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Por otro modelo agrario

Intervención del senador Jorge Enrique Robledo en el debate sobre precios de los insumos agropecuarios, Comisión Quinta del Senado, 24 de septiembre de 2014.

Apenas 1.095 predios restituidos, de 160.000 prometidos por Santos. La acción del Estado, clave para apoyar al productor, pero los gobiernos están destruyendo a Colombia. La competencia no es entre individuos, sino entre países. Las trasnacionales de los insumos fijan los precios a su amaño. No hay libre competencia: lo que hay es un cartel de trasnacionales esquilmando pobres y clases medias en todos los rincones del país. Se volvió un crimen controlar los precios de los insumos. ¡El productor sometido al agiotismo y el gobierno con la plata guardada! En el nuevo estudio oficial sobre el agro no aparece la palabra TLC por ninguna parte: ¿alguien prohibió usarla? Prevenir a quien está arriesgando hasta el pellejo que no se meta en un negocio agrario si no hay cómo supone un mínimo de decencia. No es asunto de maquinistas sino de carrileras, y la del agro conduce al abismo.

No puedo perder la ocasión de tener aquí al ministro de Agricultura y no empezar mencionando un tema que, aunque no sea del debate, está relacionado con el agro. El Tiempo informa hoy que van apenas 1.095 predios restituidos, cuando el gobierno prometió 160 mil restituciones. Una ligera diferencia: le están faltando apenas 159 mil. Lo enfatizo, porque el Polo Democrático Alternativo fue crucificado ante el país por los amigos del gobierno y por los ministros de Agricultura por no haber votado nosotros la pésima ley de restitución aprobada mayoritariamente y optar más bien por presentar una distinta. Bueno. La vida nos dio la razón. Van solo mil restituciones contra 160 mil prometidas. Y para este cuatrienio debe aparecer una nueva meta, otras doscientas mil, o sea, 360 mil para el 2018. Además, señor ministro, el gobierno se comprometió a nombrar 134 jueces de restitución y apenas van 39. Aquí uno empieza a comprender por qué la cosa no funciona.

Traía una profusa documentación para demostrar el alza escandalosa de los insumos agrícolas, pero después del juicioso trabajo hecho por las senadoras Nora García y Maritza Martínez, creo que no tiene mucho sentido ponernos a dar más cifras, sino pasar más bien a hacer un análisis para entender qué es lo que pasa y cómo hallar las soluciones. No sin antes mencionar que no se han cumplido los compromisos firmados por el gobierno con quienes dirigieron los paros del año pasado. Particularmente, en el tema de los insumos diría que el incumplimiento es del ciento por ciento. Se acordó instalar una mesa para estudiar cómo se iban a bajar los precios de los insumos. La mesa constituida a raíz del primer paro se reunió apenas dos veces y la funcionaria que asistió a la primera sesión terminó después en París para felicidad de ella, pero lo cierto es que hasta ahí llegó el asunto. Y lo poco que se hizo después del segundo paro tampoco llevó a ninguna parte. Es un problema sentido y el incumplimiento del gobierno ha sido del ciento por ciento. Y por supuesto, eso molesta a quienes han estado en estas luchas.

La acción del Estado, clave para apoyar al productor

¿Cuál es el punto que tenemos que hacer esfuerzos por empezar a comprender? En cualquier actividad productiva incide la responsabilidad individual del productor o de la asociación de productores, pero lo que sucede es que el productor individualmente considerado no controla todos los costos. Él ha de hacer bien las cosas en lo que él puede controlar, para poner un ejemplo pedrero, le toca levantarse temprano y estar al frente del negocio y mantenerse pilas y buscar el precio más barato y contratar a los mejores especialistas. Pero resulta que en la vida real hay una cantidad inmensa de costos que escapan al control del productor y sobre los cuales él no puede hacer nada. Es el caso de los insumos. El productor no controla el precio de la urea ni el del fósforo ni el de los combustibles ni el del crédito y ni siquiera el de los fletes, porque no es quien construye las carreteras ni el que maneja los equipos de transporte.

