideológica patrocinada por los independientes al mando de Núñez, no importa que ella sea lo suficientemente confusa para aglutinar fuerzas muy contradictorias y neutralizar a los conservadores. El triunfo de los independientes es abrumador. Elíseo Payan en Cauca, José Eusebio Otálora en Cundinamarca, José María Campo Serrano en Santander, Robles en Magdalena son los artífices de esa victoria. Todos están contra el radicalismo y todos, unos más abiertamente que otros, reciben el apoyo de los conservadores.

¿Qué le había pasado a los radicales? Primero, es indudable que la crisis económica había afectado a los Estados tradicionalmente más partidarios suyos y que, en lugar de tomar medidas para contrarrestarla, los gobernantes allí se habían extralimitado en leyes y decretos nada conducentes a solucionar la crisis, como el caso de Solón Wllches en Santander. Segundo, los radicales no habían sabido sumar fuerzas. Por el contrario, en lugar de tratar de neutralizar a sectores independientes de larga trayectoria radical, los enajenaron enfrentándolos en todos los terrenos. Ese fue el caso de Camacho Roldan y Miguel Samper. Tercero, su vieja enemistad con el general Julián Trujillo, arraigada en los violentos enfrentamientos de Murillo Toro y Mosquera, pudo más en el ánimo de los radicales que la necesidad de aglutinar fuerzas contra Núñez. Cuarto, no queda duda de que los radicales subestimaron a Núñez y creyeron que se le cerraba el paso simplemente atropellándolo con medidas administrativas, en lugar de confrontarlo en el terreno de las ideas. Todas las circunstancias políticas y de crisis económica favorecían a Núñez. El juego maestro de éste fue el de saberlas aprovechar, en un momento de suprema debilidad organizativa para él, cuando no contaba ni con partido ni con ejército. Quinto, los radicales siguieron defendiendo unos principios políticos muy generales que ya nada le decían al país y no supieron avanzar en sus planteamientos para afrontar nuevas situaciones ante la arremetida de Núñez que encontraba acogida cada vez más amplia en los círculos conservadores. El liberalismo había perdido su rumbo revolucionario, no había encontrado una dirección política acertada y fuerte que enderezara su lucha contra Núñez y la reacción, y se había quedado corto ideológica y políticamente frente a la gran coyuntura histórica que le exigía su misión de salvar al país.

Segunda etapa, 1880-1882. Esta etapa abarca los dos años del primer gobierno de Núñez. Por primera vez se plantea el programa de la Regeneración y se comienza a poner en práctica con medidas concretas, siguiendo los lineamientos generales que su ideólogo habla venido presentando como una concepción general. Desde el discurso de posesión Núñez fija ya algunos de los puntos fundamentales de su programa: 1) tolerancia religiosa y abrogación de la ley de inspección de cultos; 2) restauración del proteccionismo; 3) una reforma educativa que controle el desborde de las ideas positivas 4) medidas contra la subversión del orden; 5) reorganización del ejército para prevenir trastornos; 6) intervención de la Corte Suprema de Justicia en los Estados federados. Núñez resumía su política en una consigna central; paz a toda costa.

Los siete puntos podían reducirse a cuatro, convertidos en pilares del movimiento regenerador: restauración de los privilegios políticos a la Iglesia, intervención del gobierno federal en los Estados, proteccionismo y reforma educativa contra el utilitarismo y en favor del escolasticismo. Su objetivo fundamental no radicaba en ese momento en provocar una reforma radical, sino en ganarse las fuerzas sociales con las que llevaría a cabo su «regeneración». Ganarse a la Iglesia, atraer a los terratenientes, neutralizar, por lo menos, a los artesanos y golpear a los comerciantes. En esa forma se ganaba el poder político eclesiástico y cohesionaba las fuerzas de oposición al radicalismo. El programa de Núñez, hágase los esfuerzos que se quieran en probar lo contrario, era la esencia del programa secular del conservatismo y de la reacción colonial, disfrazada de republicanismo. Eh ahí el origen y la esencia de la traición histórica de Núñez no al Partido Liberal, sino a la revolución democrática.

