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Soberanía alimentaria

Emilio Sardi, El Heraldo, Barranquilla, febrero 20 de 2016

La fuerte alza en el costo de los alimentos que vienen sufriendo los colombianos desde el año pasado ha demostrado en forma dolorosa que Colombia ha cometido un error garrafal al sacrificar su soberanía alimentaria en el altar de la apertura comercial delirante.

Porque la verdad es que, hasta el momento, la influencia del fenómeno El Niño en esa alza no es lo que quisieran hacernos creer. Colombia ha padecido varias veces ese fenómeno durante los últimos veinte años, sin que se presentaran alzas tan fuertes y generalizadas. Además, ya en enero de 2015, antes de El Niño, el aumento en el costo de los alimentos casi triplicaba el del índice global. Y en cuanto a la eficiencia o ineficiencia de los canales de distribución, ella, cualquiera que fuere, no ha variado en el último año, lo que claramente quiere decir que tampoco ha causado la variación de precios que se ha dado en ese lapso.

Lo cierto es que estamos sufriendo el fruto de la unión de la acelerada devaluación del peso con el hecho de que, sujeta a un modelo económico de apertura a ultranza, Colombia perdió su soberanía alimentaria durante las últimas dos décadas. En 1991 comprábamos en el exterior 700 mil toneladas de productos agropecuarios; en 2001, 7 millones de toneladas; en 2014, 10,3 millones de toneladas, y 2015 debió cerrar en unos 12 millones de toneladas. Colombia aumentó entre 1990 y 2014 la producción local de alimentos en 67%; mientras sus importaciones alimenticias se dispararon en 1570%. Hoy importamos cerca del 30% de los alimentos que consumimos, y somos, con Venezuela y Surinam, uno de los únicos tres países suramericanos importadores netos de alimentos. ¡Vaya honor!

La soberanía alimentaria es el derecho que tienen los países a definir sus políticas de producción de alimentos dentro de sus objetivos de desarrollo sostenible y seguridad alimentaria. Implica, obviamente, la libertad de organizar la producción de alimentos dándole prioridad a la producción local. E incluye el derecho de proteger y regular su producción local, así como de protegerla del “dumping” de los excedentes y productos agropecuarios subsidiados de otros países. Eso fue lo que destruyeron los fundamentalistas de la apertura delirante, arguyendo, entre otras cosas, que lejos de proteger la producción nacional de la competencia desleal de productos subsidiados, lo inteligente era “beneficiarnos” de los subsidios de gobiernos extranjeros, así esto implicara acabar con el empleo nacional.

Refiriéndose a los Estados Unidos, el presidente Bush dijo: “Es importante para nuestra nación cultivar alimentos, alimentar a nuestra población. ¿Pueden ustedes imaginar un país que no fuera capaz de cultivar alimentos suficientes para alimentar a su nación? Sería una nación expuesta a presiones internacionales, una nación vulnerable, y por eso, cuando hablamos de agricultura, en realidad hablamos de una cuestión de seguridad nacional”. Hoy, nosotros somos ese país que el presidente Bush no podía imaginar. Ha llegado la hora de que Colombia entienda este mensaje y recupere su soberanía alimentaria. No hacerlo, implicará ser permanentemente vulnerable a hechos fuera de su control. Como ahora.

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