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¿Quién debe financiar la investigación básica?

Nathan Myhrvold*, Investigación y Ciencia, marzo de 2016, No 474

Si los Gobiernos no destinan recursos a ella, la ciencia se estancará

El 2 de diciembre de 2015, centenario de la publicación de la teoría de la relatividad general de Einstein, aficionados a la ciencia de todas partes reflexionaban sobre este asombroso acto de genialidad. Sin embargo, no es que la teoría naciera en un momento de inspiración, ya formulada por completo. Albert Einstein trabajó en ella durante años. Finalmente se vio empujado a concluirla por una feroz rivalidad (dentro de cierto compañerismo) que mantenía con el matemático David Hilbert.

Si se examina la historia detallada de casi cualquier descubrimiento científico o invento tecnológico icónico –la bombilla, el transistor, el ADN, incluso Internet−, uno se encuentra con que los nombres famosos a los que se atribuye el logro tan solo iban unos pocos pasos por delante de un grupo de competidores. Recientemente, algunos autores y dirigentes electos han usado este fenómeno, denominado innovación paralela, para defender posturas en contra de la financiación pública de la investigación básica.

El divulgador británico Matt Ridley, por ejemplo, afirma en su nuevo libro, The evolution of everything (Harper, 2015), que los Gobiernos se interponen en el camino de la evolución natural de la ciencia y la invención. Numerosos miembros del Congreso de Estados Unidos se muestran de acuerdo. Se destina demasiado dinero de los contribuyentes a la ciencia, declaran algunos políticos. El Gobierno debería desentenderse y dejar que las empresas financien las investigaciones que necesiten.

Esos argumentos incurren en un peligroso error. Sin ayudas públicas, gran parte de la investigación científica básica jamás se produciría. Y eso a pesar de que ha brindado inmensos beneficios intelectuales, como el trabajo que nos ha traído el bosón de Higgs, el conocimiento de que un agujero negro supermasivo ocupa el centro de la Vía Láctea, o el descubrimiento de mares de metano en la superficie de la luna de Saturno Titán. Este tipo de estudios solían llevarse a cabo en las instalaciones de investigación de las empresas: la prueba experimental de la gran explosión (big bang) se halló en los Laboratorios Bell, de AT&T, lo cual desembocó en un premio Nobel. Generó prestigio, pero no fue rentable. Esos días ya han pasado.

En la actualidad, incluso en disciplinas aplicadas tales como computación o ciencia de materiales, las empresas consideran que la investigación básica es una forma de caridad; así pues, la evitan. Científicos de los Laboratorios Bell crearon el transistor, pero el dispositivo reportó miles de millones a Intel (y a Microsoft). Ingenieros en Xerox PARC desarrollaron la interfaz gráfica de usuario moderna, aunque las mayores ganancias las obtuvo Apple (y también Microsoft). Investigadores de IBM fueron pioneros en la aplicación del efecto de magnetorresistencia gigante para aumentar la capacidad de los discos duros, pero pronto Seagate y Western Digital se adueñaron del mercado.

Cuando creé Microsoft Research, uno de los mayores centros de investigación industrial fundados en una generación, Bill Gates y yo teníamos muy claro que nuestra misión no era la investigación básica. Sabíamos que no seríamos capaces de justificar el presupuesto de I + D ante los inversores a menos que nuestros investigadores se centraran específicamente en innovaciones que pudieran traducirse pronto en ingresos. La lógica empresarial imperante aquí no ha variado. Pecan de ingenuidad quienes crean que las compañías con fines de lucro pagarán de manera altruista una ciencia básica que redunde en múltiples y variados beneficios, principalmente para otros y a largo plazo.

Si el Gobierno dejara la financiación de la investigación básica en manos del sector privado, gran parte de la ciencia sufriría un frenazo. Los proyectos que sobrevivieran se realizarían en buena medida en secreto por miedo a entregar el próximo gran invento a un rival. En tal situación, puede que Einstein no hubiera sentido nunca la necesidad de culminar su mayor obra.

Los Einsteins escasean y no aparecen con frecuencia. Sin embargo, no cabe esperar a que surja un genio excepcional mientras avivemos los instintos competitivos de las personas más inteligentes de nuestro entorno y las convenzamos de que compartan sus descubrimientos a cambio de una oportunidad de alcanzar gloria y riquezas.

*Nathan Myhrvold es fundador y consejero delegado de Intellectual Ventures, en Bellevue, Washington. Anteriormente trabajó para Microsoft como director de tecnología y creó Microsoft Research.

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