Entonces, finalmente, en cualquier actividad lo determinante en últimas no es el esmero individual, sino los esfuerzos del conjunto de la sociedad representada por el Estado. Cuando el Estado cumple con sus deberes, inexorablemente el productor se tecnifica y hace mejor las cosas. Porque en buena medida el proceso de tecnificación, que tiene costos altos, es el producto del éxito social. Si empiezo a producir maíz en medio de las dificultades, pero el Estado me ha creado unas condiciones favorables, seguramente pasaré del azadón a un equipo de motor o pasaré de un tractor pequeño a uno más grande, y haré obras de riego, e iré acumulando una riqueza que me hará disminuir los costos de producción. Es la historia de los países desarrollados. Allí también inicialmente todas las vacas se ordeñaban a mano, pero ya hoy nadie lo hace, porque los productores del agro han mantenido durante décadas actividades que les han resultado rentables. El Estado, la sociedad, les ha propiciado las condiciones, y pueden ellos al final tecnificar sus faenas. La gente no hace las cosas mal por ser irracional o por un capricho, sino porque la vida se lo impone. Quienes poseen carros viejos no es que no sepan que resulta más económico usar un carro nuevo. Quien maneja un tractor de 30 ó 40 años de uso lo hace porque su actividad no le ha permitido modernizarse.

Empiezo enfatizándolo, porque aquí hay una discusión. El agro está quebrado, el área cultivada sigue disminuyendo y los paros nos ilustran una situación desastrosa y en vías de empeorar. Surge entonces una pregunta: quién tiene la culpa, quién es el responsable. La línea oficial de quienes mandan en Colombia les achaca la culpa a los productores. Se merecen su suerte, parecen decir, claro, no en forma explícita. Ellos saben que no pueden decirlo en público, porque hay cosas políticamente incorrectas, pero en la práctica es lo que piensan. Y entonces lo que está ocurriendo es que ante la quiebra de los productores, la sociedad termina imbuida de esa mentalidad mezquina. Se quebró un empresario, un campesino, un indígena, y hay quienes concluyen, sí, un ineficiente menos, es que este es un país de vagos y los únicos que sí saben hacer las cosas bien son los extranjeros. Antes no es peor una sociedad que es una mixtura de españoles, indios y negros, rematan diciendo.

Y por supuesto, los malos gobiernos se ocultan detrás de esa pantalla para esconder que no cumplen con sus responsabilidades. Y si esto ha sido siempre así en Colombia, en los tiempos de la globalización ya es la masacre sin adornos. Porque no es compitiendo aquí en el subdesarrollo, sino que es poniendo a los empresarios, campesinos e indígenas colombianos a producir contra cada uno de los productores más eficientes del mundo entero. El argentino más eficiente, el vietnamita más eficiente, el de cada rincón más eficiente, respaldados por unos Estados que allá sí cumplen con su deber y su responsabilidad y no le salen con cuentos flojos al ciudadano ni le lavan el cerebro para justificar lo injustificable. Lo saben el presidente Juan Manuel Santos y todos los ministros. Y lo sabe el doctor César Gaviria, que fue quien empezó esta tragedia, y Ernesto Samper y todos los que han gobernado a Colombia.

Los gobiernos están destruyendo a Colombia

Cuando César Gaviria instauró la apertura, fui de los primeros que afirmó, cuando era profesor en la Universidad Nacional, y lo he repetido con frecuencia: van a destruir a Colombia. Y guardo en mis archivos casi que grabada en piedra una frase para mí esclarecedora de Darío Múnera Arango, en ese momento presidente de la junta directiva de la Andi y quien no era militante del Polo: “La competencia global no es entre individuos, no es entre personas, es entre naciones, naciones completas”. Cuando una mazorca colombiana y una mazorca gringa se estrellan en el mercado internacional para ver cuál sobrevive de las dos, lo que está expresando el doctor Múnera no es que John Smith esté peleando contra Pedrito Pérez, sino que la batalla es de Estados Unidos contra toda Colombia.

