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Tratado de libre comercio entre la UE y Canadá: Cómo algo llamado CETA puede cambiarte la vida

Emma Gascó, Diagonal-Rebelion, enero 30 de 2016

Grandes empresas de EE UU, mineras, incluso Monsanto, se podrían favorecer de la firma del tratado con Canadá

“¿Pero qué leches es el CETA y por qué me debería importar?”, se estarán ustedes preguntando. El CETA es casi, casi lo mismo que el TTIP. Si el TTIP es el acuerdo de inversiones y comercio que se está negociando entre la UE y Estados Unidos, el CETA se firmaría entre la UE y Canadá. Ambos acuerdos buscan una armonización a la baja, por ejemplo, en cuanto a estándares laborales o de salud. Y ambos incluyen una simpática cláusula llamada ISDS, un mecanismo de resolución de disputas entre inversores y Estados que permite a los inversores extranjeros demandar a los Go­biernos ante tribunales privados por cualquier política que les afecte negativamente. En realidad, la cláusula sólo resulta simpática para las empresas, porque sólo las empresas pueden demandar a los Estados, y no al revés. Y según la ONU, el 60% de las demandas las ganan los inversores. En el mejor de los casos –para los países– los Estados pierden lo que cuesta su defensa. ¿Adivinan cuánto cobra un abogado en un caso de ISDS? Unos mil dólares la hora. Y no es que esté muy repartido: son unos 15 abogados, que suelen trabajar para las grandes corporaciones y que, además, ejercen de jueces. Son entrenadores y árbitros a la vez.

Para calmar las críticas, la UE tiene sobre la mesa una propuesta de reforma del ISDS, que le daría cierta transparencia. Pero para la experta canadiense Maude Bar­low, eso no es suficiente. “Sigues teniendo tribunales especiales para inversores extranjeros, que son permanentes y a los que tus empresas nacionales no pueden acceder, y ni hablar las organizaciones sociales. Yo creo que es posible parar el TTIP, o al menos quitar el ISDS”, dice a Diagonal Barlow, experta en agua y acuerdos comerciales y presidenta de la organización Council of Canadians.

La puerta de atrás

Y aquí es donde entra, peligrosamente, este tratado del que casi nadie ha oído hablar. No sirve de nada frenar el TTIP o quitar la cláusula ISDS, si no se tumba también el CETA. “Como en Canadá y EE UU tenemos una economía integrada, todas las grandes empresas petroleras, farmacéuticas o del agronegocio, tipo Montsanto, podrán recurrir al CETA para demandar a los Estados de la UE”, explica Barlow. Es como si vienen a robarte a tu casa y sólo proteges una de las dos puertas de la vivienda.

Y, en cuestión de vivienda, programas sociales y gestión municipal en general, el CETA se mete hasta la cocina porque, según explica Barlow “es el primer tratado que engloba a los gobiernos subnacionales, todos sus gastos y políticas”. Es un acuerdo pionero en este nivel: “En Canadá, hemos privatizado la gestión del agua. Si el CETA se firma y los ayuntamientos intentan volver a un sistema público de agua, las empresas pueden exigir una compensación económica”. Y a menudo ni siquiera hace falta que lo hagan. Su sola amenaza inhibe cualquier reforma.

Igual ocurriría en España. Da lo mismo lo que quisieran hacer los nuevos ayuntamientos de Cádiz, Barcelona, Madrid o A Coruña. Si se aprueba el CETA y hay intereses de Canadá o EE UU en juego, no podrán volver a hacer público nada, aunque sea legal según la justicia española. Y, si es tan terrible, ¿por qué no nos importa un pepino? “¡Porque Canadá es guay!”, Barlow carga la frase de ironía.

¿Canadá es tan guay?