Con tres leyes -la ley 17 de 1880 sobre Orden Público, la ley 39 del mismo año de creación del Banco Nacional y la ley 40 sobre proteccionismo aduanero- y una serie de pronunciamientos y medidas sobre la educación, puso Núñez en marcha la Regeneración. Inmediatamente lo abandonaron dos de los jefes más connotados del Partido Independiente, Camacho Roldan y Miguel Samper. Después le siguieron casi todos los independientes de trayectoria que se habían unido a Núñez. Sólo se quedaron con él un grupo de jóvenes sin mucha prestancia en el radicalismo deslumbrados por la imagen de corifeo ilustrado que por muchos años se había fabricado.

La esencia de la ley de orden público consistía en darle al ejecutivo atribuciones sobre los Estados soberanos. En esto Núñez no era original. Mosquera lo habla pretendido sin éxito, echándose encima la enemistad de los radicales temerosos de su poderosa influencia y de su inmensa capacidad de maniobra nacional. Ahora los radicales, unos más enérgicamente que otros, temían que Núñez, sin los controles de una ley electoral, utilizaría la ley de orden público, para cambiar la correlación de fuerzas electorales en los Estados. Desde este punto de vista, a los radicales no los engañaba su instinto político.

Se produce, entonces, la reacción de los economistas y políticos radicales que se opusieron con toda energía al Banco Nacional. Núñez impuso el monopolio del crédito, el usufructo de las comisiones de las operaciones fiscales y la concentración de los depósitos oficiales en un Banco único con la justificación de unificar la emisión de billetes pagaderos al portador. Es decir, bajo la mascarada de la unificación del régimen monetario, medida absolutamente inaplazable y que ya había sido intentada por Mosquera, Núñez golpea a los radicales en el centro de su poder económico, el comercio y la banca. Al monopolizar el crédito y los depósitos del Estado, Núñez sometió a la quiebra decenas de bancos por los que respiraba el comercio y, en últimas, el sector más dinámico de la economía en ese estadio de desarrollo de la economía, como base que era de una acumulación de capital absolutamente necesaria para el despegue del capitalismo nacional. La emisión oficial, al no existir un régimen de control y un presupuesto tecnificado, se convertiría en el saco roto del más descarado favoritismo gubernamental que distribuiría a manos llenas el dinero emitido para lograr así lo que no tenía en votos el partido político de Núñez y, además, en fuente de la más bárbara Inflación de nuestra historia, con la cual el partido conservador en el poder se financiaría para combatir y tratar de exterminar el liberalismo en la década siguiente hasta la Guerra de los Mil Días.

El Banco Nacional no era un banco central en el sentido moderno de la institución, sino un Instrumento político para liquidar al radicalismo, golpear a los comerciantes y ahogar a los cultivadores de café, predominantemente liberales, entonces en pleno proceso de crecimiento. Un conservador como Martínez Silva, sin vinculaciones directas con la banca privada del país como en realidad lo eran Camacho Roldan y Miguel Samper, conceptuaría sobre el Banco Nacional en el momento ya de su plena consolidación:

«No hay necesidad de entrar a demostrar aquí cuan perjudicial es el monopolio oficial, o en manos de una compañía particular de la industria bancaria. Sólo como recurso fiscal, y eso en muy determinadas circunstancias, puede justificarse hoy el monopolio de un ramo de la industria. Pero tratándose de la bancaria, las razones que militan en favor de la libertad son más fuertes que en ningún otro caso... La competencia es el alma y el estimulo de toda empresa; donde el aguijón, la industria desfallece y muere...» .

Los recursos para iniciar el Banco Nacional salieron de un contrato de hipoteca de los derechos futuros -por espacio de veintisiete años- que poseía la república en la empresa del ferrocarril de Panamá, firmado pro Salomón Koppel con banqueros de Wall Streat el 26 de octubre de 1880, según el cual la república recibiría tres millones de dólares, en últimas reducidos a un millón que serviría para poner en marcha el Banco. Después de describir el desastre fiscal a que condujo el Banco Nacional con las famosas emisiones clandestinas y sin respaldo, y de demostrar el significado político que adquirió el dinero hasta dislocar totalmente la noción de honradez individual, Joaquín Tamayo, en su biografía del regenerador, concluye: «La historia del Banco Nacional es la historia de la concupiscencia de una época» .

