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Santos - Zuluaga: el falso dilema

Juan Ahumada Farietta, Manizales, junio 10 de 2014

Los resultados de la primera vuelta electoral de la elección presidencial redujeron el número de competidores a dos, con un sorpresivo primer lugar para el señor Zuluaga y un precario segundo puesto para el presidente en busca de la reelección, el señor Santos. Ante el éxito obtenido, el alter Ego de Uribe ha continuado lanzando sus dardos hacia los diálogos de La Habana, presentándose como el portaestandarte de la justicia, de la propiedad privada y de las fuerzas armadas. Por su parte, el alicaído candidato presidente puso inmediatamente el debate en términos de que el próximo 15 de junio se definirá “el fin de la guerra o la guerra sin fin”, con el ánimo de arrastrar al voto de opinión y, particularmente, a los dos millones de votos que obtuvo la oposición en cabeza del Polo Democrático Alternativo.

Mientras el potentado de Pensilvania, Caldas recibió la adhesión de la candidata conservadora, quien inmediatamente suspendió sus críticas a la corruptela consuetudinaria de sus nuevos amigos, la campaña santista ha obtenido la adhesión de algunos matices verdes y amarillos, así como de muchos dirigentes sindicales, académicos y columnistas que han decidido deponer sus críticas de ayer, invocando el valor supremo de la paz.

A quienes, desde la izquierda democrática, nos hemos negado a adherir al vástago de la casa Santos se nos abruma con la acusación de estar tomando el partido de la guerra, señalamiento debidamente condimentado con los peores epítetos. Conviene precisar algunos temas en este debate en el que se anatemiza a quien no tome partido, votando por uno de los dos presuntos salvadores de la Patria, en especial por el heredero de la saga Santos.

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Es indiscutible que la abrumadora mayoría de los colombianos rechaza la violencia armada, como medio para dirimir las contradicciones políticas, sociales y económicas. Además y con mayor fuerza repudian los métodos bárbaros usados por los diversos actores armados.

También es sabido que en las áreas donde se concentra el conflicto armado, la población se ve impedida para ejercer los derechos democráticos mínimos de opinión, expresión, organización, protesta por la coacción y coerción de los armados. Por eso, la mayoría de banderías políticas y organizaciones sociales han incluido en su discurso la búsqueda de la paz y, particularmente, el Polo ha reclamado que se busque un acuerdo de paz por la vía de la negociación política y ha saludado el inicio de los Diálogos de Paz de la Habana.

Por primera vez se celebran diálogos entre el gobierno y la insurgencia que parecen tener un buen augurio por la suma de una serie de circunstancias que atañen a las partes en confrontación. En primer lugar, el rechazo nacional a los métodos y degradaciones del conflicto. En segundo lugar, voceros de las guerrillas y muchos de quienes simpatizan con la lucha armada ven como imposible la toma del poder por esta vía (*). En tercer lugar, desde que se iniciaron los diálogos, han recibido la bendición de Obama, la Unión Europea y las Naciones Unidas, y en cada una de estas declaraciones se ha subrayado que la paz es una condición para el reconocimiento de Colombia en los planes de la potencias económicas (**).

Valga advertir que el conflicto no ha detenido los negocios, como se puede concluir por las miles de Unidades Agrícolas Familiares adquiridas mediante subterfugios legales por monopolios nacionales e internacionales; por los millones de hectáreas solicitadas en concesión minera por las trasnacionales y, en general, por el incremento desaforado de la inversión extranjera en nuestro país, durante los gobiernos de Santos y de Uribe. La paz sólo abriría para ellos otros espacios de negocio, como dicen ahora.

A lo anterior se suma, más que el respaldo, la exigencia de solucionar el conflicto por parte de las organizaciones sociales, la mayoría de partidos, incluida la oposición y la molestia justificada de los países vecinos cuando los enfrentamientos son llevados a su suelo. Sería demasiada ingenuidad suponer que la política de paz la ha impulsado Santos con autonomía o que Zuluaga, de ganar, enfrentará las órdenes del Imperio. Cierto es que el talante autoritario de Uribe puede romper los diálogos, pero tendrá encima el talante “democrático” de Obama llamándolo al orden si ese es el designio del imperio. Así que, salvo imprevistos que alteren la voluntad de las partes, está resuelta la condición más importante para lograr un acuerdo de paz, tarde o temprano, y los avances ciertos de los diálogos de paz así lo demuestran.

