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V. Dónde comenzamos y a dónde llegamos

Colombia era, pues, un país supremamente atrasado en 1903, sin industria moderna, con una es-tructura agraria feudal, sin vías de comunicación, anclado en una sociedad patriarcal. Por contras-te, los países que iban tras Panamá habían alcanzado ya un gran desarrollo capitalista. Francia constituía una de las tres grandes potencias europeas que habían guerreado durante un siglo por la supremacía mundial. Estados Unidos había alcanzado a las potencias europeas y entraba a compe-tir con ellas por el dominio del globo. Se iniciaba una etapa de la historia en que el auge del colo-nialismo de dominación militar iba dando paso a un nuevo colonialismo de control por medio de los monopolios, la exportación de capital y el apogeo del capital financiero, separado cada vez más de la producción y recorriendo el globo terráqueo en búsqueda de mayores rendimientos y menores riesgos. Y, por supuesto, Panamá era parte integrante del territorio nacional. Así estamos en 1903.

En este contexto distingo cinco etapas en el trágico proceso de la pérdida del Istmo: 1) las escaramuzas en torno a un posible canal, 1835-1878, desde la primera ley colombiana sobre un canal hasta el convenio con los franceses; 2) el fracaso del canal francés, 1878-1898, desde el convenio Salgar-Bonaparte Wyse hasta la quiebra definitiva de la Compañía del Canal; 3) el ata-que norteamericano sobre Panamá, 1898-1903, desde la quiebra de la Compañía del Canal hasta la independencia de Panamá; 4) la reacción colombiana por la pérdida del Canal, 1903-1914, des-de la pérdida de Panamá hasta la firma del tratado Urrutia-Thomson; 5) el acomodamiento co-lombiano, 1914-1922, desde la firma del tratado Urrutia-Thompson hasta la ratificación del trata-do por el Congreso estadounidense. Es una historia de casi un siglo.

Inicialmente, el principal interés de Estados Unidos sobre Panamá residía en su necesidad de tener un camino expedito para llegar de Nueva York a Los Ángeles, sobre todo cuando su red ferrocarrilera era incipiente. Colombia le concedió el privilegio del libre tránsito del Atlántico al Pacífico por el tratado Mallarino-Bidlack de 1846. Lo que determinaba las relaciones del país con los norteamericanos era—y lo fue por dos o tres décadas más—la defensa de la independencia nacional, de ellos y de nosotros, contra la amenaza del colonialismo europeo, no la conquista de Panamá. La concesión del primer ferrocarril construido en Colombia a los norteamericanos, se enmarcaba en las mismas consideraciones. Ambas decisiones tuvieron como fondo la aplicación de la doctrina Monroe. Estados Unidos constituía la vanguardia de la revolución democrática mundial y de la lucha contra el colonialismo europeo. No haber descubierto a tiempo la transfor-mación del país del Norte a final de siglo de adalid democrático en potencia de ambiciones mun-diales constituyó un factor determinante para los errores de los dirigentes colombianos en la des-dicha del Canal. Este es el carácter de la primera etapa.

Cuando Colombia firma el convenio Salgar-Bonaparte Wyse en 1878 con uno de los des-cendientes de Napoleón—Luciano Napoleón Bonaparte Wyse—devenido empresario internacio-nal, para construir el canal por Panamá e ingresa en escena el señor Lesseps, considerado el héroe del canal de Suez, Estados Unidos estaba en un período de auge económico que lo colocaría en una posición de competencia por la supremacía mundial en la última década del siglo XIX. Por eso los norteamericanos sacan del escenario a Inglaterra firmando el tratado Clayton-Bullwer que les permite enfrentarse sólo a los franceses y buscar el predominio americano. Ni Aquileo Parra como presidente ni Eustorgio Salgar como su ministro de gobierno, firmante del convenio con Bonaparte, ni Rafael Núñez, presidente del Senado y expresidente del Estado federal de Panamá, debieron avizorar en medio de la guerra de 1876 la provocación que un canal construido por los franceses representaba para Estados Unidos. Las vicisitudes increíbles del equipo francés, el vía crucis del señor Lesseps, las amenazas de los norteamericanos, la indiferencia de los gobiernos colombianos especialmente de los de Núñez y el fracaso del primer intento del canal, caracterizan esta segunda etapa.

