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Obama: casi dos años

Francisco Torres, Arauca, agosto 23 de 2010.

Hace dos años por estas fechas estábamos, como todo el mundo, embebidos en el espectáculo superficial de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Un viejo y derrotado – en Irak, en Afganistán, en la economía- George Bush presidía terciado la competencia entre un envejecido y enriquecido MacCain, cuyo palmarés era haber participado en una sangrienta guerra imperial contra un pueblo pobre y altivo, frente a la figura impredecible de un hombre con sangre, no toda, africana y sin sangre, todavía no la suficiente, en las manos. Enfático Bush, enfático Obama, enfático MacCain, todos ellos rodeados en sus flojos discursos de hombres y mujeres en los escenarios, colección de rostros de trasfondo para demostrar que el pueblo está con ellos, en una costumbre muy de allá que se está pegando aca, como si no fueran suficientes las afirmaciones del personaje, que en verdad, en general, no lo son.

Los espectáculos gringos vienen en Morse, telegrafiados, como dirían nuestros lenguaraces comentaristas deportivos ante anodinos pases. Por eso sus comedias traen risas incluidas. El show de esos días no era humorístico sino de cualidades tele novelescas. Lástima que las lágrimas no puedan ser sonorizadas: un joven hijo de inmigrante con su piel oscura contendiendo por una pieza en la Casa Blanca: todo un argumento de Corín Tellado. Y con final feliz: el apuesto muchacho alcanza su sueño – sueño americano que es con money – y lleva a su linda mujer y a sus hijos a la casa de ensueños donde serán felices para siempre – cuatro u ocho años -. Y todos íbamos a ser dichosos con ellos.

Dicen los paisas que primero se acaba el agua masa que los marranos. Han tenido muchas ocasiones para apuntalar su marranera teoría. En Turbaco hubo fiestas, papayera y ron. Obama triunfaba. Desde Berlín a Melbourne, desde Vancouver a Río, pasando por Bogotá, se entró en éxtasis contemplativo que devino casi en una orgía como las que desataba el perfumista de Suskind cuando hacía flotar su pañuelo embebido del extracto de bellas mujeres asesinadas. Pero bueno, no era de extrañar, la política del Norte siempre tiene el olor delictuoso de los cuerpos sacrificados en su ara imperial.

Ahora, esos casi dos años de la Administración Obama parecen un siglo, un siglo de administración imperial; parecen dos años de Bush o dos años de Nixon; son, en fin, una continuación de la misma política aborrecida por la gente de todos los continentes.

El dominio del capital financiero continuó omnímodo en medio de la debacle económica que originó. Obama habló y habló de “controlarlo” y en eso nos hizo recordar a nuestro ex presidente Turbay cuando dijo que iba a reducir el hampa a sus justas dimensiones: ambos, untuosos sastres tomando medidas de las anchas espaldas de los bandidos para hacerles un traje que les calzara como un guante, un guante de seda. Su reforma al seguro médico no tocó, al contrario mejoró, las leoninas condiciones de los intermediarios financieros que se lucran con los recursos de la salud y la poca salud de sus pacientes.

Los millones de inmigrantes que en masa votaron por Obama y el espejismo de resolver la discriminación tuvieron por pago a sus sufragios la continuación implacable del muro fronterizo en el borde sur, muro de infamia en el cual cada bloque de cemento, cada metro de alambrada, cada poste de metal, cada cámara es testimonio de la sucia hipocresía de la burguesía gringa y baldón para las tradiciones democráticas del pueblo norteamericano. Ni que decir que la ansiada reforma no pasó de titulares. El secreto: cada espalda mojada ahogado en el Río Grande, cada salvadoreño muerto de frío en el desierto, cada colombiano detenido y apaleado deprimen el precio de los salarios en Estados Unidos. Más money para los grandes monopolios. Por eso no hay tal reforma, no hay solución a los ilegales, no hay fin de la discriminación contra los hispanos y las demás minorías.

El primer presidente negro de Estados Unidos propuso la retirada de la última guerra emprendida. También eso le sirvió para ganar. Ahora, dicen los medios, cumplió la promesa y terminada la “misión” – eufemismo para no decir invasión - retira las tropas, no todas, las de combate y deja cincuenta mil soldados en inmensas bases construidas para permanecer indefinidamente. Qué burda mentira la del fin de la invasión. En las noticias de segunda plana, en cambio, se sabe que el Departamento de Estado confirma que aumentará en más del doble el número de agentes privados –otro eufemismo para no decir mercenarios-. La guerra continuará. Los soldados que salen servirán para la otra guerra: la agresión contra Irán.

En lo que sí respetó sus palabras, para su entera desgracia –razón de más para no volver a hacerlo- fue en Afganistán: más soldados, más guerra ¿Para qué? Para ganarla. Bueno, va perdiendo. En eso se parece a Bush. Ahora seguirá Irán y continuará en su estrategia de guerra perpetua.

Bases militares en Colombia – y un nuevo traspié -, más neoliberalismo, más agresión, más desenfrenado militarismo, más decadencia económica, más decadente ideología, política, cultura... Ahí va el imperialismo norteamericano, ahí va Obama, la otrora esperanza de los ilusos que piensan en toda ocasión que alumbra una falsa estrella: ahora sí, sí se puede, esta sí nos redimirá. Ya va siendo hora de curarnos de ilusiones.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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