No solamente tenía Núñez razones políticas para imponer el proteccionismo con el propósito de asegurar el apoyo de los artesanos, sino también motivos económicos de muy profunda fundamentación. Núñez claramente se manifiesta opuesto a que el país se proletarice, es decir, a que se desarrolle una clase que en Europa había desplazado a los campesinos y a los artesanos y que se había manifestado ya como una fuerza actuante en las revoluciones de 1848 y 1871, esta última en la Comuna de París. Núñez vivió ya la represión de Bismark contra la clase obrera alemana. No quería, posiblemente, que Colombia transitara por un proceso semejante al de Europa durante la segunda mitad del siglo XIX. No tenía otra forma su gobierno para obstaculizar el proceso ineludible del capitalismo con su secuela de la proletarización que la de imponer el proteccionismo y salvaguardar la clase de los artesanos. Además, abrigaba otro propósito político, acorde con su consigna principal de la paz, la de mantener a los artesanos como el fiel de la balanza social. Por eso afirmaba:

«El librecambio mercantil no es sino la conversión del artesano en simple obrero proletario, en carne de cañón o en demagogo...» .

«...el libre cambio... significa forzosamente la imposibilidad de formarse un gremio de artesanos nacionales a la altura de las necesidades de equilibrio social, que no puede desatender ninguna comunidad previsora; porque es ese gremio la fuerza científica, por decirlo así, que debe servir de contrapeso, o de fiel, a los platos extremos de la balanza» .

Desde el punto de vista político el objetivo de Núñez consistía en utilizar a los artesanos como una fuerza de equilibrio social, impidiendo que un avance del capitalismo los transformara en proletarios urbanos y logrando que el mantenimiento de una producción atrasada y feudal como la industria artesanal neutralizara un posible levantamiento del artesano. Desde el punto de vista económico, la restauración del proteccionismo, sumado al monopolio crediticio impuesto por el Banco Nacional, reduciría las posibilidades de acumulación interna de capital en manos de los comerciantes y fortalecería la única actividad económica rentable en el país a cargo de los terratenientes.

Núñez podía, en sus discursos y artículos, referirse con frecuencia al desarrollo y a la industria, pero sus medidas económicas contradecían absolutamente esos objetivos. Liquidar la única clase -los comerciantes- capaz de garantizar en ese momento histórico la acumulación de capital necesaria para la inversión industrial y salvaguardar las clases más atrasadas incapaz de asegurar su desarrollo, son la esencia misma de LA REGENERACIÓN en el campo económico y social. Sus propósitos en este terreno se encaminaban a liquidar a los radicales que defendían los intereses de los comerciantes. Y, además, tenía como blanco de ataque a los radicales para obtener estas metas fundamentales de su «regeneración».

Le quedaba imposible al regenerador congraciarse con los conservadores y los artesanos, sin atacar el carácter de la educación impuesta por los radicales. Entonces la emprendió contra ella. Partió del modelo educativo establecido por los regímenes conservadores de 1843 a 1850 para restablecer la obligatoriedad de la educación religiosa en las escuelas y en la universidad y la disciplina férrea y represiva que habla caracterizado esa etapa. Núñez buscaba romperle la espina dorsal al radicalismo, golpeándolo ideológicamente en la base de su doctrina utilitaria y positiva. En la reforma educativa Núñez siguió su famosa sentencia de que «la llamada libertad de enseñanza que se proclamó en 1850 fue... como una sentencia de muerte pronunciada contra el progreso intelectual» .

Aunque el movimiento estudiantil se levantó contra las medidas de Núñez con la consigna de: ¡abajo de vergonzosa regresión al fanatismo y al oscurantismo clerical!, el regenerador logró su propósito y la reforma educativa se abrió camino.

