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Manizales, la Colonización Antioqueña y las Guerras Civiles de 1860 y 1876

Manizales fue escenario de dos guerras civiles en el siglo pasado, la de 1860 y la de 1876. En las dos Manizales jugó un papel determinante. Para la guerra del 60 Manizales era una villa apenas recién fundada. Para la guerra del 76, tenía ya el empuje de una ciudad de 12.000 habitantes. Las reflexiones que voy a desarrollar en esta ponencia obedecen a una serie de inquietudes sobre la colonización antioqueña que me vienen intrigando de hace tiempo y sobre las cuales no tengo tesis definitivas. Se trata de buscar una luz sobre el carácter político de la colonización antioqueña en esta región, convertida en un sitio estratégico para las luchas trascendentales que definieron tanta historia en el siglo pasado.

Me he preguntado por qué los manizaleños recién surgidos a la historia nacional apoyaron irrestrictamente a los conservadores en las dos guerras. ¿Qué relación hubo entre los conflictos de la colonización y el alineamiento político de los nuevos colonos? ¿A qué se debió que pesaran tanto las concepciones religiosas de los nuevos colonos y que la guerra del 76 se convirtiera en una guerra de tan profundo sentido religioso precisamente en Manizales? ¿Qué intereses económicos definieron el alinderamiento temprano de los colonos manizaleños con las fuerzas nacionales que apoyaron el gobierno de Ospina en el 60 y con las que se levantaron contra los radicales en el 76?

Estas son mis inquietudes principales. En el curso de la ponencia iré refiriéndome a otras de menor significación. Para mi la historia regional tiene importancia en tanto en cuanto clarifique el proceso general de la historia del país en su conjunto. Una historia regional aislada, reducida a contornos puramente locales, puede ser muy interesante por un prurito de curiosidad intelectual o por una necesidad de identidad regionalista que se ha puesto de moda, pero poco contribuye al esclarecimiento de la historia nacional.

Fue Otto Morales Benítez el que primero señaló, aunque un poco tímidamente, la importancia de Manizales en estos dos acontecimientos trascendentales para la historia de Colombia. Dice Otto:

«Hay dos acontecimientos que tienen vital importancia en la vida de Manizales. Son ellos las guerras de 1860 y de 1876, que tuvieron actos culminantes en la aldea incipiente. Y el alcance de ellos, radica, en sus ulteriores desarrollos, en el pensamiento político colombiano. Lo que une indefectiblemente a Manizales los episodios de la República de la mayor resonancia ideológica. Allá, pues, se gestaron grandes transformaciones, a través de dos guerras. Quizás algunos hallen ligeramente optimista nuestro juicio, pero las conclusiones nos favorecen en el balance final» .

MANIZALES Y LA GUERRA DEL 60

El 29 de agosto de 1860 el General Tomás Cipriano de Mosquera firmaba el armisticio de la Esponsión de Manizales en un lugar llamado El Carretero con los Generales conservadores Joaquín Posada Gutiérrez y Braulio Henao. El nombre caprichoso de Esponsión con que se denominó aquel pacto, acordado como un «pacto entre las partes» dio nombre a la principal calle de Manizales, la carrera 23. Mediante este convenio el General Mosquera adquiría tres compromisos: a) suspender las hostilidades contra el gobierno general; b) revocar el decreto de separación del Estado del Cauca, del que era gobernador, de la Confederación Granadina, para someterse al gobierno general; y c) devolver los bienes y armas pertenecientes al gobierno general. Por su parte, los generales del gobierno de Ospina se comprometían a que el gobierno general otorgaría una amnistía en favor de todos aquellos que hubieran estado implicados en el movimiento del Cauca.

Mosquera se habla sublevado contra el gobierno nacional, había decretado la separación de la Confederación, se había aliado con el gobierno del Estado de Bolívar contra el gobierno federal y se había lanzado a una guerra civil. Cada bando se aferra a su versión sobre las causas que desencadenaron esta guerra. Cierta confusión histórica puede persistir dado de que no se había operado en el país todavía una división lo suficientemente tajante entre liberales y conservadores, la cual acabaría por definirse claramente al finalizar esta contienda. Todavía en vísperas del conflicto algunos conservadores abrigaban esperanzas de que Mosquera no se uniera a los liberales. Pero en una respuesta a José María Samper sobre su trayectoria política Mosquera no deja ninguna sombra de duda. Relata el general lo que le había sucedido en 1850:

Uno de los hombres distinguidos del partido conservador fue en comisión cerca de mi a proponerme que encabezara la reacción del partido popular, como se denominaban entonces los conservadores, y le contesté que yo no perdía mi alta posición social, presentándome como caudillo de un partido a que yo nunca había pertenecido .

Protesta en seguida contra Samper cuando lo acusa de haberse unido a liberales antiguos enemigos suyos que lo habían llamado ahora para dirigir la guerra contra Ospina y afirma: «habían sido siempre mis amigos personales y políticos, porque ellos conocían mis principios liberales» .

De todas maneras, Ospina buscaba consolidar el poder para los conservadores, después de que en unión de los liberales y del mismo Mosquera habían tumbado el gobierno militar de Meto. Sin más detalles, podemos decir que, sobre esta base y sobre una serie de enfrentamientos alrededor de la práctica de la Constitución de 1858, Mosquera se rebeló contra Ospina y le declaró la guerra. Mosquera justifica así su decisión de separar el Cauca de la Confederación:

«El Cauca estaba próximo a ser invadido por fuerzas de Antioquia y en la Provincia de Popayán se preparaba una revolución, y otra en las de Palmira y Quindío. Fuéme necesario ponerme al frente de la reacción contrarrevolucionaria, y di el decreto de 8 de mayo de 1860 separando al Estado del Cauca provisionalmente de la Confederación Granadina» .

Esta invasión se preparaba en Manizales. Allí se habían concentrado importantes jefes conservadores de Antioquia además de los generales Posada y Henao, entre los que se contaban Elíseo Arbeláez y Marceliano Vélez. Todos ellos más las personalidades del pueblo, habían conformado un Concejo en apoyo del gobierno central. Mosquera había esperado que Antioquia invadiera el Cauca, como ya lo hablan hecho las fuerzas gubernamentales desde el Hulla al mando del general Joaquín París. El primer encuentro entre las fuerzas caucanas y antioqueñas fue en Santa Rosa de Cabal en el Alto de las Guacas y en la quebrada Italia, territorio perteneciente al Estado del Cauca. Mosquera derrotó a los antioqueños y se dirigió contra Manizales. Instaló su ejército en Villa María. Así lo cuenta Mosquera:

«El 25 de agosto ocupó el ejército del Cauca la aldea de María con tambor batiente y banderas desplegadas, e inmediatamente escribí al general Enao (sic) invitándolo a una conferencia: mandé cubrir la línea del río Chinchiná, para recibir el ataque que se me pudiera hacer; y desde las alturas del Roble reconocí con un anteojo las posiciones enemigas, en que se construían trincheras a las entradas de la ciudad, y me persuadí de que su plan era estar a la defensiva» .