Entonces, si aquí a Pedro Pérez no le brinda el Estado los instrumentos, pues John Smith lo barre, y si no es John Smith, es Cargill. Es el punto crucial de este debate. Tenemos al país metido en una batalla entre naciones y el gobierno colombiano les da muy mal los instrumentos a los productores nacionales. Transitamos por las peores vías de comunicación, nos abruman los altos intereses y nos imponen unos insumos carísimos, como se ha demostrado aquí. Carecemos de ciencia y tecnología propias y no contamos con bajas tasas de crédito. Demos un solo ejemplo. Los gringos que importan algodón cuentan con cartas de crédito financiadas por ahí al cero por ciento. ¿A cómo les valen las tasas de interés a los algodoneros de Córdoba o de cualquier parte de Colombia?

Aquí el gobierno se limita a conminar a los productores: ¡compitan! Suelo hacer un sarcasmo que ilustra el asunto. Todos estos altos funcionarios me recuerdan a ese mal entrenador de natación que coge al muchacho, un atleta inteligente y fortacho y que suele hacer bien las cosas, le mete un empellón y lo tira a la piscina ordenándole que bata un récord. Pero le pone la temperatura del agua a cien grados y, parado ahí en la orilla, le grita, oiga, no está respirando bien, mejore la brazada. ¿Será que anoche se trasnochó y por eso no está pudiendo competir? Es un poco los que nos pasa aquí. Nuestros productores laboran a cien grados de temperatura, a punto de sancocharse. Y sí, los están sancochando, los gobiernos llevan 25 años sancochándolos, y hay una cola enorme para nuevos sancochados, los arroceros, los lecheros y quién sabe cuántos más que van a desaparecer.

Las trasnacionales fijan los precios a su amaño

Todos aquí sabemos que las trasnacionales de los insumos fijan los precios a su amaño, como les da la gana. ¡Dizque la libre competencia global! Paja, cuál libre competencia global. Lo que hay en la globalización es un cartel de trasnacionales esquilmando pobres y clases medias en todos los rincones del país. ¿Sí será que las trasnacionales de los insumos compiten entre sí? Ni que fueran bobas, si son apenas cuatro o cinco. Y los mayoristas que importan los insumos a Colombia, también solo cuatro o cinco, ¿será que también compiten los unos con los otros? ¿Son idiotas, no tienen celular, no son amigos, no están en los mismos clubes? Por supuesto que se ponen de acuerdo, se coluden. Montan carteles económicos. ¿Y será que los minoristas de un pueblo, también solo dos o tres, tampoco se ponen de acuerdo ni se saludan cuando se ven? Y todos se dedican a desplumar a los productores. Lo sabe muy bien el gobierno.

Me voy a detener un poco en el llamado agrocomercio. Como el Estado no cumple con su papel, le entrega al agrocomercio los pollos del sancocho para que los cocine a su gusto. ¿A cuánto asciende en los Llanos Orientales la tasa de interés del crédito del agrocomercio que financia a los arroceros? Me la acaban de confirmar: al 2 por ciento mensual, 24 por ciento efectivo. Con un agravante. ¿A cómo les cobra el agrocomercio los insumos financiados con ese crédito del 24? Aquí les pega otro clavijazo bárbaro, como se dice en billar, porque si el insumo vale mil, los del agrocomercio les dicen que vale mil doscientos y ahí les metieron 20 por ciento más.

Y esto sucede porque el Estado no cumple su papel. Porque si vamos a hablar de negocios de empresa privada, hagámoslo con claridad. Hay sectores del agro, poderosos, que han logrado formar sus asociaciones y logran de alguna manera defenderse y hacer economías de escala, por ser ellos mismos importadores, como puede pasar en el azúcar y de pronto en algún otro sector. Pero el resto, que son casi todos, están absolutamente indefensos. Empezando por ese campesino sin crédito, señor ministro, obligado a fiar en el granero los domingos y que compra de a tres panelas. ¿A cómo se las cobran?

