El caso de las Empresas Públicas de Medellín (EPM), la cual no se privatizó porque lo impidió la erguida posición de la casi totalidad de los habitantes de esa ciudad, no solo desnudó las falacias neoliberales.
Entre las muchas falacias con que se montó la privatización estuvo la de afirmar que la ineficiencia, el mal manejo y el burocratismo eran absolutamente inherentes a cualquier actividad del Estado; que por ello, afirmaron, la felicidad le llegaría a todos los colombianos si se vendía, así fuera a precio de quema, cualquier empresa oficial.
Con el paso de los días quedó claro lo que ya sabían los que no pudieron ser engañados: que solo se privatizarían las empresas que fueran o pudieran ser rentables para el capital privado, salvo que la oposición ciudadana lo impidiera, y que toda actividad oficial que por razones particulares no pudiera ser negocio seguiría en manos del Estado. Que la privatización implicaba que las empresas se vendieran a menosprecio y fuertes alzas en las tarifas antes y después de enajenarlas, porque de otra manera el supuestamente muy eficiente capital privado no las compraría. Y que empresas como Telecom, Ecopetrol, Chec, Empresas Públicas de Manizales y Empresas Públicas de Medellín, entre otras, probaban que no era cierto que el Estado no pudiera manejar bien sus activos.
Y el caso de las Empresas Públicas de Medellín (EPM), la cual no se privatizó porque lo impidió la erguida posición de la casi totalidad de los habitantes de esa ciudad, no solo desnudó las falacias neoliberales, sino que hasta las dejó en ridículo. Resulta que la revista Portafolio, propiedad del periódico El Tiempo y uno de los más notables medios de la propaganda neoliberal del país, decidió escoger entre las mejores empresas de Colombia a la Empresa del Siglo XX, selección que le solicitó a las diez más reconocidas facultades de economía de Colombia. ¿Y a quién escogieron? Pues a las Empresas Públicas de Medellín, en una selección que le hace honor a la verdad y que deja al desnudo una política que no solo ha sido perniciosa para los colombianos, como ya está comprobado hasta la saciedad, sino que vuelve y demuestra que las imposiciones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional se fundamentan en la mentira y el engaño.
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