El 26 Mosquera llama a los generales conservadores pertrechados en Manizales a parlamentar. Los generales acceden a firmar una Esponsión, pero sometiéndola al referendo del Concejo militar establecido en el pueblo. La propuesta de Mosquera se considera inaceptable, porque significa reconocerlo como jefe supremo del Estado del Cauca y como militar en ejercicio de la Confederación, dignidades de las cuales había sido despojado por el Presidente Ospina. Entonces Mosquera se acerca a Manizales por el norte pasando el río Chinchiná por un puente construido durante la noche. Según Mosquera, por un error del coronel Zúñiga, su ejército atacó a los conservadores y se inició una batalla. Y continúa Mosquera:

«Llegada la noche se iluminó completamente la ciudad de Manizales, lo cual me hizo conocer que el enemigo temía un asalto en esa noche; entonces mandé venir doscientos lanceros de María, para que pie a tierra, con una fuerza de infantería, diéramos un asalto a las primeras trincheras, bajo el amparo de una lluvia fuerte que se anunciaba. En medio del combate recibí un posta de Bogotá con el parte detallado del desgraciado suceso del Oratorio; y como no pude dar el asalto en la noche, resolví que a la madrugada se mandara un parlamento para reanudar las negociaciones» .

¿Por qué Mosquera busca un armisticio? Los conservadores presentan la versión de que el general estaba siendo derrotado esa noche del 28 de agosto. Lo que no queda claro es por qué Mosquera habla buscado las conversaciones desde que llegó a Villa María el 26. Su versión es diferente. Según él, la primera entrevista la propicia para conocer la situación del enemigo y establecer unas reglas del juego para la guerra. Pero lo que definió la posición de Mosquera para solicitar la segunda entrevista fueron las noticias de Santander, en donde los liberales habían sufrido tres derrotas, en Galán, en Jaboncillos y en el Oratorio, en donde había sido apresado el gobernador y todo su gabinete. En estas condiciones sus planes de seguir hacia Bogotá resultaban inciertos.

Firmada la Esponsión, el ejército del Cauca se retira a Cartago y las fuerzas conservadoras se instalan en Salamina, aguardando la decisión del Presidente Ospina sobre el acuerdo. Sin embargo, todo se precipita rápidamente. Los conservadores en Bogotá se rebelan contra el armisticio de Manizales. Los generales Posada Gutiérrez y Henao vuelven a ocupar el pueblo. En el sur los liberales sufren derrota tras derrota. Ospina no acepta la Esponsión. La candidatura del general Herrán es cambiada por la de Julio Arboleda, considerado como un conservador doctrinario. El general París hace caso omiso de lo pactado y ataca los ejércitos de Mosquera en el Huila. Entonces Mosquera se proclama Presidente Provisorio de la Nueva Granada y Supremo Director de la Guerra, se pone en comunicación con los generales Santos Gutiérrez y Gabriel Reyes en Santander y decide atacar a Bogotá.

Después del rechazo hecho por Ospina de la Esponsión de Manizales, Mosquera logra unificar las fuerzas liberales de Santander, Magdalena, Bolívar y Cauca contra el gobierno general. Con él se Integran a la guerra José Hilario López, José María Obando, Juan José Nieto y Santos Gutiérrez, prohombres del liberalismo. En una carta a su yerno el general Pedro Alcántara Herrán con quien acababa de hacer las paces, Mosquera escribe:

«Yo no he desconocido a los altos poderes ni al Gobernador de Cundinamarca, sino después que han usurpado la soberanía nacional y declarádose por tanto revolucionarios. Sin embargo, los reconozco como gobiernos de hecho y beligerantes en guerra civil... Es posible que yo muera en la batalla que debe dar término a esta guerra, porque estoy resuelto a combatir sin tregua... A mí no me resta más en esta Patria que vencer o morir con gloria en defensa de la libertad y en sostenimiento de la constitución que firmé como presidente del Congreso» .

Después de seis meses de guerra, el general Mosquera tomó a Bogotá el 18 de Julio de 1861. Aunque el enfrentamiento entre liberales y conservadores no había comenzado en Manizales, es indudable que el punto culminante y definitorio de la guerra lo constituyó la Esponsión firmada en el pueblo. Primero, los términos del armisticio planteaban los problemas sustanciales que estaban en juego, ya que el reconocimiento por el gobierno general de la soberanía del Estado del Cauca significaba la aceptación de las reglas del juego establecidas en la Constitución de 1858 y no las impuestas por el gobierno central de Mariano Ospina Rodríguez. Para los liberales, apenas en proceso de cohesionamiento se trataba de un principio de práctica política de vida o muerte. Las concesiones hechas por Mosquera a los generales Posada y Henao no eran más que el regreso al statu quo original antes de la guerra, o sea, al de la Confederación en el momento de constituirse y, por tanto, no significaban ninguna renuncia importante por parte de Mosquera. Segundo, el silencio, primero, y el rechazo, después, por parte del Presidente Ospina conducía a un enfrentamiento inevitable con los liberales y produciría una unificación de sus fuerzas hasta entonces dispersas. Ospina subestimó las fuerzas de Mosquera y su capacidad estratégica y, en lugar de llegar a un acuerdo con él, le lanzó el reto definitivo con aquella orden perentoria: Cójase vivo o muerto al revolucionario Tomás Mosquera. La no aceptación de la Esponsión se convirtió, pues, en el principio de la derrota de los conservadores en la guerra de 1860.

Considero que casi todas las guerras civiles del siglo XIX en Colombia tuvieron una trascendencia política o social de gran envergadura. Pero, tal vez, las más importantes de todas fueron las guerras que nos ocupan, la de 1860 y la de 1876. La guerra de 1860 condujo al segundo gobierno de Mosquera, a la desamortización de bienes de manos muertas, a la separación de la Iglesia y el Estado y a la Constitución de Rionegro. De estos cuatro acontecimientos el de mayor significación para la historia del país es el de la desamortización de bienes de manos muertas. No lo es sólo por haber sido el intento de reforma agraria de mayor alcance hecho hasta hoy en el país, sino por haber definido de una vez por todas la línea ideológica, política y económica entre los dos partidos tradicionales de Colombia, por lo menos, durante el siglo XIX.

Resulta indispensable caracterizar brevemente la desamortización de bienes de manos muertas para poder medir las repercusiones de esta reforma. En primer lugar, la desamortización rompió el monopolio económico de la Iglesia. En segundo lugar, liberó la tierra para el mercado libre, ofreciendo la posibilidad de una repartición de la tierra como condición indispensable del desarrollo económico del país. En tercer lugar, definió en la práctica las atribuciones del Estado frente al problema de la propiedad privada de la tierra, estableciendo condiciones políticas para una ampliación de la reforma agraria a todo el régimen terrateniente imperante en el país. En cuarto lugar, Impuso la supremacía del poder civil sobre el eclesiástico, obligando a la Iglesia a someterse a las leyes del Estado y eliminando de una vez por todas la supremacía del régimen eclesiástico. En quinto lugar, condujo indefectiblemente a la separación de la Iglesia y el Estado, considerada como una de las reivindicaciones de la revolución democrático burguesa mundial.