Cuando hice el debate de Agro Ingreso Seguro, me escandalicé porque había un crédito subsidiado por 50 mil millones de pesos a Philips Morris, escandaloso de verdad, nada menos que Philips Morris. Yo pregunté por qué. ¿Saben qué respondieron los místeres? Que esa era plata que les daba el Estado para financiar ellos a los campesinos del tabaco. Y mi pregunta fue: quién protege a los campesinos del tabaco de la ordalía de Philips Morris, a cómo les presta esa plata, a cómo les pone los insumos, a cómo les fija el precio de compra. Que alguien haga el ensayo, yo lo he hecho, y que se vaya hasta la Mesa de los Santos, en Santander, y mire la situación de los campesinos del tabaco, para que vea la miseria más pavorosa que uno pueda imaginar. En esto llevan doscientos años los campesinos del tabaco en toda Colombia, esclavizados por los intermediarios. Y si en el café no ocurre exactamente lo mismo es porque allí hay algún grado de organización, que en algo los protege a pesar de todos los problemas.

El Estado no puede entonces exigirles a quienes están produciendo en estas condiciones tan adversas que compitan y que produzcan. No. El Estado no puede abandonar su función allí donde se necesita. Defiendo la actividad privada y en el agro ni se diga, pero lo que no puede seguir sucediendo es que aquí haya unos cuantos productores que han logrado medio protegerse por contar con algún grado de asociación, pero que también hoy se están quebrando por falta de protección estatal. Ahí acaba de ordenarle el vicepresidente Biden al presidente de la República de Colombia, oiga, Santos, arrodílleme más a estos productores de los alcoholes carburantes porque no los estoy pudiendo barrer. Quíteles la medidita de protección que les queda. Claro, y ahí están pasando saliva los azucareros del Valle del Cauca ante esta intromisión directa del vicepresidente de Estados Unidos. En el resto del mundo donde hay agro es porque el Estado lo protege, lo cuida, lo lleva de la mano, de otra manera no es posible.

Y el gobierno lo sabe. No me pueden ustedes meter el cuento de que esto no lo sabe toda la alta burocracia que se mantiene viajando al exterior. Por ejemplo, el doctor Guillermo Perry, que trabajó quince años con el Banco Mundial ¿no lo sabe? ¿No lo saben los especialistas que trabajan con el Estado? Y aquí surge una pregunta: ¿por qué todos los gobiernos sin excepción actúan así? Puede parecerles sorprendente. ¿No nos dicen que los gobiernos son algo así como el algodón entre los vidrios, que en la sociedad hay muchas contradicciones y pleitos y entonces el Estado, siempre neutral, es como el que les da la razón a los unos y a los otros para que todos se porten bien? Paja. Los gobiernos aquí y en Cafarnaún tienen dueño, defienden determinados intereses.

Y el Estado colombiano defiende principalmente a los intermediarios. Le doy todo mi patrimonio, que por demás es muy escaso, a quien me muestre en los últimos 25 años una sola medida tomada contra don Luis Carlos Sarmiento Ángulo, para ponerle nombre propio. Una, cualquiera, que le haya producido la menor matadura, el menor trasnocho. Y así los puedo ir cogiendo uno por uno. Este es el paraíso de los intermediarios, de quienes no producen. Le he hecho seguimiento a toda esta tecnocracia neoliberal investigando en qué trabajan y ninguno le ha dado nunca un golpe a la tierra, no sabe lo que es sembrar una mazorca, no sabe lo que es fabricar una camisa, todos son intermediarios del sector financiero o están con las mineras o con las trasnacionales. El mono sabe en qué palo trepan y entonces, por supuesto, gobiernan para ellos. Y mientras tanto, el país real se está hundiendo.

Y miren ustedes este otro detalle tan interesante. Esto de los tratados de libre comercio es mucho más grave de lo que la gente piensa. El TLC con Estados Unidos crea una figura no conocida en Colombia, la llamada expropiación indirecta. Aquí estamos todos familiarizados con la idea de la expropiación, que el Estado pueda expropiar a un particular si se demuestra que es aras de resolverle un problema a la sociedad. Por ejemplo, se va a construir una carretera y su predio está atravesado. Si usted no vende, se lo puede el Estado expropiar indemnizándolo. ¿Qué quiere decir expropiación indirecta, la que crea el TLC? Que cuando una medida oficial le afecta a usted sus ganancias, no su patrimonio, el particular afectado, en este caso un gringo, puede demandar al Estado colombiano. Parece un asunto menor, pero tengo un documento de Afidro, la trasnacional de los medicamentos, que amenazó a un ministro de Salud con demandarlo ante el TLC con Estados Unidos por haber hablado de la posibilidad de controlar los precios de los medicamentos, porque les dañaba a futuro la utilidad a las trasnacionales de los medicamentos.