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Desde hace unas década los colombianos sobrellevamos un ambiente de temor, que, pasando por las diversas violencias, hoy se caracteriza por la inseguridad ciudadana fruto de la descomposición social. Al debate electoral se llega bajo un aluvión de titulares de prensa amarillistas e imágenes escabrosas que multiplican la sensación de inseguridad, sobre todo en los centros urbanos, en que los que se suman los homicidios que acompañan el hurto de un teléfono celular, la violencia doméstica, las balas perdidas, la vidas perdidas en accidentes de tránsito, las desfiguraciones con ácido, los asaltos a pequeños negocios, los desmanes vandálicos y otros delitos comunes, a los que se agregan en menor número las tragedias del conflicto armado.

En este ambiente de desesperación e incertidumbre, espontáneamente ha crecido en un amplio sector de la población la aspiración a que se le ponga orden a la casa, “como sea”, esto es que, con tal de que reine la seguridad, no importan los métodos, no importan principios democráticos como el debido proceso y la presunción de inocencia, no importa que se apele a la ejecución sin fórmula de juicio, no importa, inclusive, que los de arriba roben, con tal de que reine la seguridad. En la historia se han dado circunstancias de incertidumbre e inseguridad, que han desembocado, inclusive en que pueblos cultos, como Alemania y Francia, hayan elegido personajes autoritarios mediante el voto y en medio del fervor popular, como Hitler de Kaiser y a Napoleón III de emperador.

Con el discurso de la seguridad de “la mano dura” fue escogido Uribe dos veces por la mayoría de electores. Para cuidar este “huevito” fue elegido Santos con una votación sin antecedentes. Sobre este tema disputan Zuluaga y Santos, con la desventaja para el último de que la inseguridad cotidiana ha crecido durante su gobierno, lo que da la impresión falsa, según muestran las cifras, de que, durante los ocho años de Uribe, las calles y carreteras fueron más seguras y hubo menos homicidios o menos hurtos. La impotencia para contener estos delitos comunes explica en parte el ascenso electoral de Zuluaga, sobre todo en las zonas más densamente pobladas, donde, por cierto, las atrocidades del conflicto armado tienen menos impacto.

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Cierto es que tal descomposición social, que incluye la prostitución, la mendicidad y toda clase de comercio ilícito, es provocada y acelerada por el modelo económico neoliberal que, religiosamente, han aplicado desde hace cinco lustros todos los gobiernos, en especial los señores Santos, Vargas Lleras, Uribe y Zuluaga, en los diversos puestos que han ocupado al mando del Estado.

La importación de productos agropecuarios y la megaminería han desplazado más campesinos hacia las áreas urbanas que todas las violencias sumadas, la importación de mercancías foráneas ha eliminado más puestos de trabajo que las balas y la ley 100 ha provocado más pérdida de vidas que el conflicto armado, y el modelo ha lanzando a millones de personas al rebusque en la informalidad, en la mendicidad, en la prostitución, degradando su moral. Pero, por sobre todo, influye en este proceso el ejemplo que dan los de arriba, quienes con sus actos han sembrado la idea de que para enriquecerse vale cualquier recurso, desde la violación de la ley hasta la consagración de leyes que permiten el despojo de la nación y los ciudadanos, como sucede con el sistema de seguridad social, las concesiones mineras, las privatizaciones, los sistemas de contratación de obras públicas y los mal llamados contratos sindicales.

Los discursos de los dos candidatos, respaldados por sus actos pasados y programas presidenciales actuales, siguen el norte trazado por el Imperio del Norte, que impone la feria de nuestro patrimonio público, reprimariza la economía, arruina el agro y la industria nacionales y postra el país a los intereses del capital financiero, por lo que cualquiera sea el ganador de las próximas elecciones, proseguirán las políticas que a la par que destruyen la economía nacional producen y reproducen la descomposición social y el ambiente de inseguridad en la vida cuotidiana.

Es fácil concluir que la caída electoral del candidato presidente se origina en la insistencia de Santos, en plena campaña electoral, de reforzar con su reforma el sistema de intermediación parásita en la salud, en conflicto abierto, entre otros, con los profesionales y trabajadores del sector. Su apego a los TLC heredados de Uribe y a los que él mismo ha firmado, y la complementaria devaluación del dólar, con que ha ganado la antipatía de las decenas de miles de agricultores que, abocados a la ruina, se han movilizados por lo menos dos veces, una, para lograr sentar al gobierno en mesas de negociación de los petitorios y, dos, para exigirle el cumplimiento de los acordado. Su impulso a la locomotora minera, que realmente nació en el cuatrienio anterior y que generado la resistencia de centenares de miles de mineros artesanales y tradicionales, y así con todas las políticas.