El primer gobierno de Núñez no hizo sino favorecer al Partido Conservador y a la Iglesia. No solamente fueron sus medidas de trascendencia. También las menores. Nombró en puestos importantes a Carlos Holguín y a Miguel Antonio Caro, prohombres del conservatismo. Impulsó una ley que modificaba todo el régimen de inspección de cultos mediante el cual se mantenía el clero sometido a las leyes y normas del Estado. Le devolvió los bienes confiscados a las instituciones religiosas en la guerra del 76, con los cuales se habían financiado los conservadores. Buscó como pudo la forma de prorrogar su mandato constitucional por otro período. Estas y otras muchas más tuvieron el efecto de unificar a los liberales. Pero ya el liberalismo estaba minado, el conservatismo fortalecido y un sector independiente adhería a Núñez. Al final del período, el presidente del Senado, Ricardo Becerra, caracterizó el gobierno como un régimen que habla regresado a la suprema autoridad católica, lo que le valió este comentario al jefe conservador Martínez Silva:

«Por este solo servicio el señor Núñez es acreedor a la gratitud nacional; y nosotros nos complacemos en rendirle hoy, cuando ya nada tiene que dar ni que ofrecer, un público testimonio de respeto y de consideración» .

HACIA EL PARTIDO NACIONAL Y HACIA LA CONSTITUCIÓN DEL 86.

Tercera etapa, 1882-1885: Podría decirse que esta etapa comienza ya con las maniobras de Núñez para prolongar su período presidencial o, en su defecto, con la elección de un candidato que le abriera el camino para otro mandato. Su problema principal es que no cuenta con una fuerza política suficiente para ganar las elecciones. Todos los factores están listos en el camino de Núñez hacia el conservatismo. Sólo el Partido Conservador lo puede salvar. El acuerdo que venía buscando desde su regreso al país en 1874, por fin lo logra. Aunque el gestor de la alianza de Núñez con el Partido Conservador, Carlos Holguín, se encuentra fuera del país, las muestras irrefutables de doctrinarismo conservador demostradas por el regenerador no ofrecen dudas en la jefatura conservadora. El manifiesto conservador de 1883 firmado por la Junta de Delegados, el Directorio Ejecutivo y el Consejo Consultivo de ese partido le da el apoyo irrestricto a su candidatura. No podía esperarse otra cosa. Como bien lo dice el regenerador, el Manifiesto era una respuesta lógica y consecuente a toda la política conservadora agenciada por él desde el gobierno, porque la ley de orden público, la de reorganización del ejército, las leyes fiscales, la política religiosa, todas fueron, según sus propias palabras, «medidas conservadoras» .

Núñez es elegido para un nuevo periodo con el apoyo irrestricto y masivo del Partido Conservador. En realidad, ese año 1883 fue el año culminante de la evolución político ideológica de Núñez. Desde entonces los historiadores y políticos conservadores lo consideran un miembro ilustre de sus filas. Solamente hacia la mitad de este siglo los liberales lo han reincorporado a sus huestes y lo han reivindicado como un verdadero liberal.

No se trata de una polémica de poca monta. Los partidos colombianos respondían a posiciones ideológicas radicalmente contrapuestas que se materializaban en estrategias de desarrollo antagónicas. Las barreras entre los partidos no se habían borrado como lo pretendía en ese momento Núñez tratando de barnizar su política conservadora con tintes liberales. Por esa razón, convertir la Regeneración en un movimiento genuinamente liberal, como lo hace un historiador tan imitado por las nuevas escuelas del tipo Indalecio Liévano Aguirre, significa desfigurar la esencia del liberalismo decimonónico y quitarle piso a la revolución democrática, así como reivindicar el papel del clericalismo, la inquisición y el autoritarismo agenciado por el conservatismo aún desde antes de su estructuración como partido político.

Lo que triunfó en 1883 no fue la tolerancia, sino la reacción, es decir, la política que sellaría definitivamente el destino de subdesarrollo a que se ve hoy sometida Colombia. Quizás nada más elocuente que el testimonio de un testigo de excepción durante todo este proceso como el concepto de José María Samper, en carta histórica dirigida al regenerador:

«Yo lo he observado y seguido a usted paso a paso desde 1853, cuando fue uno de los secretarios del general Obando. La tendencia a la justicia, al equilibrio, a la reparación del mal con el bien, ha sido constante en usted; es lo que, con maravillosa perspicacia ha visto en usted el partido conservador, y por eso este partido ha sido nuñista desde 1875; entendiéndose como nuñismo, el llamamiento hecho a un liberal honrado y justiciero que se llama Núñez, para que devuelva la paz sólida y el equilibrio a las fuerzas nacionales, corrigiendo los abusos y los errores del liberalismo extraviado» .