Mosquera tuvo que escribirle al Papa Pió IX, explicándole el carácter de las medidas, ante la rebelión generalizada del clero colombiano. Pero Pió IX era el menos indicado para comprender la revolución democrática, cuyo desarrollo económico y social se estaba gestando en ese momento en nuestro país. La disolución de los estados pontificios, el conflicto con el estado italiano, el avance del liberalismo revolucionario, lo condujeron a tomar a ultranza la defensa de los privilegios medievales de la Iglesia. Mosquera le explicaba así la situación en la carta trascendental del 15 de enero de 1862:

«... He dictado el decreto de Tuición para proteger a los Colombianos en el libre ejercicio de su culto, y no permitir que se hagan cargo de las Iglesias Episcopales y parroquiales aquellos individuos que se mezclan en la política para perturbar la paz pública... El Gobierno de Colombia no pretende, ni sus actuales Magistrados que somos católicos, podemos desear otra cosa sino que se conserve la unidad de la Iglesia sin intervención del Poder Público, pero al mismo tiempo exigimos que los eclesiásticos no se mezclen en la cosa pública porque es desnaturalizar una institución divina haciéndola depender del triunfo de un partido político, que no quiere sino el pretexto de llamarse defensor de la religión, para apoderarse del Gobierno y tener por instrumentos a los Obispos y sacerdotes, con lo cual no sucederá otra cosa que escandalizar al mundo y hacer de la institución divina un elemento de gobierno... El Gobierno reconoce la máxima de que en una Nación Libre e independiente la Iglesia debe ser igualmente libre e independiente» .

Si Roma no se hubiera empeñado en una posición intransigente con relación a la revolución liberal y hubiera, así, inducido al clero colombiano a obedecerla, la historia de Colombia hubiera sido muy diferente. Porque de la ley de desamortización se derivaron cuatro luchas de distinto carácter; Una fue la lucha entre la Iglesia y el Estado por la supremacía del poder. Otra fue el enfrentamiento entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, cada uno de los cuales definió nítidamente la afiliación de los colombianos y obligó al país a decidir su posición ideológica y política. Además, la pugna de comerciantes y terratenientes por apoderarse de las tierras desamortizadas en contra de la política del Estado y en contra de la corriente más avanzada que forcejeaba por adelantar una reforma agraria democrática. Y por último, la soterrada guerra de los terratenientes, unidos al clero y a la Iglesia, por defender sus intereses monopolistas sobre la tierra, convertida en la riqueza fundamental del país, origen y base del poder social.

Fue la desamortización de bienes de manos muertas, decretada el 9 de septiembre de 1861, la que desencadenó estas cuatro luchas. La reforma agraria y la definición de los poderes entre la Iglesia y el Estado, era una vieja aspiración de los revolucionarios neogranadinos. Las encontramos en Pedro Fermín de Vargas, en Antonio de Narváez e Ignacio de Pombo, en Antonio Nariño, en Vicente Azuero, en Florentino González y en muchos otros. Me parece muy difícil entender la historia de Colombia después de 1830, por lo menos, sin tener en cuenta la lucha de intereses desatada alrededor del problema de la tierra, que me parece es la piedra de toque de toda interpretación fundamental de las guerras civiles. Demos un vistazo a lo que pasaba en la colonización antioqueña del sur durante este período en el problema de la tierra. La importancia trascendental de la guerra civil de 1860 tiene relación directa con las medidas tomadas por Mosquera en 1861, antes de que se celebrara la Convención de Rionegro. Manizales estuvo en el centro de ese hito histórico.

LOS CONFLICTOS DE TIERRAS EN LA COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA DE 1850 A 1880

En mi libro sobre Manizales, publicado en 1972, defendí que la colonización antioqueña en el sur y la fundación de Manizales no habían tenido las características de una novela rosa. Muchos fueron los que se disgustaron con mi libro. Allí demostré la existencia de esclavos en la primera expedición y la lucha que se desencadenó por la posesión de la tierra entre los colonos pobres, los pueblos recién fundados y la sociedad González, Salazar y Cia., herederos de la familia Aranzazu. El documentado trabajo de Marco Palacios sobre la formación de la propiedad cafetera y el estudio de Luisa Fernanda Giraldo sobre la fundación de Manizales, lo dejan más que claro. Ya antes, Otto Morales había dedicado páginas bien escritas sobre el conflicto de tierras en la colonización.

En vísperas de la guerra del 60, cuando se vio claro que Manizales era el sitio estratégico que buscaba Mosquera para defenderse de la invasión antioqueña, Mariano Ospina Rodríguez terció a favor de los terratenientes viejos y nuevos del pueblo y en esa forma aseguró su apoyo para la defensa de sus intereses. En efecto, en lugar de respaldar una resolución de 1856 según la cual Villa María recibía más de 7.500 hectáreas si las declaraba tierras baldías, terció a favor de los terratenientes de Manizales viejos y nuevos y les entregó esos terrenos .

Desde antes de la fundación de la ciudad, siempre giró el conflicto alrededor de las tierras de los herederos de Juan de Dios Aranzazu, para el momento de la guerra del 60 organizados en la famosa sociedad González, Salazar y Cia. De ella hacían parte Elías González, tío materno de Juan de Dios; Luis Gómez Salazar que se había pasado de defensor de los colonos de Arma a representante de los Aranzazu; Ambrosio Mejía Villegas, tío de González, y Jorge Gutiérrez de Lara, asesor jurídico de los González y antiguo gobernador de Antioquia. Esa confrontación venía desde la fundación de Salamina, había seguido con la de Aranzazu y Neira y se habla vuelto aguda con la fundación de Manizales. En 1851 y 1853 se había llegado a un acuerdo con la intervención de José María Plata, Ministro de Hacienda de ese entonces.

El arreglo favorecía a la Compañía y perjudicaba a la mayoría de los colonos. La conformación de una Junta Calificadora para avaluar los predios que la Compañía debía vender a los colonos es lo que sella el acuerdo de los terratenientes nuevos de la colonización con los antiguos terratenientes de origen colonial. De allí surgió también la Compañía Moreno & Walker que reemplazaría la de González Salazar y se adentraría en la tercera década de este siglo. Entre 1851 y la determinación de Ospina en vísperas de la guerra, medió la concesión especial de 1856 a favor de Villa María. Durante ese período uno de los fundadores de Manizales, Marcelino Palacio intrigó a favor de la Compañía González, Salazar y Cia. en la determinación de los límites que tenía que hacer Codazzi. Don Marcelino parece haber logrado que Codazzi cambiara en el mapa el río Chinchiná por el río Claro y, en esa forma, ganarle 21.000 hectáreas a la Compañía .

