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Palabras a los 20 años de la muerte de Francisco Mosquera Sánchez

Eduardo Muñoz Serpa, Bucaramanga, agosto 1 de 2014

Es primero de agosto de 2014. Estamos reunidos aquí, en Bucaramanga, ciudad y región que fueron determinantes para que se forjara el talante de Francisco Mosquera Sánchez, para darle forma a la huella que dejó labrada, esa que hoy, 20 años después de haber terminado su ciclo vital, se sabe con certeza de que es más perenne y profunda de lo que inicialmente se imaginó cualquiera de sus amigos, copartidarios, seguidores y discípulos.

Están acá, presentes, personas que pueden dar un testimonio sin par de la parábola vital, ideológica y política de Francisco Mosquera pues vivieron imperecederos momentos en su compañía, siguieron su verbo, su capacidad de convocatoria les marcó para siempre, volvieron suya su propuesta ideológica y política pues cuando la conocieron y analizaron tomaron conciencia de que era válida, certera y coherente y por eso miles y miles de compatriotas del último medio siglo han dedicado sus esfuerzos a defenderla, difundirla, enriquecerla, proyectarla hacia el futuro y a decirle a las gentes nuevas que un santandereano, formado en uno de los tantos hogares de clase media que entre nosotros hay, producto y consecuencia de los difíciles factores que vivió nuestra región en la primera parte del siglo XX, fue capaz de comprender, analizar debidamente la realidad de nuestra sociedad, decantar las fuerzas que en nuestro suelo luchan entre sí porque tienen intereses económicos y sociales contrapuestos, confrontó lo nuevo con lo viejo y dejó labrado un camino para que los colombianos del mañana tengan un horizonte menos erizado de dificultades del que vivió en su infancia, adolescencia y juventud en nuestra región.

Esa propuesta ideológica y política que edificó se muestra más sólida y coherente a medida que pasan los días y sigue, sigue sin una sola fisura, soportando vientos huracanados y mares embravecidos. Conocí a Francisco Mosquera. Oí su verbo. Si, fui testigo de cómo en diversos episodios políticos interpretó la realidad correctamente y advertía lúcidamente sobre lo que seguiría.

Si, lo vi de lejos y me percaté cómo fue un adolescente inconforme en las calles de Bucaramanga, cuando era estudiante de bachillerato en el Colegio de Santander.

Si, lo vi también siendo universitario de provincia recién llegado a Bogotá y cómo se abrió espacio en el ideario de ese momento y cómo en las aulas y entorno de la ciudad universitaria de la Bogotá de principios de los años 60 del siglo XX, en el fragor de los debates políticos se percató que las ideas de los partidos políticos incubados en la Colombia del siglo XIX no ofrecían mañana a los millones de compatriotas que forman parte de las clases desprotegidas.

Vi cómo fue cincelando su propio ideario en medio del borrascoso hervidero de propuestas utópicas, aventureras, alocadas que intelectuales, estudiantes y y luchadores populares exponían en ese entonces en todos los escenarios bogotanos.

Presencié el choque de vientos encontrados que dominaron la escena de los años 60 del pasado siglo en Bogotá, a la que llegó Mosquera, en la que tuvo que abrirse paso, en la que se sintió a gusto pues era un medio crítico, ahíto de descontento, irreverente, un cautivante nido de inconformismos. Si. Francisco Mosquera llegó de Bucaramanga a una Universidad Nacional en la que como faros iluminaban el sendero de los muchachos nuevos las inteligencias de Diego Montaña Cuellar, Camilo Torres Restrepo, Arturo Valencia Zea, Eduardo Umaña Luna, Orlando Fals Borda, Francisco Posada y brotaban en el ambiente múltiples nuevos canales de vida e ideas políticas.

Fue en ese momento cuando el primíparo Francisco Mosquera se estrenó en la agitación participando en un movimiento estudiantil que luchaba contra el incremento del valor de los pasajes de los buses urbanos, movimiento que un día decidió salir de la Ciudad Universitaria y llegar al Palacio Presidencial, donde la muchachada se acostó en la vía pública y oyó los discursos de un santandereano, estudiante de Ingeniería, Antonio Larrota González, de Manuel Salge, de Alfonso Romero Buj y de Raimundo Mendoza.

