Es una tradición de hace 82 años en los Estados Unidos que los miembros de la Academia de Arte Cinematográfico anualmente otorguen un reconocimiento a los actores, productores, directores, guionistas, libretistas, luminotécnicos, animadores, en fin a cada una de las actividades que se involucran en el magnifico arte del cine. Dicha distinción es lo que se conoce con el nombre de premios Oscar, que desde hace algunos años se entrega en el fastuoso teatro Kodiac en los Ángeles California.
La designación que hacen mediante el voto los miembros de la asociación, generalmente recae en películas financiadas y promovidas por los grandes estudios de Hollywood la meca del cine occidental y no pocas generan ácidos comentarios en los círculos de la crítica por las implicaciones políticas que subyacen en los contenidos de los films, pues promueven valores o recrean situaciones que inducen los criterios desprevenidos del espectador.
En su condición de gran potencia esa nación ha estado involucrada en todo tipo de guerras especialmente durante el transcurso del siglo XX y lo corrido del actual; sin embargo la característica principal corresponde a conflictos en los que ha jugado un papel de agresor tal y como ocurriera en Corea, Vietnam, Afganistan e Irak. Los cineastas no han desaprovechado estos infortunados episodios de la historia para registrar innumerables eventos que se derivan en la realidad o la ficción de tan dramática situación. La guerra así no solo lucra a unos pocos a través de la venta de armas, apropiación violenta de territorios y recursos naturales, y la toma de mercados, sino incluso mediante la explotación mediática del dolor ajeno.
En la ceremonia de la semana anterior se presentó un duelo por la preciada estatuilla entre dos películas de carácter bélico: Avatar del director John Cameron y En tierra hostil (Hurt Locker) de la directora Kathryn Bigelow. Estas y muchas otras tienen en común el dolor, la tragedia, la degradación de la condición humana, la muerte; pero esto es lo que a simple vista observa el espectador, lo que queda oculto generalmente es la razón del conflicto, los intereses que lo generan y que producen tan lamentables consecuencias. En el film ganador se pretende destacar el valor de unos marines que cotidianamente desactivan dispositivos explosivos puestos en cualquier rincón de las devastadas ciudades iraquíes y la carga emocional que les proporciona el efecto mortal de las bombas que cumplen su cometido. La primera impresión puede conducirnos a cuestionar a quienes utilizan tales métodos de terror porque olvidamos que ellos son las primeras víctimas, los ocupados, los cautivos de las tropas de ocupación que garantizan el control del petróleo, la única explicación de la invasión.
Lo que muchos ingenuos aun creen es que esas escenas solo se presentan en las películas y no en la realidad. Lejos están de imaginarse como nos aproxima a esos eventos la instalación de bases militares foráneas en nuestro suelo y aún más distantes están de comprender que no existe peor prisión que la que le imponen a los pueblos en su propio territorio.
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José Miguel Fernández Calderón
- 2010-03-15 21:39:49
Buenísimo el análisis. Contribuye a entender la sutil manera como el imperialismo manipula culturalmente los pueblos. |
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