No parece difícil adivinar el terror que embargarla a los viejos y nuevos terratenientes de Manizales con la amenaza de la proximidad de Mosquera sobre el pueblo y la perspectiva de que se apoderara de Antioquia, un estado que siempre habla favorecido sus intereses. No importaban las contradicciones que la Compañía hubiera tenido anteriormente con algunos curas en Salamina y Aranzazu. Era necesario apoyarse en la Iglesia. Existían puntos de confluencia ideológicos y económicos. El primer gobierno de Mosquera había eliminado todos los impuestos que llenaban las arcas de los eclesiásticos y sus ideas liberales sobre economía aterrorizaban, en general, a los terratenientes, así no fueran muy explícitas sus intenciones de tomar las medidas que más adelante pusiera en práctica. Pero para ese entonces los conflictos de Mosquera con la Iglesia no habían sido pocos. En esa forma la Iglesia serviría de catalizador entre los terratenientes y los colonos pobres, logrando entre ellos el entendimiento necesario para oponerse a Mosquera y, más adelante, a los liberales. La Iglesia convencería a los piadosos colonos antioqueños, todavía dispuestos a sacrificar muchos de sus intereses económicos antes que entrar en contradicción con sus creencias religiosas.

Palacios distingue cuatro formas de apropiación en la colonización antioqueña: la titulación de baldíos, las adjudicaciones otorgadas a las colonias de poblamiento, los traspasos hechos por las compañías latifundistas y las ocupaciones llevadas a cabo por los campesinos pobres . Su teoría de la colonización consiste en que fue un proceso en el que interactuaron cuatro tipos de personajes históricos, los colonizadores capitalistas, los terratenientes ausentistas, los colonos pobres o campesinos en estricto sentido y los colonos independientes. Y de allí su tesis central formulada en la siguiente forma:

«En buena medida la colonización antioqueña puede estudiarse siguiendo la naturaleza de los conflictos y de los pactos entre estos agentes de la colonización, que versaron principalmente sobre la posesión y explotación económica de la tierra» .

Aunque no deja de ser hiperbólico hablar en Colombia de «colonizadores capitalistas» en plena mitad del siglo XIX, la tesis de Palacios clarifica el punto esencial de la colonización, la lucha por la tierra. Cuando las primeras expediciones de los colonos antioquenos llegaron atraídos por los misterios del volcán del Ruiz, por el ganado salvaje y por la posibilidad de oro, se dieron cuenta de la feracidad de la tierra que habían descubierto. Y comenzó la colonización del Viejo Caldas y la conquista de la tierra. Entre 1823 y 1870, período de la colonización antioqueña hacia el Viejo Caldas, fueron adjudicadas en Antioquia y Caldas 310.996 hectáreas a individuos en fincas de más de mil hectáreas, con un promedio de 11.518 hectáreas por finca, lo cual no obsta para que un individuo hubiera logrado más de una adjudicación. Estos datos del libro de Palacios dejan claro el proceso de formación latifundista de la colonización antioqueña .

Palacios, además, elabora una clasificación de los diferentes tipos de participantes en la colonización que tiene importancia para nuestro propósito: un grupo de colonos pudientes que, apoyados por los comerciantes de Medellín, dirigieron la colonización e impusieron su supremacía económica y política; los terratenientes ausentistas que habían abandonado sus tierras y no se preocupaban por sus títulos y que iniciaron una lucha por defender sus privilegios heredados de la colonia; los campesinos independientes pobres que no empleaban jornaleros ni se empleaban como tales y que desarrollaban una mentalidad tradicional y conservadora arraigada en el pedazo de tierra que habían conquistado; y un grupo de colonos independientes no integrados a la colonización oficial y de cuyas posiciones políticas es difícil saber o presumir.

Me parece que la mayoría de los elementos económicos y sociales de la colonización antioqueña, por lo menos, hasta los límites del Estado de Antioquia, es decir, hasta el río Chinchiná, favorecían la política de los conservadores, dada la estructura predominantemente terrateniente dominante en la región, como se deduce de la clasificación hecha por Palacios. Por eso, la tesis de Frank Safford sobre la base social de los partidos políticos colombianos, según la cual las regiones en donde se desarrolló la colonia se alinearon con el Partido Conservador y las zonas periféricas de la sociedad colonial se enrolaron con el Partido Liberal, hace crisis precisamente por el caso de Antioquia y, en concreto, por el caso de la colonización antioqueña una zona completamente periférica de la colonia y aferrada como pocas al Partido Conservador .

Los liberales siempre se vieron abocados a enfrentar el dilema de tener que romper la tradición religiosa para lograr la consolidación del estado liberal democrático y el impulso del capitalismo, por un lado, o conciliar con las raíces católicas de los campesinos para no perder el apoyo de las masas. No lograron resolver ese dilema. Pero no fue, como lo defienden la mayoría de los historiadores contemporáneos, por el sectarismo de los radicales y los excesos de Mosquera, sino precisamente, por lo contrario, por las vacilaciones y las conciliaciones de los radicales en llevar a cabo la política patrocinada por Mosquera, es decir, los principios de la supremacía del poder civil y de la ley, así como los de una política agraria democrática. No eran las ideas religiosas las que estaban en juego, las cuales no desaparecerían ni se pondrían en peligro, como no sucedió ni en Europa ni en Estados Unidos, sino el desarrollo económico del país para beneficio de su población futura lo que realmente contaba entonces.

Las medidas tomadas en la Convención de Rionegro a favor de los colonos pobres de Neira, Manizales, Villa María y Santa Rosa de Cabal, no lograron romper la hegemonía conservadora en esta región. Tampoco lo logró el gobierno liberal de Pascual Bravo en el Estado de Antioquia después de la Convención de Rionegro. El Estado de Antioquia siguió siendo un baluarte conservador durante casi todo el tiempo del radicalismo. Paradójicamente cuando la fiebre nuñista desbarató la hegemonía liberal en 1880 y en 1884 el Estado de Antioquia votó con los radicales en contra de la coalición conservadora-nuñista y, más adelante, surgió una disidencia conservadora, la de los históricos, que contribuiría a un intento de rebelión contra la Regeneración. Es muy posible que, el desarrollo de la economía cafetera hubiera comenzado a tener sus efectos políticos, como los tuvo indudablemente durante la Regeneración, debido a las medidas impositivas del gobierno de Caro contra los cafeteros. Pero este análisis sería motivo de otra reflexión. Esa transformación, de todas maneras, no tocaría de lleno a lo que en el tiempo de la colonización comprendía la Provincia de Córdova. Tendría que esperar el liberalismo la década del treinta, en condiciones ya completamente diferentes, para ver el crecimiento de su votación en Manizales.

LA GUERRA CIVIL DE 1876

El Padre Nazario era párroco de Manizales en 1876. Allí se había formado una división del ejército de Antioquia que se alistaba para apoyar el ejército conservador del Cauca declarado en abierta rebeldía contra el gobierno de ese Estado. Los conservadores habían logrado despertar el fervor partidista para enfrentar a los liberales del Cauca y para desatar una nueva guerra civil. Se trataba de un fervor religioso, casi místico, de Cruzada contra los impíos. Por eso el Padre Nazario le iba colocando a cada soldado que se enrolaba una imagen del Sagrado Corazón, una banda con la leyenda «Dios, Patria y Libertad» y a cada batallón un nombre religioso como Pió IX y La Inmaculada .

