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Un análisis del tratado Transpacífico y la política global de Obama

Raúl Fernandez, Los Angeles, Deslinde, diciembre 9 de 2014

El gobierno de Estados Unidos, en un intento por paliar su crisis económica, avanza por el mundo firmando tratados de libre comercio con cuanta nación se lo permita. Cada uno de ellos significa daños significativos para las economías nacionales. El último de ellos, negociado en el mayor secreto posible, es el Tratado Transpacífico que busca especialmente controlar el impulso económico de China, así como plantarle cara a la alianza de los llamados países BRICS. Una muestra más del desespero estadounidense por controlar la economía mundial. Deslinde.

Los llamados tratados de libre comercio se han caracterizado por ser negociados en silencio y el nivel de secreto que los rodea ha venido subiendo a medida que se han venido firmando: si el TLCAN se negoció con mucha “discreción,” lo fue aún más el CAFTA, se rompió el record con el TLC Colombia-USA, y con el Tratado Transpacífico (TTP por sus siglas en inglés) que se encuentra en proceso actualmente; el secreto sobre los detalles de su contenido y sus negociaciones es casi absoluto.

Este hecho no debe sorprender porque ocurre que con cada tratado que se firma estos se vuelven cada vez más dañinos para las economías nacionales, con más reglas para todo, desde los precios de las medicinas hasta la calidad de los alimentos, límites cada vez más agudos a la capacidad de los gobiernos de poner en práctica medidas públicas de beneficio social, más derechos a las multinacionales para impugnar políticas sobre patentes, y un poder cada vez más extenso que permite a los “inversionistas” someter a gobiernos soberanos a “juicio” por supuestas violaciones a sus derechos. En todos los sentidos se vislumbra que el Transpacífico llegue más lejos que todos los anteriores tratados por lo cual ha sido bautizado como el TLCAN “con esteroides.”

Además de lo anterior, lo que sabemos a ciencia cierta sobre el Transpacífico, niña de los ojos de la política comercial de Barack Obama, es que es un tratado impulsado por Estados Unidos en el cual participan otros once países, a saber: Canadá, México, Chile, Japón, Malasia, Australia, Nueva Zelandia, Singapur, Vietnam, Brunei e Indonesia. Según datos oficiales el Transpacífico podría convertirse en el bloque comercial más grande del mundo con una población de 700 millones, representando aproximadamente el 40% del producto bruto mundial. Notemos de paso que China no está incluida en dicho tratado. Para tener una perspectiva global del significado de dicho tratado, más allá del nivel extremo de modelo neoliberal al que se dirige, es menester hacer un poco de historia y fijarnos en otros eventos que se vienen desarrollando actualmente.

A principios de la década de los noventa el gobierno norteamericano, a la vez que impulsaba el TCLAN con México y Canadá, lanzaba bajo el primer Bush, la iniciativa de un área de libre comercio que abarcara todo el continente al que llamara el ALCA. Dicho proyecto encalló ante la oposición mayormente de Brasil y de otros países de América del Sur que buscaban sus propias rutas de integración económica. Como alternativa, los sucesivos gobiernos en Washington optaron por negociar por partes, país por país, si les era necesario. Así pues una vez concluido el TCLAN se persiguió el tratado con Centroamérica que desembocó en el CAFTA, y luego el TLC con Colombia y Perú cuya aprobación se demoró varios años debido a la gran campaña en su contra organizada en Colombia y que fue finalmente implementado en últimas por el gobierno más neoliberal en la historia del país, el de Juan Manuel Santos.

Simultáneamente con estas políticas hacia América Latina desde Washington se intentó aprovechar la ocasión ante la caída del “muro de Berlín,” para conformar una estructura financiera y comercial sobre la cual Estados Unidos y sus monopolios pudieran ejercer un control hegemónico: el proyecto de la Organización Mundial de Comercio, la OMC. Después de muchas idas y vueltas, incluyendo la debacle en Seattle en 1999 y posteriores “rondas,” la locomotora gringa terminó igualmente en un atascadero, en esta ocasión, debido a la oposición de varios países que desean apartarse de las ideas del consenso de Washington. Eventualmente dichos países, Brasil, Rusia, India, China y Sud áfrica, conforman los llamados BRICS cuyo papel es imprescindible para entender el actual momento geoeconómico y geopolítico.

