La Tierra es el único planeta interior que tiene un satélite de gran tamaño, pues Fobos y Deimos, las dos lunas que orbitan a Marte, son unos cuerpos rocosos más pequeños que nuestra Luna. Mercurio y Venus carecen de satélites. Las otras dos grandes lunas en el sistema solar son Ganímedes en Júpiter y Titán en Saturno.
La Luna siempre ha ejercido una especial fascinación sobre los seres humanos: ella está presente en los mitos fundacionales, en la poesía, la música, la pintura, la literatura y otras formas de la cultura humana. En la mitología griega Selene era una antigua diosa lunar. Mientras que su hermano Helios se encargaba de iluminar los cielos durante el día, ella tenía la tarea de hacerlo por las noches. La pálida Selene tuvo amores con el pastor Endimión, pero tampoco se los negó a Zeus y al lascivo dios Pan. Su halo de misterio y de divinidad empezó a desmoronarse hace 400 años cuando Galileo Galilei apuntó hacia ella el recién inventado telescopio. El científico italiano observó que la superficie lunar estaba formada por cráteres, valles, montañas y llanuras y que por lo tanto no era la perfectísima esfera de cristal que se imaginaban los escolásticos. Su observación demostró además que el mundo supralunar no era completamente diferente del sublunar: el mito aristotélico se derrumbaba inevitablemente.
Hace 40 años Neil Amstrong fue el primer humano en dejar su huella sobre la superficie lunar; después lo hizo Edwin Aldrin. Mientras el resto de la humanidad contemplaba estupefacta cómo ellos hacían realidad el sueño de Cyrano de Bergerac y de Julio Verne, giraba alrededor de la Luna esperando a sus compañeros Michael Collins, que en esos momentos se convertía en el hombre más solitario del universo como acertadamente lo comentó un poeta de cuyo nombre no logro acordarme.
La superficie de la Luna está tachonada de cráteres muchos de los cuales son las cicatrices dejadas por el implacable bombardeo de meteoritos en los inicios del sistema solar; otros cráteres son la huella de la antigua actividad volcánica lunar; además, sobre su superficie hay ‘mares’, nombre dado por Galileo a las regiones oscuras de su superficie y que son planicies con pocos cráteres.
La Luna está situada a una distancia de 384.000 kilómetros, lo cual significa que un rayo de luz gasta algo más de un segundo en cubrir esa distancia. Hoy sabemos que nuestro satélite se aleja inexorablemente de la Tierra a un ritmo de 3 centímetros por año. Su fuerza de gravedad es seis veces menor que la terrestre, lo cual significa que allá las cosas pesan seis veces menos: esa es la razón por la cual los astronautas parecen caminar como en cámara lenta sobre su superficie y explica también el hecho de que en la Luna no haya atmósfera: por eso la bandera de las barras y las estrellas no ondea y un martillo y una pluma gastan el mismo tiempo en caer sobre el suelo lunar.
La acción gravitatoria de la Tierra sobre la Luna ha hecho que el tiempo que ella emplea en girar sobre sí misma y en hacerlo alrededor de la Tierra, es igual. Esto trae como consecuencia que la Luna nos muestre siempre la misma cara, mientras que la otra permanece oculta; es en esta cara donde está el cráter Julio Garavito, de un diámetro de 80 kilómetros, con el cual la Unión Astronómica Internacional honró la memoria del científico colombiano en 1970.
Respecto del origen de nuestra pálida Selene, la teoría más aceptada es la que sostiene un origen cataclísmico: según esta hipótesis hace 4.500 millones de años, cuando el sistema solar era un caos en tránsito hacia el orden, un cuerpo rocoso del tamaño de Marte al que han llamado Theia (por la madre de Selene), chocó contra la naciente Tierra. El cataclismo cósmico eyectó hacia el exterior gran cantidad de escombros que por acreción terminaron formando el satélite: entonces en sus inicios la Luna estaba mucho más cerca del planeta de lo que está hoy. El choque hizo que la Tierra girara más rápido de lo que lo hace hoy: el día duraba entonces unas seis horas. Además la Tierra adquiría la típica inclinación de su eje axial.
La cercanía lunar hacía que las mareas fueran más intensas en ese entonces, lo que pudo haber contribuido a que las moléculas de la ‘sopa’ prebiótica de los mares primitivos tuvieran más oportunidad de acercarse favoreciendo así el origen de la vida. Por efecto de las mareas la Tierra va frenando su movimiento de rotación y la Luna se va alejando lentamente. Sin la Luna los ecosistemas marinos no tendrían la riqueza biológica que ellos tienen, pero ella también influyó en la evolución del comportamiento de otras especies: los lobos no le aúllan porque haya en ella alguna especie de fuerza misteriosa, lo hacen porque en las noches con claro de Luna se facilita su actividad predadora; el aullido de nuestro perro doméstico es una muestra de su parentesco con el hermano lobo. Cuando el hombre vuelva a la Luna serán otros los intereses que lo lleven allá: bases permanentes, explotación de sus recursos minerales, instalación de telescopios en la cara oculta y punto de avanzada en el próximo gran salto: hacia Marte.
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