Estos dos nombres eran muy dicientes. Reflejaban el fervor antiliberal que fomentaba el Papa desde Roma en medio de la última batalla contra la revolución antimonárquica y antifeudal que dirigía la Iglesia en todo et mundo. Pío IX habla logrado firmar concordatos con España, Austria y algunos estados alemanes, proclamando la supremacía de la Iglesia sobre el Estado y el control eclesiástico sobre la educación. En 1864 había publicado el famoso Syllabus, catálogo de todos los errores liberales de la época, proclamando la superioridad del poder eclesiástico sobre el poder civil. El Concilio Vaticano I, celebrado en 1869-1870, había ratificado también la condena al liberalismo. Pío IX era el Papa del ultramontanismo antiliberal y el dogma de la Inmaculada Concepción, definido por él, simbolizaba su lucha religiosa y política contra la herejía liberal.

El Estado de Antioquia se venía preparando para esta guerra durante el último quinquenio. Como la guerra que se veía venir iba a ser, ante todo, un enfrentamiento con el Estado del Cauca, baluarte del liberalismo, Manizales, frontera con ese estado y fortaleza considerada inexpugnable desde la guerra del 60, se convertía de nuevo en centro de la guerra civil. El general Marceliano Vélez tenía su cuartel general en el pueblo y lo iba a mantener allí hasta el final de la guerra. Las tropas que envió en auxilio del general Joaquín María Córdoba que comandaba a los conservadores en Los Chancos entre Tuluá y Buga, no fueron suficientes para darle la victoria. Triunfó el general Julián Trujillo, director de la guerra del Cauca. Cuenta el general Manuel Briceño en las memorias de la guerra que los soldados conservadores atacaban las trincheras al grito de «viva la religión», impregnados de un fanatismo religioso que les infundía un mesías criollo proclamado así como Jesucristo, que pasaría a la historia provinciana con el apelativo de Mesías de Los Chancos.

Después de la estrepitosa derrota de los conservadores del Cauca en Los Chancos el 31 de agosto de 1876, el ejército se replegó a Manizales. Profundas divergencias surgieron en el seno del ejército conservador. Parece ser que Carlos Holguín que empezaba a jugar un papel determinante en el destino del Partido Conservador por sus relaciones con Rafael Núñez y que se había incorporado a la guerra, precisamente, en Los Chancos, logró un acuerdo entre los generales de su ejército . Una de las causas del enfrentamiento interno era el error cometido por dos batallones que, en el campo de batalla, se hablan enfrentado entre si sin darse cuenta. Arreglado el conflicto, el general Vélez quedó como jefe, reorganizó las tropas conservadoras en tres meses y se lanzó en noviembre sobre Bogotá, trasmontando la cordillera.

Cerca de Mariquita, en un lugar llamado Garrapata, fueron de nuevo derrotados los conservadores el 22 de noviembre de 1876. El general Vélez vuelve a Manizales y espera allí el desenlace de la guerra. Pero en ese momento se da un hecho trascendental que va a determinar la historia de Colombia. Manizales estaba asediada por el sur y por el oriente. Desde el sur atacaba et general Trujillo, desde el oriente avanzaba el general Santos Acosta. El general Trujillo se había fortificado en Villa María y el general Santos Acosta atravesaba la cordillera desde el Tolima. Era indudable que el general Trujillo con el refuerzo recibido desde Cundinamarca por el general Aldana, tenía condiciones para apoderarse de Manizales sin esperar la llegada del general Santos Acosta. Sin embargo, aunque la situación militar le ofrecía a Trujillo todas las posibilidades para tomarse a Manizales, las condiciones políticas iban en contravía.

Manuel Murillo Toro, jefe indiscutido del Partido Liberal, hizo dos intentos para atajar la inminente candidatura del general Trujillo a la Presidencia, que vendría indudablemente como consecuencia de un triunfo obtenido por él en la guerra. El primero fue antes de la batalla de Garrapata y el segundo después de la capitulación de Manizales. Antes de la batalla de Garrapata hizo aprobar en el Congreso, contra un gran bloque de liberales jóvenes que se le oponían, un ofrecimiento de paz a Antioquia, garantizándole su autonomía y su soberanía, para que siguieran gobernando los conservadores en ese Estado. En esa forma Trujillo quedaría sin piso en la guerra. Algunos autores defienden que el general Vélez se retiró intempestivamente de Garrapata para no pactar con Santos Acosta y ver qué le podía suceder con Trujillo. Carlos Holguín y Antonio B. Cuervo eran partidarios de pactar con Trujillo y no con Acosta . Tanto Holguín como Cuervo siguieron insistiendo en la misma posición y ante la perspectiva de rendirse ante Trujillo o ante Acosta, llegaron a convencer a los jefes del ejército que defendía a Manizales que se entregaran a Trujillo. No fue fácil lograrlo. Pero el 6 de abril de 1877 se firmaba la capitulación de San Antonio. En virtud de ella, el gobernador de Antioquia, Silverio Arango, depuso el gobierno en manos del General Trujillo . Quedaba, pues, el general Trujillo como jefe civil y militar del Estado de Antioquia.

Un mes después Murillo hace el segundo intento. Es José María Quijano Wallis, Secretario del Tesoro del Presidente Aquiles Parra y testigo de los hechos, quien narra el incidente. Murillo en persona se presentó al Palacio de San Carlos y le exigió a Parra que removiera de su cargo al general Trujillo, lo enviara a terminar la guerra del sur y nombrara en su reemplazo al general Santos Acosta. Murillo acusaba al Presidente Parra de favorecer la candidatura de Trujillo a la presidencia. Cuando Parra le preguntó a Murillo por que era perjudicial la elección de Trujillo para el liberalismo, Murillo le contestó lo siguiente:

«Por la sencilla razón de que el liberalismo triunfante y dominando al país sin contrapeso ninguno, se dividirá forzosamente, perderá el equilibrio y caerá, si el elegido no es un individuo de nuestra escuela filosófica y radical para sostenerlo. Si el General Trujillo es elegido repudiará los elementos que no le son afines; se rodeará del antiguo mosquerismo y de los adversarios a los gobiernos radicales que surgieron y han dominado en el país después de la calda de Mosquera en 1867, o sea durante la década que termina precisamente en este mes. Detrás de Trujillo vendrá Núñez, y detrás de Núñez los conservadores. Y una vez que los conservadores se adueñen del poder por la defección de Núñez; a quien perpetuarán en el gobierno, apoyados por el clero que domina sin contrapeso en la república y a quien siguen ciegamente las masas analfabetas de Colombia, todas las conquistas del liberalismo en el decurso de veinticinco años serán borradas de nuestras instituciones; los sacrificios consumados y la sangre derramada de 1860 a 1863, y de 1876 a 1877, habrán sido inútiles y estériles; la reacción caótica del absolutismo colombiano, apoyado principalmente por el fanatismo religioso extenderá las sombras de una noche infinita sobre la República» .

Quijano Wallis comenta así, después de narrar todo el incidente:

«Casi con lágrimas en los ojos, el gran Apóstol se puso de pie, tomó su sombrero y haciendo una reverencia a todos los del gobierno, se ausentó con paso vacilante y semblante mortecino. Tres años después Murillo se hundía en su tumba entre un nimbo de gloria, y Núñez se posesionaba de la Presidencia, izando la bandera de la reacción y pronunciando una magistral oración ante el cadáver del gran repúblico, quien cumplía así su deseo de no presenciar la caída del liberalismo» . «...Los sucesos posteriores al triunfo del gobierno en 1876 generadores de la elección de Trujillo y la siguiente de Núñez y todo el cortejo de acontecimientos del ciclo de la Regeneración y de la caída del liberalismo, demuestran la profunda y clara visión de ese insigne Estadista que no ha tenido par entre las falanges del liberalismo colombiano» .