Esas naciones se encuentran fuera de los centros económicos que son Europa y Estados Unidos. China se ha convertido en la segunda economía mundial y motor del poco crecimiento del capitalismo en los últimos años. Rusia abastece de petróleo y gas a Europa Occidental, dependiente cada vez más de Moscú. Sudáfrica y Brasil se han convertido en países que buscan controlar sus respectivos espacios económicos en África y América del Sur, con sus grandes empresas comerciando e invirtiendo capitales en tales continentes. La economía de la India también tiene un importante peso específico sin que pueda compararse con la magnitud y tasa de crecimiento de la potencia china. Tres de estos países poseen arsenales nucleares: Rusia, India y China, teniendo los otros dos la capacidad técnica para formar parte de ese exclusivo club. Los BRICS representan el 40% de la población mundial y aproximadamente entre el 20-25% del PIB mundial.

En los análisis que se hacen del significado del Transpacífico los comentaristas han subrayado varios hechos puntuales. Por ejemplo, que el Transpacífico es una respuesta gringa a China que viene estableciendo vastos vínculos económicos por toda Asia. Que Estados Unidos mantiene compromisos militares de algún tipo con todos o casi todos los países que participan en las negociaciones: Australia, Japón, Malasia, Nueva Zelandia, etcétera, y que en la práctica el Transpacífico se convierte en una OTAN del Pacífico diseñada para envolver estratégicamente a China. Todo esto es cierto: el Transpacífico resume la estrategia de Washington de “contener” a China y dominar económicamente la cuenca del Pacífico. Pero para “mirar el bosque y no solo los árboles” es necesario reflexionar sobre otra iniciativa emitida recientemente por Obama. Si el Transpacífico fue lanzado en 2005, Obama puso sobre la mesa hace apenas año y medio, en enero de 2013, un nuevo tratado, el Transatlántico (TTIP) que reuniría a las economías de los países europeos de la Unión Europea, con la de Estados Unidos. Juntos, el Transpacífico y el Transatlántico, cubrirían más del 60% del Producto Bruto Global. Los dos tratados excluyen a Brasil, Rusia, India, China y Sud áfrica, los países del BRICS.

Así como Estados Unidos buscó la vía de tratados bilaterales en respuesta a la derrota de la iniciativa del ALCA, la simultaneidad de los dos tratados que ahora negocian, el TPP (Pacífico) y el TTIP (Atlántico) ,se pueden analizar como una réplica, como una solución a las dificultades de la OMC para implementar plenamente la liberalización y como un nuevo empeño por establecer una estructura financiera bajo su control, con la esperanza de Washington de seguir encabezando un mundo unipolar, que sirva como contrapeso al reto de los BRICS. Más o menos así lo ha afirmado un vocero del consenso de Washington, el economista de Harvard y exfuncionario del Departamento de Estado, Richard Rosecrance, que declara sin ambages en un reciente libro (The Resurgence of the West: How a Transatlantic Union Can Prevent War and Restore the United States and Europe, Yale University Press, New Haven, 2013.) que al menos que las mitades de Occidente se junten “naciones del Este, con China y la India a la cabeza sobrepasarán a Occidente en crecimiento, estándar de vida y, en últimas, en su capacidad para proyectar el poder militar.”

Todavía le queda mucha tela por cortar a Obama. En las negociaciones del TPP existen importantes trabas. Filtraciones de Wikileaks apuntan hasta 19 puntos de desacuerdo solamente en el área de propiedad intelectual. Japón no mira con buenos ojos la idea de abrir sus mercados a importaciones agrícolas. Con respecto al tratado Transatlántico desacuerdos sobre regulación de actividades financieras han entorpecido el proceso. Las revelaciones de Snowden, han puesto al descubierto que las posiciones de los negociadores de la Unión Europea (UE) son conocidas por la inteligencia gringa, cosa que no infunde confianza a los europeos. ¡Ni siquiera la Merkel puede sentirse segura usando el celular en el baño de mujeres de su despacho!