Obviamente para estos sectores, a quienes les arribó la crisis durante el segundo mandato de Uribe y el primero de Santos, su problema principal no es el conflicto armado, como no lo será para los productores próximos a la ruina y para los trabajadores cesantes por causa de la importación de electrodomésticos, vehículos, calzado, leche, arroz y demás productos que arribarán con los TLC firmados y por firmar, gane quien gane el tercer domingo de junio.

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El continuismo en materia económica, también se garantiza en las decisiones políticas. No hay diferencia entre los dos candidatos a la hora de impulsar reformas que disminuyan la presencia de las minorías de oposición en el Congreso y demás cuerpos colegiados representativos, pues son copartícipes en las reformas que han incrementado el umbral. Tampoco la hay a la hora de negarles la representación en el Consejo Nacional Electoral.

Igualmente son coautores de las normas y decisiones que penalizan la protesta social, azuzan igual a los cancerberos del ESMAD contra los manifestantes y compiten en aquello de calumniar a los representantes de la oposición y a los líderes de la protesta como agentes de la guerrilla. Basta repasar los pronunciamientos presidenciales ante los paros de estudiantes, transportadores, agricultores, indígenas y comunidades, para demostrar la absoluta identidad en los dicterios. Basta ver los miles de videos que constataron el uso de la fuerza desproporcionada contra el paro que dizque no existió, episodio en el que hizo evidente también que los santistas “chuzan” a la oposición.

Pero sobre lo anterior, resalta la forma en que el Poder Ejecutivo en manos de Uribe o de Santos, unifica las ideas a través de los bolsillos, logrando unidades políticas en el Congreso y fuera de él, a punto de “cupos indicativos”, contratos y corbatas, con las que han armado abrumadoras mayorías que abarcan desde el azul Prusia del Procurador hasta la “izquierda” de los Garzones, Angelino y Lucho, y los Heber Bustamantes, pasando por todas las gamas de verdes y rojos, y otras banderas políticas. Tampoco tienen los candidatos diferencias sustanciales en materia internacional, como quiera que, con uno u otro, Colombia seguirá siendo uno de los pocos Estados del mundo que respalda los atropellos de Israel contra los Palestinos; será promotor de la Alianza Pacífico contra la Comunidad Andina; preferirá la OEA que manipula Estados Unidos a la CELAC y es escaque estratégico de los gringos en América latina.

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A propósito del incremento de la movilización social, esta se ha desarrollado en los dos últimos cuatrienios, respondiendo a condiciones objetivas de extrema crisis económica señaladas atrás, como la ruina del campo y la industria, el desplazamiento de poblaciones por la megaminería y los megaproyectos, la carestía y la mala prestación de los servicios públicos y demás, aunados a un desarrollo de la comprensión y rechazo de las políticas neoliberales, de lo cual es ejemplo la movilización victoriosa de la MANE.

Ha habido movilizaciones tanto bajo el mandato uribista, como bajo el mandato santista. Si la crisis continúa, las habrá tanto si hay reelección, como si no la hay. La movilización no ha dependido de las liberalidades del gobierno de turno, pues la represión desproporcionada ha sido característica de los dos bandos que se disputan hoy la presidencia.Si algunas movilizaciones se han disuelto o atenuado, más que el ESMAD ha incidido la confusión en cuanto a la interpretación de los problemas. El caso más evidente es el de la salud, en que tuvieron que pasar dos décadas para que se identificara que el problema es estructural y que el sistema de intermediación es el problema fundamental. Aún patinan dirigentes cuando se ilusionan con que pueden lograr soluciones definitivas aplicando una jurisprudencia, o retocando un artículo de la Ley 100, cuando no desertan debidamente “mermelados”. Esto es lo que divide a los descontentos y les hace perder el cuarto de hora en que se atreven a la movilización.

Habrá un futuro con movilizaciones cuando los ánimos de los perjudicados se exasperen, por lo que aumentarán las víctimas de la inequitativa mano invisible del mercado y está claro que los diálogos de paz no pueden poner fin a las políticas de globalización, ni a los dictados de la banca internacional,. De modo que la movilización de las masas es relativamente indiferente a los resultados de junio.