Aparte de Curro y las fuentecitas para aliviar a guiris calcinados, quizás ustedes recuerden algo más de la Expo del 92 celebrada en Sevilla. El pabellón de Canadá arrasó con un cine ¡en 3D! en el que sobrevolabas un tupido bosque canadiense. Entre ese recuerdo y los que nos enseñó Michael Moore en Bowling por Co­lombine, nuestro mapa mental nos dice que, con Canadá, ‘todo bien’.

Ése es uno de los principales problemas. “Tanto los europeos como los canadienses ignoran hasta qué punto la ‘austeridad’ ha invadido ambas regiones. No se trata de quién tiene estándares más altos, sino de que las corporaciones quieren llegar a un acuerdo para bajarlos todos”.

Lo de que Canadá es “super verde” es un “viejo mito”, nos trata de explicar Barlow: “Tenemos las peores empresas mineras del mundo”. El 75% de las mineras del mundo cotizan en la bolsa de Toronto, donde gozan de extraordinarias ventajas. Algunas ya las tenemos en Europa, en Rumanía y en Grecia. ¿Se acuerdan de la mina de Corcoesto en Galicia que fue frenada gracias a la oposición popular? Pues también era canadiense. “Todas están deseando que se apruebe el CETA para defender sus intereses”.

El presidente ‘guapo’

En la misma época que surgía el movimiento Occupy en otras partes del planeta, en Canadá se estaban derogando leyes de protección medioambiental. “Lo único que quedó eran las leyes específicas para comunidades indígenas. Así que las llamadas first nations, pueblos originarios, desempeñaron un papel muy importante en la protección del agua y los derechos humanos”, cuenta la activista. Era el movimiento Idle No more (“Se acabó la pasividad”), que generó unos lazos sin precedentes entre pueblos indígenas y el resto de movimientos sociales y ha logrado la prohibición del fracking en varias provincias. “Los indígenas sufrieron una represión brutal, la Policía los llevaba al bosque, allí les pegaba palizas. Han sido diez años muy duros, bajo los Gobiernos de Stephen Harper. Con el nuevo Gobierno, los movimientos se están recuperando”.

En 2015 los canadienses eligieron presidente a un candidato liberal, joven (del 71), con cierto parecido a Brandon de Sensación de vivir, que fue a la investidura con sus tres hijos. Un presidente que tiene un tatuaje con motivos indígenas en el hombro y que se declara “orgulloso de ser feminista”: Justin Trudeau. Un presidente, sin embargo, que no ha expresado oposición alguna al CETA.

“Este Gobierno es infinitamente mejor que el anterior. El problema es que son neoliberales. Por ejemplo, creen que se puede gestionar mejor desde un punto de vista medioambiental la explotación de arenas bituminosas en Alberta. Yo no lo creo. Parece una película post apocalíptica”, describe Barlow. La explotación a la que se refiere esta experta en agua está en el podio de los lugares más contaminados del planeta, según Greenpeace. Varias comunidades indígenas rodean este paisaje desolado de petróleo arenoso despa­rramado en un conjunto de lagos artificiales. Para Barlow, que Trudeau haya presentado un Gobierno con diversidad étnica y paridad de género no garantiza nada.

“Angela Merkel es una mujer. Tuve un debate con ella hace un par de meses en Alemania, antes de la cumbre del G8. Ella dijo que en el G8 iba a llevar el tema del cambio climático, empoderamiento de las mujeres y los objetivos de de­sarrollo del milenio”. ¿Se rió nuestra amiga canadiense ante tal afirmación? “No, no me reí, fui educada. Pero dije que no puedes preocuparte por el medio ambiente, por las mujeres y por la desigualdad, y a la vez estar impulsando todas estas terribles políticas. Y ahí es cuando saltó. Se enfadó conmigo”.