Y otra cosa que no infunde confianza ni en asiáticos ni en europeos es la incapacidad de Obama de obtener un voto a favor de la autoridad “fast track”, sin la cual los dos tratados tendrían una muerte anunciada en los corredores del Congreso norteamericano. En la actualidad, y con diferencia a situaciones anteriores, el presidente se enfrenta desde un principio a una fuerte oposición a la autorización de un “fast-track”HH para la aprobación de dichos tratados. Esta situación se explica porque la oposición a los tratados de libre comercio ha venido en aumento entre los votantes, y en el seno de ambos partidos. Por parte de los demócratas un número creciente de votantes, según indican varios sondeos de opinión, se ha venido convenciendo de que dichos tratados, comenzando con el TCLAN, han resultado en el traslado de trabajos bien remunerados en USA a otros países, donde las multinacionales campean por su irrespeto y se aprovechan de los miserables salarios existentes. Con una economía que a duras penas está saliendo de un desempleo masivo, apostar por una política que implique nuevas pérdidas de empleo no es vista como fórmula ganadora por los políticos. El economista Paul Krugman, vocero favorito de los demócratas y por siempre defensor de los anteriores tratados como el TLCAN y el CAFTA, ha advertido que el alcance del Transpacífico, de llegar a aprobarse, conllevaría un serio impacto negativo sobre otras banderas que el Partido enarbola durante períodos electorales como son las luchas contra el desempleo, la pobreza y la desigualdad social. Hay que tener en cuenta que en pocos meses se realizarán elecciones al Congreso en Estados Unidos. Por parte de los republicanos, el sector “extremista” del Tea Party, cuya influencia ha sido decisiva en recientes elecciones primarias del Partido Republicano, se opone a dichos tratados por varias razones: ya por una xenofobia incoherente, ya por el miedo paranoico de darle tal autoridad a un presidente al que odian, pero también en el caso de los pequeños productores, porque temen que tales tratados les afecten negativamente. En resumen, la oposición es mayor que antes, y de tal índole, que divide a los partidos y pone a sus políticos en calzas prietas.

En la pugna entre Estados Unidos, sus aliados y los BRICS es de esperar que a cada avance de una las partes vendrá una respuesta de la otra. No sorprende por lo tanto, que ante la maniobra estadounidense de crear una arquitectura financiera que juegue el papel de la fallida OMC, los BRICS acaben de anunciar, luego de la conferencia que sostuvieron en Brasil terminado el campeonato mundial de fútbol, la creación del nuevo Banco de Desarrollo, y del Fondo de Reserva del BRICS que contribuirán a financiar proyectos de infraestructura sustentables de países en desarrollo y asegurar la estabilidad financiera del bloque emergente. A propósito del nuevo Banco de Desarrollo, el economista ganador del premio Nobel Joseph Stiglitz, profesor de la Universidad de Columbia y ex Economista en Jefe del Banco Mundial ha declarado recientemente a Democracy Now!: “Es muy importante en muchos sentidos. Se suma a los flujos de dinero que se destinarán a financiar infraestructura y adaptación al cambio climático; necesidades que son muy evidentes en los países más pobres.

Además, refleja un cambio fundamental en el poder económico y político mundial. Hoy, los países del BRICS son más ricos de lo que eran los países desarrollados cuando se fundaron el Banco Mundial y el FMI. Es un mundo diferente, pero las viejas instituciones no se han adaptado a él”.

La alianza de los BRICS representa a nivel económico la respuesta del Sur y del Este a la hegemonía económica centrada mayormente en el Norte y Oeste del planeta. El nuevo banco (NBD) lanzado en Fortaleza pretende eliminar el monopolio del FMI para distribuir fondos con base en programas de “re-estructuración” acordes con el consenso neoliberal de Washington, y desarrollar una arquitectura financiera más en línea con un crecimiento soberano y sostenible en la que los Estados puedan intervenir directamente en materias de desarrollo económico y justicia social. Los tratados Transpacífico y Transatlántico constituyen la respuesta gringa no sólo al fallo de la iniciativa de la OMC sino también al desafío que representan los BRICS. De esta forma Estados Unidos da pasos hacia una organización financiera que le permita mantener su hegemonía con base en la permanencia del dólar como divisa global y el modelo a ultranza del mercado, como árbitro supremo de las condiciones sociales en cada país y las relaciones entre países. En este enfrentamiento, que seguramente tendrá muchos vaivenes, se definirá por cuánto tiempo el mundo seguirá siendo unipolar y cuán pronto viviremos en un mundo multipolar.

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