Se volvió un crimen controlar los precios de los insumos

Cuento la historia para intentar responder una pregunta que aquí todo el mundo se hace: por qué el gobierno no controla los precios de los agroquímicos, por qué se volvió casi un crimen controlarlos, por qué a eso le huyen los ministros y salen despavoridos, y si lo hacen lo hacen a medias, y es un problema. Se gastó cuatro años el gobierno para intentar permitir biotecnológicos genéricos, muerto todo el mundo de miedo, y falta ver si el decreto de verdad va a funcionar y falta ver cómo va a ser la aplicación, lo que vamos a vigilar en detalle. Lo que estoy intentando decir es que en el mundo que nos están montando con el libre comercio, Colombia no va a poder sobrevivir. Porque no es posible que ellos allá en los países más industrializados disfruten de todas las garantías, de tasas favorables de interés, de alta tecnología, de vías, de asistencia técnica, de bajos costos de los combustibles, y que aquí puedan competir con ellos los juan valdés y los pobres de Colombia. No, no es posible. Es el problema de fondo.

De ahí que me una a algo que cada vez viene planteando más gente en Colombia. Hay que crear un nuevo modelo agrario. Colombia tiene que ver cómo genera las condiciones para poder sobrevivir. Porque como estamos no vamos a sobrevivir o por lo menos no mucha gente ni el país como un todo. Y le digo, señor ministro, que si no se corrige la situación, todo lo que ustedes hagan de proyectos puntuales, de proyectos locales se vuelve asistencialismo y politiquería y clientelismo y no resuelve el problema. No le echen ese cuento al país. Pueden aprobar ochenta o cien mil proyectos de lo que ustedes quieran, pero si estas cosas generales no se modifican, no va a pasar nada. Es que si subsidio a un campesino o a un arrocero para que siembre o aplique asistencia técnica y la plata se la roba el intermediario, el subsidio se lo gana el intermediario. Así es como funciona.

Repito una pregunta, que es la clave, y que está respondiendo negativamente el gobierno de Juan Manuel Santos: ¿el gobierno quiere que en Colombia haya agro, quiere que en Colombia haya industria? Hay países que renuncian al agro o a la industria y creo que aquí se está renunciando a ambos por la minería. Porque si de verdad lo quiere, debe tomar las medidas pertinentes, que, como se sabe, han funcionado en el mundo entero. ¿Van a seguir los cultivadores de arroz trabajando con tasa de interés abierta del 24 por ciento anual, porque el gobierno no presta la plata y el Banco Agrario guarda 10 billones de pesos en TES? Y la gente tiene que estarles suplicando a los intermediarios que los financien, con tasas de agio. ¡El productor sometido al agiotismo y el gobierno con la plata guardada!

Con una advertencia. Si ustedes lo desean, sigan haciendo así las cosas, pero entonces no abran las puertas a las importaciones, que es la otra opción. Es la que creo se debería empezar a aplicar desde ya. Porque si pongo al productor y lo obligo a producir caro y además abro las puertas a las importaciones, lo quiebro. Aquí tiene que haber coherencia en la política. Y llamo la atención sobre un tema que me preocupa mucho. Por ahí vi publicado otro estudio más sobre el agro. Ole, carajos, no aparece la palabra TLC por ninguna parte. Doctor Iragorri, pregunto: ¿alguien prohibió usar esa palabra? ¿En los análisis oficiales no cuentan los problemas de los precios internacionales ni los subsidios internacionales? Así sea para defender el TLC, pero métanlo en la ecuación. Infórmenle al lechero, como un gesto de honradez, que en Europa se produce a tanto, por los exorbitantes subsidios, y que si usted produce más caro, entonces retírese del negocio.

