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Rodrigo Saldarriaga: relator de escenas propias

Saulo Lizarazo, Bucaramanga, junio 30 de 2014

Pocos relatos hay que exciten de tal manera la sensibilidad humana que provoquen una extraña sensación que mueva a llorar, recogerse y sentir alegría al mismo tiempo entre quienes escuchan como Tiempo Vidrio. Pero aún más, pocos relatores hay que promuevan, entre los asistentes a un determinado auditorio, de tal manera las lagrimas, las cavilaciones y el regocijo como Rodrigo Saldarriaga, el relator de Tiempo Vidrio.

Por motivo de una serie de conferencias sobre el teatro que vino a ofrecer a Bucaramanga, Rodrigo Saldarriaga, hablando de cómo se fue haciendo Pequeño Teatro, nos contó de Tiempo Vidrio, una de esas primeras experiencias que él y un puñado de actores tuvieron sobre el Teatro cuando emprendieron una gira por el río de la Magdalena con el ferviente propósito de hacer conocer el teatro o, lo que resultó llegar a ser más preciso, conocer los elementos de un arte que debía inscribirse en el pueblo y ser una de sus más intimas manifestaciones. Porque no bastaba que el teatro fuera una representación cualquiera sino que ésta debía ser una manifestación del espíritu popular, y para ello su primer requisito consistía en introducirse y hacer suyos los caracteres del pueblo. Fue así como, recorriendo el río Magdalena aguas abajo desde Honda hasta Barrancabermeja, en ese primer viaje de descubrimiento, Rodrigo y demás miembros de la compañía Pequeño Teatro fueron identificando aquel elemento fundamental del teatro: el Pueblo. Conocieron su lenguaje, labores, olores, vidas, turbaciones, padecimientos, alegrías, pensamientos y sobre todo, su tiempo vidrio. Tiempo vidrio porque el hambre parece cortar los estómagos, “porque el hambre escarba y arden las tripas; tiempo vidrio porque no pasa nada en la transparencia del tiempo”.

Como si fueran la Barraca de García Lorca se habían ido él y Pequeño Teatro de pueblo en pueblo, de bohío en bohío, presentándose al público, improvisando teatrinos y vestuarios. Algunas veces, incluso, tuvieron que hacer la representación al final de la jornada, cuando los pescadores de aquel lugar al que llegaban habían terminado la pesca y el pescado estaba lavado y listo para la venta. Al igual que García Lorca, fueron haciendo teatro para el pueblo, en el camino, encontrándose con el público siempre, al final de la jornada. En ocasiones, unos y otros habitantes de los caseríos les preguntaban ¿Qué es el teatro? Otras veces alguien se les acercaba para darles las gracias por haberlos representado.

De ese modo, con la singularidad de tiempo vidrio y relatando como un pequeño hacedor de cosas del teatro, Rodrigo nos llevaba por pasajes de la realidad del país. Con su voz grave, poderosa y sincera, que rompía el ambiente y movía las fibras sensibles del cuerpo, nos habló de la pobreza de los trabajadores, de los sufrimientos seculares de que han hecho presa a nuestra nación, de la solidaridad que tienen para con todos, las gentes sencillas y humildes del país; nos expresó con vivacidad y justeza que esa era la gente para el teatro, que el público para el teatro estaba ahí, que era el pueblo.

Con su vibrante e impecable tono de voz también nos dijo, a quienes oíamos en aquella ocasión, que había que emprender caminos, conocer el mundo y cambiar las condiciones de vida de la nación, porque el hambre, ese tiempo vidrio que atormenta a millones de colombianos, escarba y arde en las tripas.

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