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Participación o engañifa

Eudoro Alvarez Cohecha, Villavicencio, marzo 13 de 2016

Aunque la participación ha sido una de las palabrejas más utilizadas a partir de su introducción como norma constitucional (art., 340) en la nueva Carta de 1991, no deja de ser un tránsito desde lo “sofístico hasta lo fantasioso”, su transcurrir en estos largos 25 años. Desde entonces, no hay gobernante ni politiquero en trance electoral que no la invoque; pretenden usarla cual talismán que les abra las puertas del poder con tal de tapar lo que en realidad piensan y anhelan: engañar y enriquecerse, demeritando la política a extremos no imaginados.

Villavicencio no es la excepción. Por dos períodos he podido calar desde mi experiencia como Consejero Territorial de Planeación, en representación del sector rural, el aserto de lo dicho. Con Franco, la entidad destinada por la ley 152/1994 a concretar la participación ciudadana no contó con el más elemental consentimiento, fulgurado en contrario por una franca hostilidad, ante la dificultad de inclinarlo y convertirlo en una especie de “perrito de taxista” por sus pretensiones de gobernar por encima de la opinión de los sectores allí designados. En ese entonces hasta se le desahució de la oficina en la “casa de la participación”: contrasentido incomprensible y hasta de saqueos aún no aclarados, fue víctima.

Con Zuluaga no se mejoró; se asignó una oficina donde escasamente caben 10 personas incómodamente sentadas, para un organismo compuesto por 33 seres humanos, con tan malas condiciones ambientales que más parece un lugar de castigo con temperaturas de sauna en estas épocas de cambio climático; algo varió en el último semestre y fue más interactivo cuando después del 25 de octubre, se percató que el candidato escogido como posible sucesor no llegó.

Con Barbosa, poco ha cambiado; el mandato legal de vincular el Consejo Territorial de Planeación (C.T.P.), al empalme, se lo paso olímpicamente por donde sabemos y ahora que se está estructurando el Plan Municipal de Desarrollo (P.M.D.), la participación la han convertido en un diálogo de sordos y la hostilidad hacia el (C.T.P.) no ha variado en sus falencias anteriores, antes bien, se acrecientan.

Sin embargo el sofisma continúa: parlotean y pergeñan sobre lo mismo, aparentando ser escuchas de la ciudadanía, pero hacen grandes esfuerzos para no acatarla cuando ella se expresa; pretenden asimilarla con reuniones donde lo importante son las firmas de los asistentes, pues cuanto se diga en estas se ignora olímpicamente luego.

Para la muestra un botón: presentado el Proyecto de Plan Municipal de Desarrollo al C.T.P., por ordenamiento legal, leído varias veces, la certeza de que no merece llamar plan a un burdo ejercicio de copie y pegue, en donde no aparecen los planteamientos expresados en algunas reuniones de las que proclaman como participativas, nos reafirma en la convicción, derivada de la práctica, de que el principio invocado reiterativamente, es algo que aún no se consolida, por lo menos en Villavicencio, y que “hacer una cosa por otra es lo mismo que mentir”, como ya lo dijera hace dos siglos “el caballero de la triste figura”.

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