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Los canales de Marte, un ejemplo del uso del método científico

Manuel Vázquez Abeledo*, El País, España, octubre 22 de 2015

En el siglo XVII se había llegado a la conclusión de que la Tierra no tenía nada especial con respecto al resto de los planetas del Sistema Solar, incluyendo la vida inteligente. Hoy en día, los canales artificiales de Marte ya solo existen en la historia.

Cada profesión tiene su sambenito que se suele sufrir con paciencia. A los astrónomos se nos suele preguntar con frecuencia por la vida extraterrestre y si hemos visto algún ovni. En una gran parte, los astrónomos hemos contribuido a ello.

En el siglo XVII se había llegado a la conclusión de que la Tierra no tenía nada especial con respecto al resto de los planetas del Sistema Solar, la totalidad del Universo que se conocía. Ello incluía también la existencia de vida inteligente. Como ejemplo, podemos citar a Christiaan Huygens, quien afirmaba que el gusto por la música de los habitantes de Venus y Júpiter "es similar al de los franceses e italianos”, o a William Herschel, quien dijo: “Reflexionado un poco sobre el tema, estoy casi convencido de que los numerosos pequeños circos que vemos en la Luna son los trabajos de sus habitantes y podemos decir que son sus ciudades”. Como otros colegas suyos, el prestigioso astrónomo británico estaba también convencido de la habitabilidad del interior del Sol.

Por su proximidad, Marte era el blanco favorito de dichos estudios. En 1877, el italiano Giovanni Schiaparelli realizó un mapa de la superficie de Marte en la que señaló la presencia de diferentes “canali” aludiendo a estructuras naturales, palabra que fue traducida al inglés como “canals”, que señalaba a estructuras artificiales, como el canal de Suez, que se estaba construyendo por entonces. Camille Flammarion, el “Carl Sagan” del siglo XIX, divulgó la idea de que se trataba de construcciones realizadas por una civilización inteligente marciana con fuertes necesidades hidráulicas.

Percival Lowell nació en 1855 en el seno de una familia acomodada. Graduado en Matemáticas por la Universidad de Harvard, cerca de los 40 años se sintió fascinado por los libros de Flammarion y se dedicó a divulgar la idea de la civilización marciana moribunda. Buscando evidencia de la existencia de los canales, buscó un lugar adecuado para las observaciones y lo encontró en Flagstaff, donde construyó el observatorio que hoy lleva su nombre. Fue pionero en buscar lugares adecuados para la astronomía, estuvieran donde estuviesen. Como él señalaba, “cuando esto se reconozca, y lo será finalmente, la moda será colocar los observatorios desde donde se pueda observar, más que ser vistos”.

Los trabajos de Lowell sobre Marte están reflejados en tres libros que tuvieron un gran impacto popular: Mars (1895), Mars and its Canals (1906) y Mars as the abode of life (1908). Las noticias en los medios de comunicación sobre sus marcianos eran constantes y los titulares espectaculares abundaban.

Unas décadas antes de estos eventos, la invención de la fotografía permitió a los científicos cumplir con uno de sus principios: Mira y comprueba lo que he observado. Consciente de ello, Lowell envió a Oficina Alianza, región chilena de Tarapaca, a Earl Slipher y a David Todd, para fotografiar Marte durante la oposición de 1907. Con un pequeño telescopio, obtuvieron numerosas fotografías, donde el tamaño de la imagen de Marte era de menos de un centímetro. Además, los largos tiempos de exposición y la turbulencia atmosférica causaron que se obtuvieran imágenes muy borrosas.

Slipher prosiguió la campaña en Flagstaff, aun después de la muerte de Lowell en 1916, obtuvo cerca de 100.000 imágenes de Marte y defendió que en ellas se veían claramente los famosos canales. Pocos años después de la muerte de Slipher, la Mariner IV mostró en 1965 una superficie de Marte más similar a la de la Luna que la que idealizaba Powell.

En este ambiente, H.G. Wells publica, en 1898, su Guerra de los Mundos, donde marcianos desesperados invaden la Tierra, siendo finalmente vencidos por los microbios terrícolas. Desde entonces, numerosas obras han seguido esta idea. Mi preferida sigue siendo la hilarante película Mars attacks, de Tim Burton.

Si existía una civilización marciana, una buena idea era comunicarse con ellos. Nikola Tesla (1856-1943), uno de los convencidos, comentaba en una conferencia: “Tarde o temprano, todos los seres humanos de este globo levantarán su mirada hacia el firmamento con sentimientos de amor y reverencia, embargados por la buena nueva: ¡Hermanos! tenemos un mensaje de otro mundo desconocido y lejano. El mensaje dice así: uno ... dos ... tres’”. Desde 1899 realizó con sus equipos varias escuchas, de las que comentaba en 1914 en The New York Times: “Para ser veraces, no tenemos pruebas de que Marte esté habitado [...] Personalmente, tengo una débil convicción de que la interferencia eléctrica que descubrí en 1899, y de acuerdo con mi investigación, haya sido causada por el Sol, por la Luna o por Venus. Algunos estudios desarrollados por mí más tarde demostraron que las señales eran necesariamente provenientes de Marte”. Afirmación que mantendría hasta su muerte.

En ciencia, es esencial verificar las observaciones y éste no fue el caso de los astrónomos contemporáneos de Powell cuando observaron Marte con telescopios mayores. Entre ellos destacó Eugène Antoniadi, quien trabajando en el observatorio de Flammarion comentaba que, en buenas condiciones de observación y con un buen telescopio, “no hay canales en absoluto, sino matices de brillo complejos resultantes de detalles irregulares, demasiado pequeños para ser accesibles a nuestros medios”. Ahora conocemos que lo que observó Lowell fue una ilusión óptica. Además de las imágenes, la astrofísica había avanzado para poder obtener información sobre las condiciones de la atmósfera de Marte. Los datos sobre presiones, temperatura y composición química no parecían ser compatibles con la existencia de agua liquida sobre su superficie.

Un párrafo de la obra Escándalo en Bohemia, de Arthur Conan Doyle, puede ilustrar esta historia: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de adaptar las teorías a los hechos”.

Hoy en día, los canales artificiales de Marte ya solo existen en la Historia. Sin embargo, las naves en órbita marciana y sobre la superficie nos señalan la existencia de canales gigantescos, como el Valle Marineris. Además, diferentes estructuras indican que hace miles de millones de años el agua debió de fluir sobre la superficie de Marte. Por consiguiente, nuestro planeta vecino pudo haber albergado una vida primitiva, similar a nuestros microbios, los que vencieron a los marcianos de Wells. Para encontrar sus restos fósiles o comprobar si ha sobrevivido en algún ambiente, necesitaremos ir con astronautas dotados de pico, pala, un buen laboratorio y con conocimientos sobre lo que es vida o lo que no lo es. Mientras tanto, todos debemos evitar que la divulgación de la ciencia se convierta en un espectáculo más de los que ya existen.

*Manuel Vázquez Abeledo es investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), especialista en Física Solar. Coautor de los libros La búsqueda de vida extraterrestre y The Earth as a distant planet, editados por McGraw-Hill Interamericana y Springer, respectivamente.

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