Ya en el gobierno, a Núñez no le preocupó ni la profunda crisis económica ni el desbarajuste social en que se encontraba el país como producto del desmoronamiento de la quina y de la caída de los precios del café. Tuvo sólo una preocupación. Cerrarle el paso a la recuperación de los radicales para poder mantenerse en el gobierno e imponer la Regeneración con su reforma constitucional. Todo dependía de impedir que los radicales volvieran a controlar el Estado de Santander para que completaran la mayoría con Antioquia, Tolima, Boyacá y Bolívar. A estas alturas Núñez parecía intuir que sólo una derrota militar de los radicales le permitirla lograr sus propósitos y, por esa razón, se dedicó a provocarlos en todos los terrenos hasta llegar a desconocer la elección del presidente en Santander. Los radicales respondieron desordenadamente a las provocaciones de Núñez que, desde el gobierno, firmó un pacto militar con el general conservador Leonardo Canal. En ese momento jugó papel definitivo una mujer, Soledad Román. Fue ella la que logró el entendimiento militar de los conservadores con su marido. Furiosamente conservadora, dominaba a Núñez, y no fueron pocas las decisiones del regenerador salidas del lecho nupcial, en este histórico período.

De todas maneras la guerra civil se precipitó. Fue una de las guerras más generalizadas de todas las que sufrió el país en el siglo XIX. Hubo guerra en el Tolima, en Boyacá, en la Costa Atlántica, en Cauca y en Panamá. Por primera vez los norteamericanos intervienen directamente en los asuntos internos de Colombia, contribuyendo militarmente a las fuerzas nuñistas en Panamá. Tal vez lo que definió la guerra a favor del gobierno y de los conservadores fue el error cometido por los liberales en el sitio de Cartagena:

«El sitio de Cartagena comenzó el 25 de febrero de 1885, se prolongó durante tres meses y significó para los radicales el sostenimiento de una línea equivalente a quince leguas. Fue, sin lugar a dudas la peor equivocación militar de sus generales, que en esta acción se estrellaron en vano contra una fortaleza imposible de tomar, arrastraron al aniquilamiento gran parte de sus propias fuerzas, desgastaron fatalmente sus recursos y, peor aún, inmovilizaron sus tropas y buques durante un tiempo que les era precioso» .

El 17 de junio de 1885 tuvo lugar en La Humareda, una ladera a orillas del río Magdalena, en el distrito de Tamalameque, la última gran batalla de la guerra, convertida en «una de las mayores matanzas de liberales en la historia de Colombia» . La guerra no duró mucho más. El general Sergio Camargo abandonó el mando, entró en conversaciones unilaterales con el enemigo, solicitó pasaporte para ausentarse del país y traicionó a los demás jefes. El general Vargas Santos fue elegido para asumir el mando, pero renunció en manos de Foción Soto. En agosto la revolución de 1885 había llegado a su fin. Asegurado del triunfo, Rafael Núñez presidió desde el palacio de gobierno el 9 de septiembre de 1885 una manifestación conservadora ante la cual proclamó: «la constitución de 1863 ha dejado de existir». Se había impuesto la era de LA REGENERACIÓN.

Habían pasado diecisiete años desde que Núñez pronunciara en el Congreso su consigna de «regeneración fundamental o catástrofe». Había sido el comienzo de LA REGENERACIÓN. Lo que ahora seguía era la obra «regeneradora». Aunque las leyes de 1880 le hablan dado entidad programática y realizaciones concretas, solamente la reforma constitucional que Núñez inició de inmediato y la obra gubernamental que le seguiría, podían quedar para la historia como REGENERACIÓN FUNDAMENTAL. En este proceso Núñez, primero, había consolidado la división del partido liberal; segundo, había formado un nuevo partido distinto del liberal; tercero, con el poder le había dado forma a su idea regeneradora con las reformas de 1880; cuarto, había sellado inicialmente una alianza con los conservadores para llegar al gobierno, más tarde para derrotar militarmente a los liberales y, finalmente, para formar con ellos un nuevo partido; quinto, la alianza del partido independiente con el partido conservador para elegir a Núñez en 1884 y el acuerdo militar de Núñez con los conservadores en la guerra de 1885 establece en Colombia un partido distinto de los dos partidos tradicionales, el Partido Nacional, cuya vigencia en la historia y su fin, no han quedado bien definidos. Pero no hay duda de que al cabo de dos o tres años, el Partido Nacional era, en su ideología, en su programa, en su composición y en su jefatura, el mismo Partido Conservador. La década del noventa irá clarificando el carácter netamente conservador del Partido Nacional hasta definirse completamente con la Guerra de los Mil Días.