Ese día la manifestación estudiantil devino en marcha popular y al caer la noche en el centro de Bogotá ardieron vehículos, hubo 50 policías heridos, 180 presos, cerca de 60 autos y buses averiados y los mayores trajeron a la memoria el 9 de abril mientras el Presidente Alberto Lleras Camargo se dirigía al país y ordenaba al ejército patrullar la capital. Los hechos en la Ciudad Universitaria se sucedían unos a otros y el aire se llenó de un nuevo lenguaje pues se acusaba que este o aquel era “desviacionista”, se increpaba a los “burgueses”, a los retardatarios, a los reaccionarios, a los entreguistas y todos luchaban por ser “consecuentes”, por “el rechazo al sistema”, mientras el periódico El Siglo titulaba en primera página: “A la universidad se la tragó el comunismo”.

Nunca se leyó tanto en la universidad como en los años 60. En las aulas abundaron los grupos políticos, los comandos, las brigadas, las ligas de combate, los escenarios contestatarios y de uno de los primeros movimientos, el Mir, nació el MOEC (Movimiento Obrero Estudiantil Campesino), mientras por otros cauces brotaron las juventudes del MRL, se debatió con la Juco, se hizo política, se hizo el análisis concreto de la realidad concreta.

Y surgieron los líderes, tantos cuantas flores se ven en época de florescencia en un cafetal. Julio César Cortés, Manuel Vásquez Castaño, José Manuel Martínez Quiroz, Guillermo Puyana, Lesbia Ramos, Hermidas Ruiz, difundían las ideas de la Revolución cubana y la teoría del foco. Jaime Pardo Leal, María Arango Fonnegra, Jaime Caicedo, Carlos Romero, Jaime Bateman, Manuel Cepeda, Hernando González, orientaban a la Juco. Otros, como Nidia Tobón, Guido Gómez y Carlos Pantoja, eran activistas sin par. Y frente a esas líneas políticas el MOEC, sucesor del MIR, tomaba fuerza y solidez bajo la orientación de Antonio Larrota González, santandereano que estudiaba Ingeniería en la Universidad Nacional. En tanto, en Bucaramanga brillaban Jaime Arenas Reyes, Iván Calderón Tarazona, Enrique Granados Gómez, Víctor Medina Morón, Ricardo Lara Parada, Eusebio Barrera, entre otros.

Ese hervidero de ideas y de métodos para asumir el trabajo político y el ascenso hacia el poder, generaban choques, enfrentamientos, unos se iban para el monte, otros se quedaban en la ciudad y todos, analizaban la estrategia geopolítica.

En ese escenario maduró muy tempranamente Francisco Mosquera, quien supo decantar qué de lo que se pregonaba era hojarasca, qué era grano que germinaría y con dedicación, paciencia y certeza, fue labrando una idea certera, ajena al diletante romanticismo político entonces en boga tanto en las aulas de las universidades como en el medio político.

Si, Francisco Mosquera desde ese entonces se dedicó a agitar ideas, controvertir tesis, alejarse de posturas aventureras, exponer propuestas a la que tal vez fue la generación más dinámica que hubo en las universidades colombianas en el siglo XX y con valor y arrojo denunciar los caminos equivocados.

Soy santandereano, nací en los años 40 de la pasada centuria, me formé en esta ciudad en los años 50 de tal siglo y vi cómo en esa Bucaramanga en la que nunca pasa nada y todo aparentemente permanece sin alterar, se formaron tal vez los cuatro más grandes exponentes de la política colombiana posterior al nueve de abril.

Si. En Santander nació y en Bucaramanga creció un fenomenal y precoz político y divulgador de ideas nuevas, alguien cuya vida se truncó en plena juventud, lo que impidió que el país pudiera degustar de su inmensa capacidad, una persona y una concepción que marcó mucho de la vida de Francisco Mosquera, un muchacho que entonces fue tan importante como hoy es ignorado, quien llegó a Bogotá a estudiar Ingeniería y fue un dirigente fuera de lo común: Antonio Larrota González. Pocos como él, fundador del Moec 7 de enero, movimiento en cuyo horno y contradicciones internas se forjó el acero del pensamiento de Francisco Mosquera.