Cuando empezó Gaviria con la cantaleta de los TLC, mis amigos en el Cesar les aconsejaron a los algodoneros no sembrar algodón, porque si lo hacían, se quebraban. Y los ministros de esos días les dijeron a los agroempresarios lo contrario: siembren, aquí no va a pasar nada. Bueno, se quebraron todos. Prevenir a quien está arriesgando hasta el pellejo que no se meta en un negocio si no hay cómo, supone un mínimo de decencia. No pueden seguir diciendo que todo se va a arreglar y mientras tanto se multiplican las masacres económicas.

Me uno a dos ideas, porque es lo que debemos hacer las gentes de buena voluntad en este país. Primera, tiene que haber agro en Colombia, tomando las medidas que se necesiten. Y segunda, hay que cambiar el modelo agrario. Y ya está inventado, ministro y senadores, miren lo que hacen en Francia, Alemania, Japón, Suiza, Noruega, Estados Unidos, en todas partes. Aquí no hay que inventar la bicicleta ni vamos a descubrir que el agua moja.

Réplica: ¿se delicó el ministro de Agricultura?

Me quedó la impresión, señor ministro, que usted quedó como sentido por algunas de las cosas que dije. Fue la impresión que me quedó. Dirían los muchachos que de pronto se delicó. Si así fue, lo lamento, porque no tengo pleitos personales con nadie ni mi propósito es reemplazar el análisis sobre los hechos por los ataques a las personas. No es de mi manera de ser y de actuar.

Si repetí lo del fracaso de la restitución, no es propiamente por molestar al ministro, sino porque este es un hecho histórico y es importante que quede reseñado con toda claridad. Creo en la pedagogía y lo mejor en pedagogía es repetir. Me preguntaba incluso si en estos días que estuvo el presidente en Nueva York, aprovechó para informarle al doctor Ban Ki Moon cómo le había salido de mal lo de la restitución, porque le prometió 360 mil en los años de su gobierno.

En relación con el incumplimiento de los acuerdos pasa lo mismo. Lo que hice fue transmitir lo que todos sabemos y es que en el tema específico de los insumos, cero cumplimiento.

Usted interpretó algo que dije sobre el tema de los dueños. E insinuó que yo había dicho que usted tenía dueño y señaló que no era así. Revisé aquí mis notas y lo que dije fue: los gobiernos tienen dueño. Y llamé a mi oficina y les pedí el favor de que escucharan la grabación para saber si había sido coherente y en mi oficina lo que me informan es que dije: aquí y en Cafarnaún los gobiernos tienen dueños. Es un hecho y creo que es cierto que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos tiene dueño. Que usted lo sepa o no es otra discusión y cuál sea la relación suya en ese sentido en esos asuntos medio sicológicos yo no me meto, señor ministro. Pero que este gobierno tiene dueño, no tengo la menor duda, como también los anteriores. Pero además, usted puede estar recién llegado al Ministerio, doctor Iragorri, pero a Santos lo estamos padeciendo hace cuatro larguísimos años. Y Santos II y Santos I, la misma cosa. Me ratifico en la idea de que este es un gobierno que tiene dueños y no son los agricultores ni los ganaderos, de eso estoy absolutamente seguro. Ni tampoco los industriales. Lo dije incluso con nombre propio, mencioné el nombre de un banquero que es uno de los dueños de Colombia. Pero voy más allá. Los verdaderos dueños de Colombia son las trasnacionales, es mi íntima convicción. Que unos cuantos funcionarios del Estado no lo sepan es otro asunto.

Ahora, que en este gobierno se acaba de aumentar el presupuesto para el agro, pues sí, ese también es un hecho que debe reconocerse. Pero ojo, cuatro años después de estar gobernando. Y no saquen pecho por esa plata, porque esa fue una conquista de los cafeteros y los agricultores de sudándola en la carretera, con lisiados, con muertos, con unos hechos dramáticos que se hubieran podido evitar si las cosas se hubieran tratado de otra manera desde el principio.

