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Una historia de ciencia y otra de política

Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, 8 de junio de 2014

Hace siglos Galileo Galilei era la cabeza visible de la oposición a la concepción llamada geocéntrica, que sostenía que el Sol y los demás planetas giraban alrededor de una Tierra inmóvil y degradada situada en el centro del universo. En la antigüedad griega Aristarco de Samos ya había colocado el Sol, y no la Tierra, en el centro de los orbes. El sistema de Aristarco no logró prevalecer al ser calificado por otros pensadores de su época de impío, filosóficamente absurdo y por estar en contra del sentido común. Es que ser oposición razonada y sustentada en cualquier época de la Historia no ha sido fácil para quienes han tenido la valentía de optar por ese camino.

1700 años después de Aristarco la revolucionaria idea renació en la mente maravillosa de Nicolás Copérnico. El clérigo polaco desafiaba una vez más el andamiaje cósmico ideado por Aristóteles y Ptolomeo, que durante siglos la mayoría de la humanidad creyó verdadero y que además era piedra básica en la estructura de la teología cristiana. A pesar de sus cuidadosas observaciones y del soporte matemático, pocos creyeron en su tesis; el más ilustre hijo de Polonia también fue atacado por haber tenido la osadía de ir contra lo establecido. A Blas Pascal le pareció conveniente “no profundizar en la opinión de Copérnico”, mientras que Martín Lutero lo calificaba de “astrólogo advenedizo” y de “loco”. Que una mayoría significativa de personas crea en algo, no necesariamente significa que eso sea cierto.

Galileo recopiló suficientes pruebas para demostrar que Copérnico estaba en lo cierto. Sin embargo, los detentadores del poder eclesiástico y político, y no pocos pensadores de renombre, se empecinaban en no aceptar razones, observaciones y hechos. Desde los púlpitos, la gran masa era confundida y asustada con el miedo a los pavorosos castigos que en el infierno estaban preparados para aquellos que tuvieran el atrevimiento de aliarse con las filas del heliocentrismo. Galileo fue finalmente procesado y obligado (de dientes para afuera) a abjurar de su militancia copernicana. Ese fue el precio que tuvo que pagar por defender una idea, que muchos sostenían no podía ser correcta. El tiempo terminaría dándole la razón.

Así como en la ciencia no pocas veces el pensamiento racional se ha visto acosado por huestes de intolerantes, en política acontece lo mismo, como está sucediendo (guardadas las claras diferencias del contexto histórico) por estos días en el país. El senador Jorge Enrique Robledo es la cabeza visible de quienes estamos en oposición a la idea de que el candidato presidencial Juan Manuel Santos es “menos malo” que Oscar Iván Zuluaga. El senador del Polo Democrático Alternativo ha señalado una salida digna a la trampa que montaron los áulicos del santismo: votar en blanco o abstenerse, que también son formas democráticas de participar en una elección. La posición de Robledo no es un capricho de última hora; ella obedece a los criterios que ha mantenido durante su larga vida de actividad política siempre al lado de los más elevados intereses de la nación colombiana. Como en la historia de la ciencia reseñada al principio, por defenderla le han llovido toda clase de improperios de quienes no pueden aceptar que Robledo se mantenga fiel a sus creencias, a sus principios. Lo han querido llevar a la hoguera de la moderna inquisición establecida por los grandes medios de comunicación. No le perdonan el haberse negado a dar la voltereta ideológica de última hora que otros, sin ningún atisbo de vergüenza, fueron capaces de hacer. Su coherencia política los saca de quicio.

Un hombre como Robledo es ejemplo a seguir por las generaciones de futuros luchadores por un país mejor. Así como ayer lo fue Jorge Eliécer Gaitán. Mientras tanto, los que abandonaron la nave polista tras los oropeles que les ofreció el santismo terminarán engrosando la oprobiosa lista de la historia universal de la infamia. Para ellos Dante les reservó el noveno círculo del infierno.

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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