Aparecen, entonces, dos personajes claves en todo este tinglado, Philippe Bunau-Varilla y William Nelson Cromwell, uno francés y otro estadounidense, quienes manejarían todas las cuer-das del atentado de Estados Unidos contra Colombia. Pero lo que determina en último término la pérdida de Panamá es la decisión de Teodoro Roosevelt de apoderarse del Istmo a cualquier pre-cio. Roosevelt simboliza esa nueva etapa en que entra Estados Unidos, ya no como adalid de la revolución democrática mundial, sino como avanzada de la era imperialista. Asombra, sin embar-go, que en la parte colombiana figuren como protagonistas de primera línea, de una manera o de otra, futuros presidentes de Colombia: Rafael Reyes, José Vicente Concha, Guillermo Quintero Calderón, Jorge Holguín, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez. Su actuación en la pérdida de Panamá signan veintisiete años de historia nacional que van a determi-nar en gran medida la condiciones de dominación de Estados Unidos sobre el país y el malogro de un camino soberano y autónomo de desarrollo. Así nació Panamá como nación y así se quedó Es-tados Unidos con el Canal. Es la tercera etapa, dolorosa, trágica y de profundas consecuencias para la historia colombiana del siglo XX.

En seguida, sucedió de todo. El presidente Reyes trató en todas las formas de arreglar con los norteamericanos y de firmar un tratado que legalizara la pérdida de Panamá. El Congreso se opuso a cualquier tipo de reconocimiento de la nueva nación y del tratado de construcción del Ca-nal. El Partido Liberal de la Guerra de los Mil Días, bajo la dirección de Herrera y Uribe Uribe, que había transado con Reyes y estaba participando en el gobierno, no sólo aceptó la política del presidente, sino que concilió con los norteamericanos en el Congreso Panamericano de 1906 de Río de Janeiro. En el Partido Conservador se gestaría una corriente nacionalista que más adelante se alinderaría con el fascismo de Franco. A diferencia de la actitud de los dirigentes, por todo el país se despertó un sentimiento anti norteamericano que cobraría con acciones aisladas la traición de esta minoría reducida que no supo defender la soberanía de la nación. Estados Unidos constru-yó el canal y se preparó para entrar en el concierto mundial a propósito de la Primera Guerra Mundial. Panamá fue siendo reconocida por todos los países de América, porque Colombia no defendió en ningún momentos sus derechos territoriales ni hizo compaña contra el atentado esta-dounidense. Había de por medio inmensos intereses económicos en un país que empezaba a de-pender de la exportación del café a Estados Unidos y a desarrollar una industria capitalista com-pletamente distinta a los talleres artesanales protegidos por la Regeneración. El hecho cumplido de la pérdida de Panamá y del Canal caracteriza la cuarta etapa.

Una vez consumada la pérdida de Panamá y del Canal, toda la diplomacia colombiana se orientó a arreglar las diferencias con Estados Unidos. El espíritu que guió esa política queda sinte-tizado en la famosa frase del presidente Marco Fidel Suárez del “respice Polum”: mirar hacia la potencia del Norte. Había cundido en la oligarquía gobernante colombiana un desespero por cons-truir una economía bajo los parámetros norteamericanos y, en consecuencia, de firmar un tratado que le diera salida “decente” al conflicto sobre Panamá. Así se llegó al tratado Urrutia-Thompson. La exigencia de Colombia a los norteamericanos consistió en la inclusión de una frase que consa-grara el “sincero pesar” que debería sentir Estados Unidos por haberse llevado el Canal y manio-brado la separación de Panamá y en el reconocimiento de una indemnización al país por veinticin-co millones de dólares. Ese fue el precio que le pagó a Colombia Estados Unidos por Panamá y por el Canal. Aunque el tratado fue firmado en 1914 ante una fuerte oposición popular en el país, solamente quedó ratificado por ambos Congresos en 1922. Era la señal que se esperaba para ini-ciar el endeudamiento de Colombia que la ha ido arruinando a cuentagotas a fuerza de moderniza-ción dependiente y de atraso.

Por dos generaciones ambicionamos tener un canal y defendimos la soberanía sobre Pa-namá para lograrlo. Tratados y convenios de diferente índole desde 1835 hasta las vísperas de la tragedia dan testimonio de ello. No sólo fracasamos, sino que nos dejamos atracar. Pero esta his-toria está llena de detalles y hechos importantes que requieren seguir su rastro en próximas notas.

1 de julio de 2003

Bibliografía mínima: Eduardo Lemaitre, Panamá y su separación de Colombia; Luis Martínez Delgado, Historia extensa de Colombia, vol. X, tomo 2; Henao y Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza secundaria; Oscar Terán, Panamá, del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau-Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia; Alfonso López Michelsen, “La cuestión del Canal desde la secesión de Panamá hasta el tratado de Montería,” en Nueva historia de Colombia.

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