Pero el debate de fondo es este, un debate que no tengo solo con usted, lo he tenido con todos los ministros que por aquí han pasado. Soy veterano aquí y he librado esta discusión con todos, porque repito, no es un pleito personal. Yo sostengo que el modelo agrario colombiano no funciona. Toda esta política de los TLC, del neoliberalismo, de la apertura, del Consenso de Washington, destruye nuestro agro. Esa es mi teoría, es lo que vengo defiendo. Y cada ministro se presenta como diciendo que está por encima del bien y del mal y que lo va a arreglar todo, como si fuera un problema de la buena o mala voluntad de un ministro. Hay quienes aducen que el agro sí se puede arreglar a pesar de las políticas macroeconómicas. Y nos proponen todo tipo de propuestas micro, que una cosa y que la otra. Imagínese en doce años qué no habré oído. Es más, leo con mucho cuidado los asuntos del agro desde hace como cuarenta años y no ha habido ministro o ministra que no salga con una fórmula salvadora. Y lo cierto es que el agro se sigue hundiendo.

Y termino haciendo un poco de pedagogía en un par de temas que repito mucho. El problema del país ¿es de maquinistas o es de carrileras? Hay quienes sostienen, incluido usted, que es un problema de maquinistas y que usted, como un gran maquinista, va a resolver los problemas. Ya lo veremos. Yo sostengo que este es un problema de carrileras. Si la carrilera lleva el tren al abismo, no hay maquinista capaz de impedirlo por bueno que sea. Y de la misma manera, si la carrilera va a donde debe, como pasa en los países exitosos, con carrileras muy bien trazadas y con políticas correctas, pueden incluso poner maquinistas muy malos, incluso borrachones, y sin embargo, la carrillera los lleva a buen puerto.

Uso otra figura para ilustrarlo, la de las orquestas, los directores y los músicos. He dicho que el gabinete ministerial es una orquesta donde hay músicos. Y puedo reconocer que nadie llega a ministro porque no sepa nada, en eso soy cuidadoso. Pero también creo que ni el mejor intérprete toca buena música si la partitura que le da el director es pésima y si además el director es bastante mediocre, como nos ocurre en este caso. Porque este no es un problema de magia, sino un de realidades.

Mientras en Colombia la política agraria sea la de los TLC, el libre comercio, el Consenso de Washington, no habrá salida. Bueno, ayer el doctor Santos dio en Nueva York la gran noticia salvadora para el agro nacional: vengan chinos e inversionistas del mundo entero que tenemos a Colombia en venta. Casi no lo reseñaron los medios de comunicación, pero yo alcancé a oírlo. Qué tal. Mientras aquí la gente del agro se arruina, la idea es venderles la tierra de los arruinados a los extranjeros. O la idea, pregunto, es seguir con el cuento, como el doctor Lizarralde, de sembrar caucho a mil kilómetros de Bogotá, y me van a meter el cuento de que esto es política agraria. Es tan absurdo que fueron capaces de decirnos que el caucho que estaban sembrando cerca de Puerto Carreño iba a salir al Océano Atlántico por el río Orinoco y con permiso de Hugo Chávez.

Le digo con toda franqueza, doctor Iragorri, mientras usted esté ejecutando la partitura del doctor Santos, no va a poder resolver los problemas del agro. Es mi impresión. Ahora, usted dice: lleva un mes. Vamos a esperar y a esperar con toda paciencia, espero estar aquí otros cuatro años pero ni un día más, y ya veremos.

Me ratifico en señalar la importancia de cambiar el modelo económico. Un mal modelo económico no permite que ningún ministro, ni el mejor del mundo, saque las cosas adelante. Y un buen modelo económico incluso puede operar con ministros que no sean los más especialistas en el tema.

Una última réplica, brevísima. No comparto la teoría de que por el hecho de que el presidente Santos haya ganado las votaciones, él está gobernando para el pueblo colombiano. Es una tesis inaceptable y por completo contraevidente. Una cosa es que se ganen las elecciones y otra qué intereses representa. Son dos cosas completamente distintas.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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