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Palabras para un teatrero muerto

Reinaldo Spitaletta, El Espectador, junio 23 de 2014

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos.

Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos.

Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, murió el domingo 22 de junio.

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el del Montecalvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear.

Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

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