Que el neoliberalismo ha destruido y seguirá destruyendo a Colombia, no hay duda. Ahí están como sus más crueles evidencias el peor desempleo de la historia del país y los menores ingresos de las gentes que se recuerde, los cuales reflejan el desmantelamiento de la industria y el agro y la crisis de las restantes actividades económicas. A la vista está un gobierno quebrado que apenas busca definir menores gastos en respaldo de los colombianos y de la producción, alzas de impuestos para las capas medias y el pueblo y bajas para las transnacionales y los “cacaos” y más recursos para pagarles la deuda pública a los agiotistas extranjeros y nacionales, según lo ordenado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Plan Colombia. Y también está para ilustrarlo -¡quién lo creyera!- la propia debacle del sector financiero, que si no se ha quebrado es porque el pastranismo corrió a rescatarlo con la plata de la Nación, sumándole un nuevo privilegio a los muchos con los que el neoliberalismo lo ha cebado como nunca, desde que empezó la apertura.
También ilustra el desastre nacional la cada vez más abierta injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de Colombia y la abyecta actitud de sumisión de Pastrana y el pastranismo con respecto a cualquier orden o insinuación de cualquier funcionario norteamericano. Cuántas cosas de las que impone el neoliberalismo les recuerdan a los patriotas colombianos el saqueo y las humillaciones que acompañaron a los trescientos años de saqueo español en América. La política neoliberal es clara. Al tiempo que le permite a las mercancías producidas por las transnacionales en otros países desmantelar a la industria y al agro nacional, intenta cubrir el vacío con crédito e inversión extranjera, favoreciendo, nuevamente, al imperio norteamericano y a los capitales financieros de todos los orígenes. Y los gringos, como el matón que se orienta por la consigna de que al caído, caerle, condicionan sus préstamos y sus inversiones a que se mantengan las políticas que acabarán de liquidar lo que queda en poder de los empresarios nacionales no monopolistas y a que se les venda a menosprecio las actividades monopólicas que les conviene sobrevivan. Es tan descarado y abusivo el asalto en contra del patrimonio del país -del público y del privado- que Andrés Obregón, presidente del Grupo Bavaria, ha dicho que el capital extranjero está adquiriendo las empresas colombianas a precios tan bajos que él los considera “brutales”.
Es en el marco de esta relación de jinete y mula que hay que analizar las privatizaciones, luego de que quedara claro hasta la saciedad que los alegatos de los neoliberales criollos sobre los “monopolios estatales”, “la eficiencia” y la “corrupción” no pasaban de ser cortinas de humo con las cuales lograron ocultar por un tiempo que la emboscada consistía en entregarle al capital extranjero las empresas de servicios públicos, manteniendo el monopolio, pero privado, elevando las tarifas por la nubes y adquiriéndolas a menosprecio. Que esas compras se convertirían en otro cerrojo neocolonial porque empobrecerían al país y cederían sectores estratégicos de la economía nacional, lo daban por descontado.
La mejor prueba de que las orientaciones neoliberales constituyen la ideología de una conspiración son el Plan Colombia redactado por los norteamericanos y el acuerdo entre el gobierno y el Fondo Monetario Internacional (FMI). A pesar del evidente fracaso de la apertura y la privatización como políticas para desarrollar al país, y aún para impedir que retroceda a niveles de pobreza y miseria que parecían superados, en esos acuerdos no hay ni siquiera demagogia acerca de cambiar las políticas que ya se sabe no les sirven a los colombianos. Por el contrario. Lo que allí se establece es más apertura, más privatizaciones, más globalización, más neoliberalismo, más deuda externa, en una palabra, más de lo mismo, es decir, menos producción urbana y rural, menos empleo, menos ingresos, menos salud, menos educación, en fin, menos de todo lo que requiere la nación.
De ahí que los colombianos debamos centrar todos nuestros esfuerzos en unirnos en contra del modelo neoliberal, obviamente, pero también en la lucha por asegurar la soberanía nacional de Colombia, soberanía sin la cual no podremos tomar las decisiones que exige el progreso del país. Para ello hay que empezar por colocar en su sitio las posiciones de los inocentes y de los vivos, que teorizan sobre la necesidad de eliminar los efectos de la crisis, pero que, por ignorancia o astucia, guardan silencio sobre sus verdaderas causas.
POR LA SOBERANIA, EL TRABAJO Y LA PRODUCCION ¡RESISTENCIA CIVIL!
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