Esta historia se había incubado dieciséis años antes, en la guerra de 1860, con la desamortización de bienes de manos muertas, con la Constitución del 63 y con la reforma educativa de 1870. Pero se había desencadenado en el Cauca bajo la presidencia de Mosquera en ese Estado por un proyecto de Ley reglamentario de la Instrucción Pública basado en la reforma de 1870. El Decreto Orgánico de Instrucción Pública de 1870 ha sido la revolución educativa más profunda de la historia del país. Se impuso la educación laica, gratuita y obligatoria, se eliminó la obligatoriedad de la enseñanza de la religión, se les dio autonomía a los maestros para desarrollar sus programas y utilizar los métodos pedagógicos, se facultó a los estados soberanos para reglamentar la educación y la enseñanza de acuerdo a sus características y concepciones . Esta reforma chocaba frontalmente contra los principios del famoso Syllabus de Pió IX. Mosquera era un partidario decidido de la educación libre y científica preconizada por la Reforma Instruccionista y empezó a ponerla en práctica en el Cauca. Además aplicó sus propios decretos de la década del 60 sobre Tuición, los cuales consagraban la separación de la Iglesia y el Estado.

La rebelión contra Mosquera vino del obispo de Pasto, Monseñor Canuto Restrepo. Se enfrentaba a la ley de educación a la cual denominaba de corrupción obligatoria en lugar de instrucción obligatoria; se rebelaba contra las determinaciones que despojaban a la Iglesia de los ingresos provenientes de impuestos y de la indemnización decretada a su favor por el mismo Mosquera; y se lanzaba a la organización de guerrillas para separar la provincia de Pasto del Estado del Cauca con intenciones de anexarla al Ecuador, en donde gobernaba García Moreno, defensor fanático del Syllabus papal .

Apartes de la pastoral del obispo de Pasto lo dicen todo sobre la rebelión contra Mosquera. Al referirse al general dice el obispo:

«El fue el primero que escribió en esta tierra para enseñar al pueblo el comunismo y el socialismo; él quien persiguió cruelmente a la Iglesia, mató la brillante enseñanza que daban los jesuitas a la juventud e hizo morir al obispo en el destierro, todo esto por medio de una máquina nombrada José Hilario López, quien acabó su carrera, como debía ser, en la impenitencia final. El quien escribió en El Tiempo y en otros periódicos mil errores, blasfemias e infamias contra la religión y sus ministros. El quien armó de puñal y de látigo a las hordas africanas del Cauca contra los individuos, las familias y las propiedades. El quien llamó retozos democráticos las flagelaciones, los estupros y los asesinatos perpetrados en aquel hermoso valle» .

En el Cauca se daban todos los elementos para la guerra. Una lucha ideológica de grandes proporciones alrededor del control sobre el sistema educativo; un enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado sobre la supremacía de los poderes; una rebelión de la Iglesia para recuperar sus privilegios económicos; un conflicto político sobre la soberanía de los Estados ante la amenaza de Antioquia y Tolima por invadir al Cauca; una confrontación por el poder del Estado ante las nuevas elecciones para Presidente; y un apoyo total del Partido Conservador a la ideología, la política y los privilegios económicos de la Iglesia; una profunda división del partido liberal entre radicales, mosqueristas e independientes; y un intento separatista de la Provincia de Pasto para incorporarse al Ecuador católico y religioso de García Moreno. Así estalló la guerra de 1876.

¿Qué sucedía en el país? Los dos últimos años habían sido de una profunda confusión. El Partido Liberal se habla dividido, entre radicales que seguían dirigidos por Murillo Toro e independientes comandados por Camacho Roldan y Miguel Samper. En el intermedio se encontraba un grupo heterogéneo que jugarla un papel definitorio en los próximos diez años, compuesto por antiguos mosqueristas y militares independientes como Santodomingo Vila, Solón Wilches, Daniel Aldana y Tomás Rengifo. Los conservadores venían cohesionándose paulatinamente a medida que el enfrentamiento ideológico y económico se hacía más agudo, a pesar de tendencias tan disímiles como la de Miguel Antonio Caro, Carlos Martínez Silva, José Marta Samper o Carlos Holguín que iban desde el sectarismo cerrero de Caro a la posición conciliadora de Holguín.

Todo lo complica y confunde la llegada al país de Rafael Núñez en 1874, proveniente de Europa. Los independientes lo proclaman candidato. Los radicales con Murillo Toro se le enfrentan abiertamente. Los conservadores de todas las tendencias reciben sus propuestas de alianza política. Núñez declara que no se opone al catolicismo ni a la educación de la Iglesia. Con esa base, pacta secretamente con los conservadores y les promete apoyarlos en la guerra. En estas condiciones el candidato liberal, Aquileo Parra, sólo obtiene cinco estados que no le dan la mayoría para la Presidencia. El Cauca vota en blanco. El Congreso, consecuencialmente, tiene que definir la elección.

La lucha del liberalismo de los últimos veinticinco años, a que se refería Murillo Toro en el incidente del Palacio de San Carlos, se componía de varios elementos. Primero, la lucha adelantada por los radicales. Esta tenía que ver con la afirmación del poder civil frente al poder eclesiástico, el establecimiento de un poder central débil que impidiera la imposición de un régimen autocrático, una política económica basada en el libre cambio, y una revolución ideológica que transformara la mentalidad atrasada y feudal del pueblo por medio de una educación científica. Segundo, los planteamientos de Mosquera. Estos tenían que ver con la transformación del régimen terrateniente, ante todo fundamentado en los bienes de manos muertas de la Iglesia, en las posesiones de las comunidades religiosas y, después, en el latifundio imperante en el país, la eliminación del régimen fiscal de la colonia y la modernización de la economía. Tercero, las reformas de los draconianos. Estas tenían que ver con la eliminación de la esclavitud y de los resguardos, así como con las condiciones de vida y de trabajo de los artesanos.

Existió una línea divisoria entre los radicales y Mosquera, que consistió en la concepción de una estrategia para imponer el régimen democrático de gobierno. Los radicales se apegaban más a principios abstractos que a realidades concretas, mientras Mosquera supeditaba las condiciones democráticas a la lucha política que le imponían los adversarios. Pero, además, como consecuencia de esta diferenciación en la táctica, Mosquera miraba más adelante hacia el desarrollo económico del país que lo que lo hacían los radicales y, por esa razón, se enfrentó con Murillo por la defensa de la desamortización y de adjudicación de las tierras desamortizadas. Murillo no consideró esencial para el desarrollo del país que las adjudicaciones fueran canalizadas hacia los propietarios medios para impedir el fortalecimiento de los latifundismos. El rompimiento a que condujo esta divergencia entre Murillo y Mosquera iría a ser fatal cuando los llamados «mosqueristas» prefirieron conciliar con Núñez para derrotar a los radicales.