Barlow lo cuenta como con pena. “Pensé que dentro de ella hay una persona justa, que si pudiera hablar con ella dos horas sin sus sherpas, sin toda la corte, sin los medios de comunicación ahí plantados... Es que simplemente no lo entiende. Si yo le pudiera explicar lo que hemos vivido en Canadá. Seguimos siendo un país rico, por supuesto, pero ahora nuestra sociedad está estratificada. Nunca ha habido tanta gente en la calle, nunca”. Al año, 235.000 canadienses se encuentran sin hogar. Y una de cada cinco familias tiene graves problemas para pagar su vivienda. “¡Pero no era así antes!”, dice con angustia Maude Barlow. ¿Qué les pasó?

Los zapatistas lo sabían

Previously... En enero de 1994, México, EE UU y Canadá ponían en marcha el Nafta, el acuerdo de libre comercio de América del Norte, un tratado “que profundizó la brecha entre ricos y pobres dentro de cada uno de nuestros países”, describe Barlow. En México, sólo en el sector lácteo se perdió un millón de empleos, el campo se abrió al monocultivo a gran escala, con pesticidas y transgénicos, y quedó destruido. Ya lo imaginaban los zapatistas, que se alzaron justo el día que entraba en vigor el acuerdo. En EE UU se destruyó toda la industria del automóvil de Detroit y su área.

En Canadá se desmontó la agricultura y se crearon compensaciones. “Y perdimos muchos puestos de trabajo en la industria, ahora hemos vuelto a exportar materias primas sin procesar”, explica. Y con el Nafta, Canadá también le dijo adiós a su soberanía energética. “Somos un país frío. Nos hemos quedado sin petróleo y gas convencionales y nos hemos metido en las arenas bituminosas. Con estos acuerdos pierdes tu derecho a usar tus recursos naturales de forma sostenible, o tu derecho a no usarlos y hacer una transición hacia las renovables”. La energía de Canadá es ahora estadounidense. Y Canadá poco puede decir.

“¿Pero por qué?”, se estarán preguntando si han llegado hasta aquí en el artículo. ¿Se acuerdan de esa cláusula tan simpática –para las empresas– llamada ISDS? Pues el Nafta fue el primer tratado entre países ‘de­sa­rrollados’ que la incluyó. Canadá es hoy el país más demandado en los tribunales bajo este mecanismo. Las empresas estadounidenses le han llevado 35 veces a juicio.

¿Chococrispis con plutonio?

“No importa si se han estado vendiendo cereales para niños con plutonio líquido. Si el Gobierno prohíbe un producto y una empresa de EE UU pierde beneficios, con el Nafta la empresa tiene derecho a reclamar una compensación”, dijo en televisión el abogado Barry Appleton, para explicar cómo funciona el ISDS. Appleton trabajaba para una empresa de EE UU que distribuía en Ca­nadá un aditivo para gasolina que Canadá había decidido prohibir por riesgo para la salud. Canadá perdió el litigio. Y a Appleton lo despidieron porque estas cosas, aunque sean verdad, no se dicen en la tele, hombre-por-dios-a-quién-se-le-ocurre.

Canadá tiene pendientes 4.000 millones de euros en demandas. Y ha perdido ya 135 millones. Incluso una empresa canadiense ha utilizado a su filial en EE UU para demandar a su propio Gobierno. “Muchísimos políticos no tienen ni idea de lo que es el ISDS: creen que les das los mismos derechos a las empresas extranjeras que a las empresas nacionales, pero les estás dando más”, alerta Barlow. “Por culpa del Nafta, en Canadá hemos aprendido cómo funciona. Y el TTIP y el CETA, que son un dos en uno, beben mucho del Nafta”.

Para Barlow, el renovado impulso por generar este tipo de acuerdos se debe en parte a que la lucha contra la Organización Mundial del Comercio tuvo éxito. “Ahora existen 32 acuerdos bilaterales que contienen la cláusula ISDS y es muy difícil pelear contra ellos. Pero se puede frenar el TTIP. Yo verdaderamente lo creo posible. Pero también hay que parar el CETA”, resume Barlow.

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/gl...

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