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Plan Colombia: farsa e intervencionismo

Reinaldo Spitaletta, El Espectador, Medellín, febrero 9 de 2016

¿Para quién o quiénes? En los últimos cincuenta años, los Estados Unidos, a la vez que sus conmilitones criollos, se han lucrado del conflicto armado en Colombia y, en rigor, la “cereza en el postre” ha sido el denominado Plan Colombia, existente desde los días nefastos (como nefastos fueron sus antecesores y aún peores sus sucesores) del presidente Andrés Pastrana.

Así que la guerra, como lo pueden decir mercenarios norteamericanos, es “una gran feria” en la que se abren enormes y prósperos mercados para armas, aviones, helicópteros, pesticidas, radares y aun para fusiles Kaláshnikov como los proporcionados por la CIA, hace años, a una de las guerrillas colombianas.

El llamado Plan Colombia (que en un comienzo, como ahora, se iba a llamar Paz Colombia), disfrazado de “ayuda humanitaria” no ha sido otra cosa que la entrega de la soberanía nacional a los yanquis, de un lado, y, del otro, una posibilidad de lucro para transnacionales y otros negociantes.

Como ya es un lugar común decir que los Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses, estos últimos se notan en sus “inversiones” (que camuflan como “ayudas”) en sus neocolonias. Sobre el Plan Colombia, concebido por Bill Clinton en 1999 y aupado por Pastrana (es decir, tiene más de quince años), señaló un analista militar gringo, Tom Marks: “(en Colombia) estamos en esta lucha por nuestros propios problemas nacionales. Nuestro paquete de ayuda nos sirve a nosotros y no a ellos, y los colombianos lo saben” (ver libro Con las manos en alto, p. 36, Germán Castro Caycedo).

En 1999 (y aquí invocaremos el lema del Centro de Historia de Bello: “Para que la memoria no se olvide”), Clinton visitó Cartagena de Indias, con el ánimo de la suscripción cuanto antes del Plan Colombia. Se montó una escenografía para hacer creer que el “presidente del mundo” estaba en riesgo. La Heroica se infestó de agentes norteamericanos. Las manifestaciones de protesta contra la presencia de Clinton se sofocaron con maltratos y represión furibunda. Se ocultaron a la fuerza a negros y mendigos y todo relucía para recibir al amo.

Clinton, que había arribado protegido por aviones y helicópteros, y por masas de policías, no fuera que lo secuestraran o, mínimo, le arrojaran algún tomate o huevo, terminó bailando cumbia en una calle colonial. Transcurrían los días de una campaña “psicosocial” para justificar el Plan Colombia. Antes, la CIA había entregado a las Farc, sin querer queriendo, diez mil fusiles para que aumentaran su capacidad de fuego y así se justificara la suscripción del susodicho plan.

Los norteamericanos, con una buena avanzada de mercenarios, instalaron radares y bases militares en Colombia, en particular en la región amazónica, enorme reserva de agua dulce del mundo y dueña de un infinito banco de genes para el futuro de la humanidad. Por lo demás, abonaron el camino para la posterior suscripción de los leoninos tratados de libre comercio.

De aquellos primeros 1.300 millones de dólares del plan, Washington giró una buena parte a transnacionales que, a su vez, pagaban a modo de “lobby” a políticos gringos para que estos aprobaran el Plan Colombia en el Congreso americano. Negocio de unos y de otros. Así, muchas compañías con intereses en Colombia apoyaron el plan y el envío de suministros para la guerra. Aumentaron sus caudales con el plancito, transnacionales como la Dyncorp (para entrenar misiones antinarcóticos en Colombia); la Dupont (glifosato); la Black Hawk, fabricante de helicópteros, y la Lockheed (sistemas de radares de alerta temprana).

El Plan, en realidad, era más un diseño del Comando Sur del Ejército de E.U. que una “ayuda filantrópica”, como se vendió en los medios de comunicación, más dedicados a hacer eco de las agendas informativas oficiales que a los cuestionamientos y búsqueda de información enmascarada por los poderes. Ahora, con su reedición, bajo el nombre eufemístico de Paz Colombia, se eterniza el intervencionismo norteamericano, celebrado por Santos y sus paniaguados. Las transnacionales, con más camino expedito, proseguirán haciendo fiesta con las riquezas del país. Un país que puede ser que no sea un “Estado fallido”, pero continúa en crisis, con unas desproporcionadas brechas entre los más ricos y los más pobres, con altos índices de desempleo, desindustrialización, inequidad, pauperización y con situaciones deplorables en la salud pública, la educación y la cultura. La paz no puede usarse para tapar las miserias de la nación. Ni para aumentarlas.

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