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Misterios y problemas

Juan Luis Arsuaga*, El País, España, septiembre 24 de 2016

La historia de los humanos es larga (de siete millones de años) y compleja, muy ramificada, con muchos vericuetos en todo el ancho mundo.

Cada cierto tiempo (cada vez con más frecuencia, esa es la verdad), aparece en los medios de comunicación la noticia de un descubrimiento del que se pregona que lo va a cambiar todo. Luego va uno al artículo original en la revista científica de turno y resulta que las pretensiones son mucho menores. No se dice allí que se haya producido una revolución científica, sino que se comunica una información que se considera relevante para el progreso del conocimiento. Lo que tampoco está nada mal, pero en realidad es a lo que aspiran todos los trabajos que se publican, a aportar algo nuevo. Tantas veces se repite en los medios de difusión aquello del “hallazgo revolucionario que obliga a reescribir la historia”, que me temo que el público va a llegar a creer que se sabe muy poco del tema de la evolución humana. De otro modo la historia no cambiaría cada dos por tres. Y no es eso, sino todo lo contrario. A grandes rasgos, el esquema general de la evolución humana puede considerarse bien establecido. Falta mucho, claro está, porque es una historia larga (de siete millones de años) y compleja, es decir, muy ramificada, con muchos vericuetos en todo el ancho mundo.

La semana pasada se celebró en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares el congreso anual de la sociedad europea para el estudio de la evolución humana, que es la más importante del mundo. Una buena ocasión para ver por dónde se orientan las investigaciones en este campo.

De los primeros antepasados, los de hace más de cuatro millones de años, no hay grandes novedades. Estamos esperando como agua de mayo nuevos hallazgos de fósiles, pero estos se hacen mucho de rogar. Así que todavía sabemos poco de cómo eran aquellos africanos de los que venimos. Arbóreos y habitantes de la selva húmeda, sin duda. Y solo ocasionalmente bípedos cuando se movían por el suelo, por lo que parece. Con los australopitecos empieza la marcha plenamente erguida, hace poco más de cuatro millones de años. De los australopitecos se habló mucho, porque hay suficiente material para abordar toda la gama de investigaciones paleoantropológicas, desde la ecología y la alimentación hasta el parto.

Otra historia diferente es cuándo empezó la talla de la piedra, y quién (qué especie) lo hizo. Para ello hay que identificar y datar las primeras herramientas, y sobre este tema hay mucho debate. ¿Fueron los australopitecos los fabricantes iniciales o fue el Homo habilis? El propio origen del primer Homo es también tema de discusión. ¿De qué australopiteco viene? ¿Dónde se originó?

Muchas más cosas se debatieron, de las que no tengo espacio para hacer una crónica detallada. Pero, por supuesto, los neandertales siguen siendo los grandes protagonistas. ¿Qué tendrán, que nos fascinan de tal manera? Además de conocer mejor su anatomía, nos importa su mente, y nos inquieta (o excita) la posibilidad de que fueran conscientes y simbólicos. Como nosotros.

Hay dos grandes novedades en los últimos años en las reuniones de paleoantropólogos. Una es el uso de las técnicas digitales de tratamiento de la información anatómica. Me explico. Lo que procede ahora con un fósil es hacerle un TAC y estudiarlo en el ordenador, por dentro y por fuera, así como compararlo con otros fósiles por medio de técnicas de morfometría geométrica, que eliminan las diferencias de tamaño y superponen los fósiles entre sí para apreciar las diferencias de forma. Hoy en día casi no se puede ser paleoantropólogo sin dominar estas herramientas informáticas.

Pero lo más sorprendente es la llegada de nuevos actores al escenario. Me estoy refiriendo a los investigadores de la genética de los fósiles, que tanto han aportado últimamente al conocimiento de aquellos tiempos en los que nuestros antepasados salieron de África, se extendieron por Eurasia y ahí se encontraron (y en pequeña escala, se mezclaron) con al menos tres Humanidades locales: los neandertales —viejos conocidos—, los denisovanos —aún sin rostro—, y un tercer ser humano —todavía sin rostro, ni nombre—. Sin ir más lejos, ahora sabemos que la mayoría de los españoles llevamos sangre neandertal en las venas (un 2%, más o menos, de nuestro material genético).

Ya sé que se estarán preguntando por el Hombre de Flores. Todavía nos estamos recuperando de la sorpresa de su descubrimiento. Sigue sin conseguirse material genético (hace demasiado calor en la zona como para que se conserve). Pero hay un dato nuevo. Los restos conocidos son más viejos de lo que se pensaba y superan algo los 40.000 años. Por aquel entonces debió de llegar el Homo sapiens a la isla. Desde entonces se le pierde el rastro fósil a varias especies locales, entre ellas nuestro misterioso “hobbit”.

*Catedrático en paleontología de la universidad Complutense, director científico del Museo de la Evolución Humana, y autor, entre otras obras, de “El sello indeleble”.

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