En Bucaramanga nació, aquí se formó y en sus plazas y calles demostró su talante de líder otro coterráneo de gran dimensión, Jaime Arenas Reyes, extraordinario orador, imán que atraía multitudes en la plaza pública, muchacho que a los 20 años le señaló a Santander que el mañana no estaba en las toldas del pensamiento liberal, ni del pensamiento conservador, sino en la cantera de las ideas nuevas y logró que todo un pueblo le siguiera en una gesta inenarrable, el movimiento estudiantil de la UIS de 1964. Santander lloró en silencio cuando su vida se desmoronó en una calle bogotana una mañana de domingo, días después de haber cumplido 30 años.

Bumangués fue el único líder que ha tenido el establecimiento capitalista colombiano en los últimos 50 años, Luis Carlos Galán, quien solo vivió algo más de 40 años y la burguesía aún añora lo que para ella simbolizó.

Piedecuestano fue Francisco Mosquera, quien por las faenas de su padre en el magisterio vivió su niñez en localidades fundamentales para nuestro talante como Vélez, San Gil, Málaga, Socorro, Zapatoca, Barrancabermeja y Bucaramanga y esos vientos sembraron mucho de su talante.

Mosquera fue de pensamiento rebelde y levantisco, como el de muchos santandereanos y no posó de auténtico sino que lo fue de punta a punta y con enorme entereza.

Mosquera fue un escritor precoz de abigarrado estilo y si algo hizo en su vida fue crear ideas, escribir, marcar una senda y edificar un proyecto político.

Todo eso lo fue cincelando desde su época de estudiante de bachillerato, en sus ajetreos periodísticos en Vanguardia Liberal, en el medio santandereano en el que se percató que no debía solo escribir para marcar un camino si no que debía, además, ser vocero de ideas y luchador y así lo fue desde el Colegio de Santander, donde hizo sus primeras bregas como dirigente y pensador, como agitador y verbo, siendo su primera lucha popular una huelga estudiantil que logró que del colegio de Santander saltara a la UIS.

Su figura delgada, de estatura media, frente amplia y entradas precoces, sus ojos vivaces, de mirada profunda, con las manos en los bolsillos, le vi muchas veces en la Bogotá de la primera parte de los años 60 divulgando ideas, haciendo al Moec y cómo en su seno logró diseñar la senda correcta para que el movimiento no muriera sino que siguiera vivo así no se le conozca abiertamente hoy pues por extraño hecho de la vida el país que se acostumbró más al nombre de su frente obrero, el Moir, que a su infraestructura política, el Moec.

Mosquera, el rebelde, se graduó de bachiller en el Colegio de Santander pero no quiso recibir el diploma de manos de sus directivas por considerar que eran represores y reaccionarios. Eran campanazos que dejaban vislumbrar lo que sería su vida.

Muy joven entró al Moec y en su seno tuvo encuentros y desencuentros con Jaime Galarza, Antonio Pinzón, Raul y Yolanda Alameda, y otros más, de cómo lo marcó para siempre el fundador de tal antorcha revolucionaria, su coterráneo Antonio Larrota, de cómo las directivas de la Universidad Nacional le cancelaron su matrícula en la Facultad de Derecho por levantisco, erguido y contestatario.

Supe de su paso por el Externado de Colombia, claustro en el que se refugió luego bajo el ala protectora del maestro Ricardo Hinestrosa, en cuyas bancas tomó la decisión de dejar de estudiar Derecho para inscribirse para siempre en las filas de la revolución colombiana. Esa lucha entre el intelectual de clase media y el líder e ideólogo revolucionario la ganó la última opción y fue consecuente con su decisión día tras día de su existencia. Si. Nunca declinó, ni torció su camino.

