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Mortandad de chigüiros: catástrofe manejada con palos de ciego

Francisco Sandoval* y Alonso Correa Toro**, UN Periódico Impreso No. 179, Julio 12 de 2014

La polémica por la mortandad de chigüiros en Paz de Ariporo (Casanare) se orientó a responsabilizar a la explotación petrolera o a los habitantes de la zona por la deforestación y el aumento de la ganadería y los cultivos de arroz y palma, pero se dejó de lado el sentir de los llaneros y sus prácticas ancestrales para enfrentar las sequías.

Hace aproximadamente 10 años se le dio un enorme despliegue a la declaratoria de una gran reserva de chigüiros, en 175.000 hectáreas, entre los ríos Cachiría y Ariporo, un “cajón de sabana”, según los vaqueros pues no se encuentra río alguno a lo ancho de 90 km, en “día y medio de andar a caballo, sin topar otra agua que la que cae del cielo”.

Por los anuncios, se esperaba que el área fuera especialmente protegida, partiendo de su extremada fragilidad: un severo invierno de ocho meses (abril- noviembre), sin vientos, al que sigue un intenso verano de cuatro meses con muchos vientos (diciembre-marzo); predominio de suelos franco-arenosos de rápida filtración o franco-arcillosos de poca infiltración, con cotas de altura inferiores o iguales a las del río Meta, lo que convierte a estas sabanas en “mal drenadas”. Esto hace que “en invierno, estos suelos sean una mantecada y en verano, unos chicharrones”.

El llanero busca equilibrar las épocas, regulando las aguas y previendo que al final del verano viene la sequía más dura y que los ganados se atollan en los esteros y madreviejas. Estas condiciones extremas propiciaron una ancestral sabiduría con la planeación de trabajos y originaron un grupo humano adaptado a estas sabanas, gracias a una lógica natural que imita las técnicas de la vida.

Pero la declaración de la reserva no fue complementada con un plan de contingencia que definiera las acciones y el rol de las entidades, en caso de presentarse una emergencia. Era previsible que tras declarar este espacio, la dinámica poblacional de los chigüiros fuera diferente, debido a sus características reproductivas (dos partos por año y camadas que superan los seis o siete individuos). En efecto, la reproducción se favoreció con el aprovechamiento de la sal que se suministra a los bovinos, lo que condujo a mayor sincronización ovárica y regularización reproductiva. El plan debía contemplar un aprovechamiento racional, según la convivencia entre el llanero, el ganado y los chigüiros. No obstante, habría que explorar si la reciente mortalidad registrada fue más notoria, dado el crecimiento de la población de estos mamíferos en los últimos años.

Desde que la prensa capitalina estimó en un 10 % la mortalidad de chigüiros, se prestó más atención a encontrar responsables que a desplegar acciones de salvamento, lo que no debe extrañar, porque las declaratorias de reservas ambientales son formales y el Gobierno olvida qué hacer posteriormente.

En la discusión no hubo interés por conocer la versión de los pobladores. La polémica se centró en responsabilizar a la explotación petrolera o a los habitantes de la zona, por la deforestación del piedemonte y el incremento en ganadería y cultivos de arroz y palma, según el director del Ideam.

Controversia por las licencias

Con inculpaciones altisonantes, no trascendió que la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), antes dirigida por la ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible Luz Helena Sarmiento, otorgara permisos de exploración en la reserva, mostrando desorden estatal. Por ello, el fastidio de los llaneros, quienes anotan que mientras “una licencia para exploración dura 15 días, una para construir un pozo de agua demora hasta tres años”. Y tras palpar el área con sus “patirrajaos” pies desnudos y mirar al cielo esperando las lluvias, señalan que “hace pocos años, para cavar un pozo bastaban 15 o 20 metros (m) y se encontraba agua para recoger con balde; hoy debe perforarse a más de 150 m”.

