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Ondulaciones cósmicas

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, febrero 14 de 2016

Algunos fenómenos de la vida cotidiana son de carácter ondulatorio: los colores del arcoíris, el sonido con que estridula un grillo, el agobiante calor de estos días. Hay muchos artilugios tecnológicos que emiten ondas: la radio, la televisión, los teléfonos celulares, los aparatos de rayos X, el radiotelescopio de Arecibo. El universo está en todo instante atravesado por unas ondas de naturaleza diferente a las anteriores, que viajan a la velocidad de la luz y que son demasiado sutiles pues la gravedad es la más débil de las cuatro fuerzas que gobiernan el cosmos. Por eso había sido tan difícil detectarlas, hasta el día de hoy.

La existencia de las llamadas ondas gravitacionales fue predicha hace 100 años por Albert Einstein (de las que en su momento renegó y consideró un artefacto matemático) cuando propuso su bella Teoría de la Relatividad General, la teoría física que explica el fenómeno de la gravedad de manera distinta a como lo hizo sir Isaac Newton. En la concepción einsteniana el espacio y el tiempo son entidades dinámicas, se estiran, se encogen, cambian; carecen del carácter absoluto, inmutable que tienen en la hipótesis newtoniana. Esto no significa que la teoría del genio de Woolsthorpe haya perdido toda vigencia frente a la elaborada por el de Ulm. La del inglés pasó a convertirse en un caso especial de la del alemán.

Cuando un cuerpo masivo se mueve por el entramado del espacio-tiempo no solo lo deforma para generar la gravedad, también produce ligeras fluctuaciones que se desplazan en forma de ondas recorriendo el espacio a la velocidad de 300.000 Km/seg. Grosso modo, eso es una onda gravitacional. Algo semejante a lo que sucede cuando una piedra cae sobre la superficie en calma del agua de un estanque. Las ondas gravitacionales que se detectaron en septiembre de 2015 se emitieron hace 1.300 millones de años cuando dos agujeros negros, uno de 36 masas solares y el otro de 29, se fusionaron violentamente formando otro agujero de 62 masas solares, lo que significa que el brutal choque liberó en décimas de segundo una cantidad de energía equivalente a 3 masas solares que se propagó en forma de ese tipo de ondas. Ellas viajaron por la inmensidad del cosmos durante 1.300 millones de años hasta llegar a los muy sensibles detectores del Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO, por sus siglas en inglés) separados por 3.000 kilómetros de distancia: uno situado en Livingston (Lousiana) y otro en Hansford (Estado de Washington) que comprobaron la realidad de una más de las predicciones que se desprenden de las teorías relativistas de Einstein. Otros observatorios ubicados en Alemania, Italia y Japón lo intentaron desde 2002, pero no lograron detectar nada. Se quedaron sin el premio mayor.

El experimento LIGO estuvo liderado por los prestigiosos institutos tecnológicos de California y Massachusetts (Caltech y MIT) en un gigantesco proyecto donde participaron 1000 científicos de 15 países. En 1974 ya se tenían pruebas indirectas de la existencia de las ondas gravitacionales cuando se estudió el movimiento de dos estrellas de neutrones que giraban con vértigo cósmico una alrededor de la otra, trabajo que mereció un premio Nobel en Física. Faltaba encontrarlas, mostrarlas. Ahora ya se sabe que existen, que son una realidad. En los asuntos del conocimiento de los fenómenos naturales la ciencia no es un punto de vista más, ¡es el punto de vista!

Este portentoso descubrimiento abre otra ventana para escudriñar, ahora con la astronomía de las ondas gravitacionales, nuevos aspectos de la organización de la materia como son los agujeros negros, la historia de los primeros segundos de la evolución del universo, el descubrimiento de los hasta ahora elusivos gravitones (las hipotéticas partículas de la gravitación), quizás acercarnos al entendimiento de la materia oscura y de pronto, una vía hacia la unificación de las dos grandes teorías físicas actuales: la mecánica cuántica y la relatividad. Estas ondas, ha dicho el genial Stephen Hawking, “Ofrecen una forma completamente nueva de mirar el Universo”.

Tan admirable avance en física básica ocurre en países donde la ciencia goza de cabal salud. En el nuestro, ella está en un lamentable estado de abandono estatal (como también lo están la salud, la educación, la industria, el agro, el arte, el medio ambiente, etcétera) consecuencia de las nefastas políticas económicas impuestas por el Consenso de Washington y obedecidas lacayunamente por los presidentes que en los últimos años han ocupado, con indignidad suprema, la Casa de Nariño. Especialmente el último, que hemos venido soportando y al que hace poco en el aula máxima de la Universidad Nacional de Colombia una valiente representante de esa juventud que sueña y lucha por un país diferente, no se equivocó al señalar que el príncipe de Anapoima estaba desnudo. Merecidas las sonoras ondas de los abucheos con que los estudiantes recibieron a este enemigo de la ciencia y de la nación colombiana.

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