La piedra de toque de esta lucha frontal de veinticinco años la constituiría Julián Trujillo. Los conservadores perdieron militarmente la guerra de 1876, pero la ganaron políticamente, cuando le entregaron la plaza de Manizales y lo colocaron como jefe civil y militar del Estado de Antioquia. Me parece que los conservadores no se equivocaron en lanzarse a la guerra. Tenían todo a su favor. El gobierno de Parra profundamente debilitado. El Partido Liberal escindido. Un caballo de Troya de la magnitud de Rafael Núñez trabajando a su favor dentro del liberalismo, ya no sólo políticamente sino en una confluencia ideológica con ellos. Las masas enardecidas por la cuestión religiosa en Antioquia, Tolima, Cundinamarca y parte de Cauca. Y una razón unificadora de todos los conservadores, la lucha contra la revolución educativa de los liberales, apoyada inclusive por la misma Roma.

Sin embargo, el Partido Conservador no midió la posibilidad, tal vez considerada remota, que por última vez los liberales se unieran, por encima de sus diferencias, que Mosquera se entendiera con Murillo, que Parra gobernara con Núñez, que Julián Trujillo combatiera coordinado con Santos Acosta. Por eso perdieron la guerra en el campo de batalla. Si la guerra del 76 había sido la prolongación de la política por medios militares, también, en este caso, la política había traspasado los avatares de la guerra, para imponerse inexorable por encima de las armas. Caro, Holguín, Martínez Silva, Samper, ya sabían que el camino del triunfo lo señalaba la presidencia de Trujillo y que la garantía de la victoria pendía de la voluntad de Rafael Núñez.

Sólo tuvo que ganar las elecciones Julián Trujillo y tocarle a Núñez darle la posesión como presidente del Congreso, para que, empezaran a destaparse las cartas. En su discurso, el futuro regenerador lanzó su consigna: Regeneración fundamental o catástrofe. Durante dos años, Núñez teje toda la madeja de las elecciones, estado por estado, aliándose aquí y allá con los conservadores para obtener un triunfo aplastante sobre los liberales. Casi no había acabado de posesionarse cuando empezó a reversar toda la política liberal de treinta años. Rápidamente lo abandonaron los principales representantes del independentismo y fue quedándose sólo con los conservadores y unos cuantos jóvenes partidarios suyos ya sin ideología liberal. Eso fue lo que se llamó la traición de Núñez.

UNA RECAPITULACIÓN Y UNA NOTA METODOLÓGICA

La colonización antioqueña en Manizales fue conservadora. Una serie de factores se conjugaron para ello. Me parece que el más importante de todos fue la necesidad que tuvieron los terratenientes de Antioquia de convertir a Manizales en una muralla de contención contra el revolucionario Mosquera. E, inmediatamente después, como consecuencia del triunfo de Mosquera, la progresiva consolidación de la separación partidista con el obligatorio alineamiento de la población frente a las profundas reformas del Estado y de la economía. La tradición religiosa de Antioquia se fue haciendo más firme en Manizales debido al enfrentamiento de la Iglesia con el Estado. No lograron las confrontaciones con los terratenientes herederos de la colonia que los nuevos pobladores renunciaran al Partido Conservador. Los nuevos terratenientes surgidos de la colonización parecen haber logrado neutralizar ese descontento, aprovechando el poder de la Iglesia, las contradicciones de los gobiernos radicales con ella y el sectarismo infundido por el clero en el pueblo católico de Manizales.

La Esponsión de Manizales definió el triunfo del liberalismo y el rumbo de la historia colombiana en los veinticinco años siguientes. Las medidas tomadas por Mosquera como producto de la revolución de 1860 demarcaron las líneas ideológicas de los partidos en Colombia durante el siglo XIX. Es decir, las confusiones, las vacilaciones y las dudas sobre el alinderamiento de los partidos quedaron completamente superadas después de la revolución llevada a cabo por Mosquera en 1861 y la proclamación de la Constitución de Rionegro. Podría decirse que los partidos liberal y conservador se consolidaron como tales desde el punto de vista ideológico, programático y táctico frente a la lucha por el poder del Estado. En el momento de la Independencia se dieron dos tendencias claramente definidas ante el carácter de la revolución contra España, la que defendía el proceso de autonomía nacional y la que propugnaba por un cambio de gobierno colonial manteniendo el dominio de la monarquía española. Fue un primer paso para la constitución de los partidos. Las profundas contradicciones que produjo el proyecto bolivariano de constitución, y sus secretas pretensiones de establecer una monarquía en Colombia, constituyen el segundo paso en esa demarcación política del país. Sin embargo, se debe al primer gobierno de Mosquera con el desmonte del régimen fiscal de la colonia y a las transformaciones sociales de José Hilario López la conformación definitiva de los dos partidos. Pero su consolidación, como dos organizaciones programáticas, ideológicas y tácticas que lleven al país a escoger entre las dos posiciones antagónicas, sólo se viene a dar con el triunfo de Mosquera en 1860.

Por otra parte, la capitulación de San Antonio en Manizales, diecisiete años después, le dio, a pesar de su derrota militar, un triunfo político al conservatismo. Allí se definió el comienzo de la Regeneración. Después de la independencia, ningún acontecimiento tan trascendental para la historia del país como el proceso de la Regeneración que determinó el curso político de los últimos cien años. En mi libro Colombia siglo XX he hecho un análisis extenso sobre el carácter y consecuencias de la Regeneración para la historia nacional. Podría resumirse en la siguiente forma. La Regeneración condujo a la frustración de la revolución democrático-burguesa que se había iniciado con la revolución de los Comuneros, había continuado con el triunfo de la revolución emancipadora, había logrado un avance gigantesco con las transformaciones llevadas a cabo por el primer gobierno de Mosquera y por el de López, había estado a punto de consolidarse con la reforma agraria iniciada por Mosquera en su segundo gobierno y se había ido empantanando después de 1874 hasta su derrota final en la guerra civil de 1885. La Regeneración desde el punto de vista económico y político significa la derrota de esa revolución democrático-burguesa. Y desde el punto de vista de los partidos, significó el final de la guerra de los Mil Días la liquidación del Partido Liberal del siglo XIX. Inicia, entonces, un proceso de transformación de los dos partidos que va a culminar con el Frente Nacional.

Manizales se había convertido diez años después de su fundación en la vía de comunicación del Cauca y de Antioquia con la capital del país. Pero la guerra de 1860 transformó ese poblado de escasas diez mil almas en el último baluarte del Estado de Antioquia frente al Estado del Cauca y, en consecuencia, en un sitio estratégico de las fuerzas conservadoras antioqueñas para las dos guerras civiles. Manizales se constituyó en el punto de demarcación de las dos fuerzas más claramente caracterizadas partidariamente del país durante el periodo que va de 1857 a 1874. Antioquia como bastión del Partido Conservador. Cauca como fortaleza del Partido Liberal. Contradictoriamente, la guerra del 76 modificó este alinderamiento. El Cauca terció hacia el movimiento regenerador y Antioquia se enfrentó al nuñismo. Las razones económicas y políticas que produjeron este cambio, más lógico con la evolución del proceso económico general del país y del mundo, dadas las características de la estructura económica de cada uno de estos Estados, deben ser estudiados más a profundidad. Los trabajos de Bergquist sobre el café y la Regeneración y los de Brew sobre el desarrollo económico de Antioquia son investigaciones fundamentales para una interpretación de ese proceso contradictorio . En estas condiciones el estudio de Manizales durante la Regeneración, la Guerra de los Mil Días y su situación posterior, debe ser reconsiderada en un estudio regional que analice et impacto de la evolución de la economía cafetera sobre su desarrollo político.