De esa vivencia, los pobladores deducen que la sísmica petrolera propició la profundización de los acuíferos y generó sequías; sin embargo, no descargan la responsabilidad exclusivamente en las compañías, pues no olvidan que el Gobierno autorizó las exploraciones.

Asimismo, destacan hechos locales que pueden incidir y sobre los que tampoco se les consultó. Aluden a la prohibición de “las tapas” que hizo Corporinoquia, práctica ancestral para atenuar los veranos, que consiste en atravesar diques en los caños, para retener las aguas. Eran obras construidas con pisones y parigüeyas de piel de ganado, que preveían los “ojos de desagüe” para impedir su ruptura y cuya ejecución se estimaba para octubre o noviembre, según la dinámica del invierno.

Los habitantes también dan cuenta de cómo, con la construcción acelerada de carreteras sabana adentro, para avanzar con la exploración petrolera, se levantan taludes de 1,8 m que conforman “falsos vallados” al lado de la vía, los cuales constituyen extensos canales artificiales de drenaje, que al conectar los caños y cañadas, intensifican la sequía.

A los llaneros les preocupa la tragedia ambiental y saben que la solución no es transportar agua desde el piedemonte a lo largo de 170 km. Los indigna ser testigos de los palos de ciego con que se atendió la catástrofe. Con indignación presenciaron cómo intempestivamente se levantaron dos campamentos, atiborrados de “guates”, periodistas y funcionarios, entregados a tomar cerveza, jugar cartas y tomar fotografías con malabares de parapentismo. “A los pantanos donde morían los chigüiros solo concurrieron 10 personas, entre funcionarios y habitantes locales, ocupados de recogerlos, registrarlos y enterrarlos”, afirman pobladores.

Los ganchos para el rescate llegaron demasiado tarde, pues los cuerpos ya estaban descompuestos. Llevaron carrotanques y motobombas para llenar pozos, con mangueras de dos pulgadas que trabajaban de 8 a.m. a 5 p.m., para resolver la sequía de todo un verano. Entretanto, las retroexcavadoras, que podían construir jagüeyes, estuvieron inactivas mucho tiempo. Finalmente, la Fiscalía ordenó suspender el salvamento, hasta investigar quién era el responsable de lo ocurrido.

Fórmulas equivocadas

Fueron muchas las secuelas de órdenes y contraórdenes. Las labores de salvamento carecieron de lógica frente al comportamiento de la especie. Se ignoró que es un roedor y se intentó alimentarlo con silo para bovinos. Se llevaron 60 tractomulas de concentrado para conejos, que solo sirvieron para que caballos y vacas en los hatos se dieran un inesperado festín. Al llenar los esteros, se desconoció el comportamiento territorial de esta especie que forja todos sus hábitos en torno al agua, “defeca, juega y procrea en ella”, respondiendo allí por el control de su manada.

Muchos proyectos que se ciernen sobre el llano, más como amenaza que como oportunidad, deben revisarse. En primer lugar, hay que examinar el despliegue de la locomotora petrolera y la piñata con las licencias. La producción de petróleo y las regalías pueden seguir aumentando, pero los llaneros saben que su territorio es para toda la vida y ahora dudan de las reales ventajas de la “bonanza petrolera”.

Aprovechando la disponibilidad de maquinaria hay que fomentar la construcción de jagüeyes, instalar bombas hidráulicas movidas por energía solar o molinos de viento. Además, debe suspenderse la prohibición de construir “tapas” y los canales resultantes de las carreteras deben acompañarse de esclusas que impidan el drenaje ininterrumpido.

No se pueden elaborar planes de manejo como corte y pegue de otras realidades, despreciando el saber albergado en las tradiciones locales. No se puede obrar con lógicas bisoñas como: los problemas los tienen los llaneros, pero las soluciones se diseñan en Bogotá.

*Médico veterinario zootecnista, Universidad de los Llanos.

**Profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y de Zootecnia, Universidad Nacional de Colombia.

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