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En esta disputa electoral, como en cada elección presidencial en Colombia, la facción aparentemente más liberal ha creado la ficción de que entre los candidatos del establecimiento se resuelve el destino de la patria alrededor de un punto decisivo. Unas veces se debe salvar la patria de las mafias, otras de la corrupción sempiterna y, por lo menos tres veces, de los estragos de la guerra. Entre otros, a los demócratas y a la oposición se les ha amenazado con fantasmas fascistas, como Álvaro Gómez y Jorge Leyva, y en el 48 se llegó al extremo de acusar de fascista a Jorge Eliecer Gaitán, por haber estudiado Derecho en Italia, para cazar votos para Gabriel Turbay. Con la necesidad de pactar la paz nos acosaron con Belisario y Gaviria. Esto se ha hecho de tal modo que cualquier tercera opción es acusada de ayudar al que, en el imaginario fabricado, es el más reaccionario.

Así los colombianos han sufrido los respectivos chascos, como la exclusión de la legalidad durante el Frente nacional, en la que los empleados públicos sólo podían ser o liberales o conservadores; con la aperturita económica que López Michelsen impuso para salvaguardarnos de la bonanza cafetera en los 70, y con “el poder para qué” de Darío Echandía en el 48. De los hoy promotores de Santos, Belisario y Gaviria, nos quedó respectivamente, entre otras nefandas políticas, que el salario mínimo se incremente hasta hoy, no con base en la inflación causada, sino con la proyectada, y la imposición de las políticas gruesas del neoliberalismo.

Enredados en el falso dilema, no pocas veces, la izquierda y los demócratas sinceros han dejado huérfana de orientación a la población, han renunciado, en la práctica, a mantener enarbolado un programa que cambie de fondo el destino del país y han suspendido la tarea de construir un proyecto de Nación, proyecto que ni los Santos, ni los Zuluagas pueden encabezar por su condición de tentáculos del capital imperialista.

La oposición tiene derecho a construir su proyecto y a no diluirse en medio de las controversias del enemigo. A los colombianos no se les puede privar de escuchar en los próximos años, que existen formas de proteger el mercado interno y los puestos de trabajo de los colombianos; que existen en el mundo modelos exitosos de sistema de salud sin intromisión de los parásitos financieros; que la educación puede ser gratuita y de calidad; que hay países que no dejan la comida y el trabajo de sus ciudadanos a la suerte del mercado internacional; que se le puede hacer un manejo racional a los recursos naturales; que hay países que no obedecen a FMI, etcétera etcétera.

El único partido formalmente declarado en oposición al modelo económico en Colombia, el POLO ha dejado muy en claro en su ideario que rechaza la lucha armada y condena los métodos delictivos de hacer política; que respalda la búsqueda de una solución dialogada al conflicto; que entiende la necesidad de mecanismos de justicia transicional y de garantías para el reintegro a la vida civil y política de los alzados que acuerden la paz. ¿Qué más se le puede pedir sin desfigurar su carácter?

Acierta, pues, el POLO manteniendo su carácter de partido de oposición, cualquiera sea el ganador este 15 de junio, si el ébola o la peste de las vacas locas. Es un acierto no caer en el falso dilema de Santos o Zuluaga, pues existen otras opciones, como las democráticas expresiones de la abstención o el voto en blanco.

No faltará quien diga que los trabajadores de la salud, los agricultores y los mineros, caprichosamente, tomaron el partido de la guerra contra el presidente de la paz. Lo cierto es que si Santos pierde la elección no será por el voto de Robledo, sino por el de un médico ofendido, un papero arruinado o un minero desalojado.

NOTAS:

* Carlos Lozano: “El debate que hay hoy en la izquierda y en la propia guerrilla colombiana, incluyendo al Eln, no es la vigencia o no de la lucha armada, que fue el debate de los años 70. Hoy el debate está en función de una experiencia concreta de America Latina. Los proceso de renovación van en camino de la lucha no armada. Eso pesa. En lo propio, las Farc reconocieron algo que antes no les gustaba mucho: que se hablara de un conflicto degradado, ahora en sus textos hablan de un conflicto degradado. El debate es que hay que ponerle fin a un conflicto que no tiene futuro, que no tiene un desenlace rápido y que hay que buscar alternativas para evitarle tanto sufrimiento a este país por el conflicto y otras razones. - See more at: http://www.elnuevodia.com.co/nuevod....

** Ver entre otros: http://m.semana.com/nacion/articulo...; http://www.telesurtv.net/articulos/...; http://www.olapolitica.com/content/...; http://www.elespectador.com/noticia... ; http://justiciaypazcolombia.com/Con...;

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