Por último, es necesario, tal vez movido por una tentación irrefrenable, mencionar algunos problemas teóricos y metodológicos que se suscitan a propósito de estas consideraciones que he desarrollado sobre la colonización antioqueña en Manizales. primero, es el problema de las clases sociales en el siglo XIX en Colombia. Y segundo, el problema del dominio de clase en el Estado.

Existe una tendencia muy generalizada entre los historiadores contemporáneos sobre el siglo XIX de negar la existencia de clases sociales durante este período o, por lo menos, negar la polarización de las clases como base de la constitución de los dos partidos tradicionales. Y, en realidad, no es un problema simple. Puede defenderse, como recuerdo lo hizo el extraordinario investigador Jorge Villegas, con su empirismo radical que, simplemente, las clases sociales sólo comenzaron en Colombia con el desarrollo del capitalismo en el siglo XX. Lo escuché defender esta posición en el famoso debate organizado por el Instituto de Estudios Colombianos sobre el libro de McGreevy. O también, con un bagaje teórico mucho más refinado, como lo hace Francisco Leal, llegar a argumentar que no hubo sino una sola clase dominante, la clase terrateniente, con sus intereses afincados en la propiedad territorial, la cual, por una heterogeneidad de intereses internos producida por el comercio, es sometida a contradicciones y luchas intestinas que dan origen a los dos partidos . Con una posición muy semejante, no tan elaborada y clara como la de Leal, Tirado Mejía, sustenta que los terratenientes eran comerciantes y los comerciantes terratenientes, para concluir dos cosas centrales, una que no había dos clases enfrentadas y, otra, que los partidos liberal y conservador eran pluriclasistas y nunca respondieron en el siglo XIX a intereses de clase antagónicos . Safford también niega la constitución de los partidos liberal y conservador en una línea de clases sociales y aventura las hipótesis de la regionalidad o del ancestro familiar para explicar su aparición y desarrollo . Podríamos, en esta forma, seguir mencionando las teorías sobre el carácter de los partidos políticos del siglo XIX en Colombia. Bástenos mencionar, por último, el debate suscitado por la conferencia de Marco Palacios en el seminario sobre aspectos polémicos de la historia colombiana del siglo XIX, organizado también por el Fondo Cultural Cafetero, en la cual, por rechazar lo que él denomina un «determinismo económico», deja sin piso el carácter de clase de los partidos en el siglo pasado .

Quiero mencionar solamente dos objeciones a esta forma de concebir el carácter de los partidos políticos del siglo XIX en Colombia. Ninguna de las explicaciones mencionadas o que se le asemejen, logran ofrecer una interpretación coherente de las guerras civiles de carácter nacional, como las dos que hemos analizado en este trabajo, o la guerra civil del 85 y la Guerra de los Mil Días. Un enfrentamiento tan antagónico entre dos bandos, en el que se delimitaron tan claramente los intereses ideológicos, no puede resultar simplemente de una heterogeneidad de la clase dominante y tiene que responder a intereses económicos muy profundos y a concepciones de la sociedad y del futuro del país de mucha trascendencia, sólo explicable coherentemente sobre la base de que los dos partidos representaban los intereses de clases antagónicas definidos por sus planteamientos ideológicos y por los programas llevados a cabo desde el poder del Estado. Sería muy difícil que, en un país como Colombia, involucrado desde antes de la independencia, en el torbellino de las ideas universales, la lucha mundial por el triunfo del capitalismo entre la burguesía y los terratenientes no tuviera el mismo carácter partidario, cuando en el país se agitan las mismas ideas. Que las ideas burguesas sean defendidas por la clase de los comerciantes, cuyo capital se origina en los coletazos de la plusvalía producida en los países capitalistas y en un excedente feudal interno, es lo que define el carácter particular del desarrollo de los partidos políticos colombianos frente al proceso europeo o norteamericano y lo que, en último término, permite el triunfo de los terratenientes al terminar el siglo.

Segundo, al ceñirse tan empíricamente al origen de los protagonistas principales de la historia y señalar los intereses encontrados de casi todos ellos entre la tierra y el comercio, ignoran que, por encima de sus posesiones o sus actividades concretas, siempre definieron la defensa de unos intereses concretos para comprometerse en la lucha y, si no lo hicieron así, vacilaron entre una corriente u otra, hasta encontrar su camino. Mosquera es un ejemplo de lo primero. Siempre colocó su convicción de que había que sacar al país del feudalismo y del atraso e incorporarlo al proceso mundial del desarrollo, haciendo caso omiso de sus propiedades en el Cauca. Representó los intereses de los comerciantes más avanzados y adoptó la ideología de la burguesía y de la revolución mundial burguesa. Y José María Samper es un ejemplo de lo segundo. Arraigado en el comercio, defensor inicialmente de los comerciantes, fue renunciando a la defensa de los intereses concretos para pasar a convertirse en un corifeo de los terratenientes y abrazar la causa del Partido Conservador en 1875. Lo que definió en estos dos casos típicos el carácter de clase de los dos personajes fue su ideología y la defensa de tos intereses de una clase en su compromiso político directo.

Una discusión muy desorientadora sobre el proceso político y sobre la lucha por el poder en el siglo XIX resulta de aplicar la teoría gramsciana de la hegemonía, con sus conceptos de clase dominante y clase dirigente. En el fondo, produce una confusión determinante. Conduce a concebir la lucha de clases como un enfrentamiento entre los de abajo y los de arriba, entre los pobres y los ricos, entre los explotados y explotadores. Ignora que la contradicción principal de la historia mundial en el período del ascenso del capitalismo fue entre la burguesía surgente y los terratenientes en decadencia. Ese enfrentamiento fue lo que definió la lucha por el poder desde, por lo menos, el siglo XVII hasta bien avanzado el siglo XIX. En Estados Unidos, por ejemplo, sólo vino a definirse con la Guerra Civil de mediados del siglo pasado. No puede soslayarse el hecho de que el proceso colombiano se encuadra dentro de ese marco general de la historia mundial y reproduce esa lucha, a pesar de la ausencia de una burguesía industrial capitalista.

Me bastan estos brochazos teóricos para participar en una polémica que viene de hace rato, pero que me parece de primordial importancia para comprender nuestra historia. Podría verse cómo en Manizales, a pesar de que surgieron rápidamente intereses comerciales, el arraigo terrateniente y campesino que originó la colonización antioqueña y la imposición desde muy temprano de los intereses terratenientes, alinearon a Manizales con el Partido Conservador y la convirtieron, como hemos analizado, en un baluarte histórico de sus intereses.

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