Mosquera supo mirar por encima del bosque de los años 60 del siglo pasado, no fue seducido por el aventurerismo en ese entonces, cuando todos suspirábamos por luchar en el monte y tener una mula revolucionaria como la que en Bolivia montó Ramón. Luchó solo, a brazo partido, contra todas las corrientes oportunistas, extremo izquierdistas, revisionistas, es decir, contra todas las serpientes que por cabello tenía la Medusa. Tuvo la entereza y el valor de decir que ese camino era erróneo, que no era una senda sino una aventura sin futuro, se enfrentó a la corriente que traicionó el ideario marxista para hacer de la Unión Soviética un quiste capitalista. Luchó contra el foquismo por considerar que era un descalabro que devoraría a todos sus seguidores.

Mosquera creía que las ideas se volvían realidad en el seno de un partido sólido, disciplinado, coherente, que pudiera soportar todas las tormentas que azotan a nuestra América y pudiera enfrentar al monstruoso imperio que tiene por símbolo un águila, ave rapaz, agresiva, carroñera, arisca, innoble, no fiable.

En los años 60 se hizo el pensamiento de Mosquera y es de advertir que ellos no fueron lo que hoy quieren hacerle creer a las nuevas generaciones. No fue la década de los Beatles sino de luchadores legendarios como Mosquera, Antonio Larrota, Camilo Torres Restrepo, Héctor Valencia, Jaime Arenas, de lúcidos literatos como García Márquez, de intelectuales sin par como Estanislao Zuleta, de artistas como Alejandro Obregón y Clemencia Lucena y tantos más que no tuvieron contacto con lo frívolo sino con las necesidades más sentidas de nuestras gentes y nuestra patria.

Mosquera se pulió en la lucha y fue un dirigente visionario que edificó un futuro cierto y coherente en un momento histórico en que lo que se usaba era ser conspirador, intelectual, equivocado, aventurero, contradictorio, romántico. Entendió lo que debía ser la táctica y la estrategia de los movimientos populares cuando todos creíamos que eso tenía más que ver con lo cóncavo y lo convexo que con el análisis concreto de la realidad concreta.

Mosquera inspiró y guió desde la secretaría general del Moir, la primera y más importante lucha política del estudiantado colombiano, el movimiento universitario de 1971. Fue en su seno cuando se habló no de huelgas románticas sino de ideas ciertas y se confrontaron propuestas. Los vientos huracanados solo dejaron que siguieran camino las versiones más sólidas del pensamiento de una generación.

Mosquera edificó ideas de una solidez no comparable con la de ninguno de sus contemporáneos. Perteneció a una generación sin par y el paso de los años ha demostrado que su pensamiento fue el más sólido y duradero.

Pero Mosquera, humano al fin y al cabo, así como tuvo luces, tuvo sombras que no disminuyen su obra sino que por el contrario enaltecen lo que sembró.

Murió hace 20 años pero su fuerza vital debe recorrer aún las calles de Bucaramanga y de las demás ciudades colombianas aupando a los muchachos nuevos para que no sean borregos, para que se atrevan a pensar, para que sueñen lo imposible, para que abracen el futuro, para que se enfrenten a la fase actual del capitalismo que es el más voraz monstruo que ha tenido que enfrentar en estos tiempos la humanidad y hagan sobre el suelo que pisan un mundo distinto, más amable, en el que los condenados de la tierra tengan futuro y puedan levantar su voz y señalar que se puede llegar más alto y que si no vuelan las ideas, ellas serán aplastadas por esa demoníaca concepción del Estado y la sociedad que impulsa el imperio que nos tiene domeñados.

Si, hoy honramos y recordamos a un hombre que se levantó sobre los hombros de los inconformes del mundo para forjar una patria nueva.

Mi generación vio y vivió esa gesta. Nuestras vidas fueron cual antorchas en marcha y, sin saber a qué horas, la vida hizo que los soñadores de la utopía de los años 60 seamos hoy adultos mayores que narramos lo que vivimos e hicimos con gran intensidad y volvimos realidad lo que dijo el poeta Machado, “se hace camino al andar”, sin declinar ni rifar nuestro ideario, sabiendo que nuestro gran legado será la entereza.

Por todo lo anterior es que podemos decir con otro gran colombiano de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado, Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

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