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Nosotros, los refugiados

Reinaldo Spitaletta, El Espectador, Bogotá, septiembre 7 de 2015

A nosotros, los refugiados, nos traga el mar, el imperialismo, Europa y su presunta “aventura espiritual”.

A veces, el mundo nos vuelve a mirar, tal vez con lástima e hipocresías, porque un niño, uno de miles, un sirio, uno que nació y se quedó a mitad de camino, naufragó en el Egeo, se ahogó, no supo más de tragedias, ni de lo penoso que es quedarse sin tierra, sin patria. Ser un paria. Un desterrado… Eso somos, nosotros, los inmigrantes forzados. Estamos en el limbo existencial.

A nosotros, los refugiados, nos da sarna y hongos y el estómago se nos pega del espinazo. Apestamos. Somos los nuevos contaminados. Somos como los leprosos de antaño. Quien nos mira, teme que lo contagiemos. Somos los condenados de la tierra, como (tal vez alguno de ustedes lo leyó), lo escribió Frantz Fanon, cuando ya tenía leucemia y estaba a punto de morir. Fue hace tiempos.

Lo advirtió, también, Jean Paul Sartre en el prefacio del libro del negro Fanon, en 1961, cuando todavía había luchas anticolonialistas y de liberación nacional: Europa ha forjado clases y racismos, fomentado las divisiones sociales. “Sabéis que somos unos explotadores. Sabéis que nos hemos apoderado del oro y de los metales y el petróleo de los ‘nuevos continentes’ para traerlos a las viejas metrópolis”, grita el autor de La náusea.

Europa —decía Fanon— no deja de hablar del hombre, del humanismo, “al mismo tiempo que lo asesina por donde quiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo”. Y ahora, nosotros, los refugiados, podríamos decir, como otros lo han expresado, que en este mundo de globalización, es asunto de justicia que los que fomentan guerras y miserias con imperialismos y tratados de comercio leoninos, “reciban las consecuencias demográficas de sus acciones”.

Ahora, vamos a Europa, desde África, desde Afganistán, Irak, Siria. Y, claro, a veces no alcanzamos a llegar, porque zozobramos y entonces alguno de nosotros luce su cadáver en alguna playa, sí, como Aylan Kurdi, como varios de sus parientes, como otros que el Mare Nostrum se los traga. Y si llegamos, en medio de todas las penurias, podemos ser mano de obra barata. Miren no más aquella señora siria, ahora en un campamento alemán; escuchen lo que dice: “Los gritos de los neonazis no son nada en comparación con las agresiones, el hambre y el miedo de que nuestros hijos caigan despedazados en una calle de Alepo”.

Nosotros, los refugiados, huimos de guerras que Europa ha fomentado. Somos los nuevos descastados. ¿Quiere vernos? Observe, por ejemplo, esa niña, con un osito de peluche en su regazo, a la espera en una estación de tren en Budapest. Y junto a ella, miles que aguardan con incertidumbre. Vea aquel hombre, de espaldas, con una niña de brazos, cómo desciende hacia una vía férrea, en la frontera entre Macedonia y Grecia. Desde la Segunda Guerra Mundial no se veía a tantos que huyen.

Niños cargados, niños a hombros, o cogidos de las manos de sus padres; niños que lloran y gritan y tienen hambre y sed, y por ahora hay que resistir. Allá, los que esperan en una estación austríaca; más allá, los que se apilan en una estación húngara. Mire aquel hombre que sostiene un letrerito de cartón en el que pregunta en inglés: “¿Dónde está el mundo?”, y aquellos otros que suben por las ventanillas de los vagones.

Nosotros, los refugiados, aquí, en el piso, bocarriba, mientras la policía nos requisa en la isla de Lesbos. Y esta otra visión, como de campo de exterminio, cuando tenemos que pasar por debajo de alambradas con cuchillas, en la frontera de Serbia y Hungría. Ah, y qué tal aquel que avanza, empujado, en una silla de ruedas sobre los durmientes de ferrovía. A veces, nos toca enterrar en estos campos de Europa a alguno que se murió, que no aguantó tantas aflicciones juntas.

En esta playa, tantos botes inflables y salvavidas, que en su mudez hablan de nuestra travesía, de nuestra odisea infeliz, de nuestro éxodo. Muchos gritamos “¡Europa, Europa!”, pese a la xenofobia, pese al derrumbe del humanismo. A veces, somos víctimas de traficantes de gente, de estafadores. Nuestro viacrucis es largo. Somos los condenados de la tierra. Sin tierra y sin porvenir.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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