La Regeneración no culminó con la declaración de Núñez sobre la muerte de la Constitución de Rionegro. A ello siguió la elaboración y proclamación de la Constitución de 1886 y el régimen dictatorial impuesto hasta la Guerra de los Mil Días sobre la base de la nueva Constitución.

CARTA DE RAFAEL NUÑEZ AL DIRECTOR DE «ELTRADICIONALISTA»

Bogotá, 7 de febrero de 1875.

Señor Director de «El Tradicionalista»:

No pretendo iniciar una polémica con usted. Ni hay necesidad ni conveniencia de hacerlo en las presentes circunstancias en que yo me encuentro; pero me creo en el imprescindible deber de decir a usted que no soy decididamente anticatólico, como se afirma de paso en uno de los artículos del último «Tradicionalista», si bien sea posible que no estemos acordes en algunos puntos secundarios o de fuero externo. Y en todo caso aseguro a usted que nadie me gana en tolerancia de las creencias ajenas, ni tampoco en veneración respecto de todo cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. No se puede con mediano criterio vivir en Inglaterra el tiempo que yo he vivido sin adquirir la convicción -y muy profunda- de que ese sentimiento es uno de los más eficaces agentes de moralidad, libertad, orden, progreso y civilización.

Me permito también observarle refiriéndose al mismo articulo, que la lucha electoral en que hace desgraciadamente mi nombre papel tan conspicuo como inmerecido, no es de personas. El señor Parra y algunos de sus mejores apoyos han sido hasta ahora excelentes amigos míos, mientras que algunos de los que me honran con su adhesión no habían cultivado conmigo sino relaciones muy superficiales. Yo pienso por el contrario, que en el fondo del debate hay uno de los más fundamentales principios políticos, a saber: «La libertad del sufragio». No hago inculpaciones, porque en este momento soy el menos llamado a hacerlas, entre otra razones; pero abrigo la Intima persuasión de que el país quiere resueltamente gobernarse a sí mismo, esto es, por sí y para sí, en un sentido fiel y netamente republicano; y causa asombro al ver que algunos entendidos doctores del partido liberal no den a estas aspiraciones, que me atrevo a llamar invencibles, toda la importancia que realmente tienen.

Aprovecho esta oportunidad, señor Director, para suscribirme de usted atento servidor y compatriota.

RAFAELNUÑEZ.

CARTA DE BARTOLOMÉ CALVO A CARLOS HOLGUÍN SOBRE LA CANDIDATURA DE NUÑEZ PARA 1880

Guayaquil, 14 de abril de 1879

Mi querido amigo:

La llamada revolución en Antioquia ha quedado siendo para mi un enigma. Cosa más disparatada o más diabólica que aquello no se había visto nunca.

La candidatura de Tomás Rengifo para la primera Magistratura de la Nación es un insulto que todos los colombianos pundonorosos debemos rechazar; y yo creo que el partido conservador debería protestar contra ese escándalo adoptando la candidatura de Núñez, como un medio seguro de imposibilitar el triunfo legal de la candidatura sapista.

No quería yo que el partido conservador entrase en pactos o combinaciones en que frecuentemente se compromete la dignidad, sino que adoptase a Núñez como candidato propio, para que realizara el programa esencialmente conservador contenido en su discurso del 1 de abril y en los Mensajes que suscribió en 1878 como Secretario de Estado. Pero no espero que los prohombres de nuestro partido piensen de la misma manera que yo en este asunto, y lo más probable es que tengamos que resignarnos a ver a Colombia regida por un machetero o tal vez disuelta.

Su amigo de corazón,

BARTOLOMÉ CALVO.

MANIFIESTO CONSERVADOR DE APOYO A RAFAEL NUÑEZ

8 de Abril de 1883

Acércase la época en que debe hacerse la elección de Presidente de la República para el próximo periodo constitucional, y en tan solemne ocasión es natural que los partidos y los pueblos ejerciten su actividad a fin de que sea elevado a aquella alta Magistratura un ciudadano que dé garantías de ejercer con acierto las delicadas funciones de su cargo.

Aunque el partido conservador, alejado antes sistemáticamente de las urnas electorales por la violencia y por el fraude, pudiera presentarse en el debate electoral con un candidato de su comunión política, por un sentimiento de elevado patriotismo y de abnegación, sin ejemplo en nuestra Patria, comprendió, recién pasada la lucha armada de 1875, que era su deber renunciar, quizá por mucho tiempo, al triunfo directo de sus hombres y de su causa, para asegurar la paz a la República y para hacer concurrir suavemente todos los sanos elementos sociales a la obra de restituir a la república su prestigio, y a las costumbres políticas, viciadas por la violencia y la intolerancia, la seriedad y la pureza de otros tiempos.

Fiel a este propósito, el partido conservador resolvió apoyar de un modo decidido y eficaz a la fracción que, desprendida del partido liberal, se ha denominado independiente; no como se ha dicho por algunos, con el ánimo de dividir para reinar, sino con el de que aquella fracción, débil e informe al principio, se tornara en verdadero partido, cobrando aliento para llevar a término las reformas administrativas y políticas que la situación de la República urgentemente exigía y que el bando radical rechazaba... Falta aún mucho por nacer, es verdad; pero como regenerar un pueblo víctima por largo tiempo de un sistema de audaz y escandaloso exclusivismo, y como el bien, del mismo modo que el mal, se fecunda en sus lógicos desarrollos, es de esperarse que las mismas causas que han producido el relativo bienestar de que hoy se disfruta, seguirán trayendo lentamente el que aún nos falta por alcanzar. Y como una de esas causas quizá la más eficaz -ha sido el apoyo leal y desinteresado prestado por el partido conservador al independiente y a los Gobiernos constituidos conforme a las Constituciones que nos rigen, naturalmente aparece que esta política, justificada por la experiencia, debe continuar mientras se vea que con ella gana la causa de la República.

CARTA DEL PAPA LEÓN XIII A RAFAEL NUÑEZ CONFIRIÉNDOLE LA ORDEN PIANA

León Papa XIII

Amado hijo, salud y bendición apostólica.

Sabemos que han sido en gran parte restablecida por ti las cosas que, en daño de la religión católica y con sumo dolor de todos los buenos, habían perturbado y destruido en los Estados Unidos de Colombia la desenfrenada licencia y la audacia triunfante de los impíos, lo cual nos hace esperar que en lo futuro todo ha de ser próspero y feliz para ti y para la Nación que presides.

Por el mérito, pues de estas esclarecidas acciones, te hemos estimado digno de ser condecorado con un brillantísimo título en que tengas al propio tiempo que un testimonio de nuestra gratitud, un estímulo para hacer mayores cosas aún en beneficio del catolicismo. Por tanto, queriendo con singular benevolencia y honor gratificarte y absolviéndote, para efecto sólo de las presentes, de cualquier excomunión y entredicho y otras eclesiásticas sentencias, censuras y penas, si acaso hubieres incurrido en algunas, y juzgando que has de ser absuelto, con autoridad apóstolica y en virtud de estas letras te hacemos, instituimos y nombramos Caballero de primera clase de la Orden Piana y en la ilustre asamblea y número de tales caballeros te contamos.

En consecuencia te concedemos amado hijo, que puedas usar el vestido propio de los caballeros de primera clase de dicha orden y te autorizamos para que, además de la gran medalla de plata suspendida al lado izquierdo del traje, puedas licita y libremente llevar la grande insignia de esta orden y clase, sostenida del hombro derecho por una banda muy larga de seda color azul, con dos rayas rojas en las extremidades laterales. Y a fin de que no tengas dificultad alguna respecto de la banda, la medalla y la insignia, hemos ordenado te las entreguen convenientemente arregladas.

Dadas en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador el día 19 de diciembre de 1886, de nuestro pontificado año noveno.

M. Cardenal Ledochwsky.

Al amado hijo Doctor Rafael Núñez, presidente de los Estados Unidos de Colombia.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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