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VI. La primera traición

“No me importa ser súbdito de Colombia, de los Estados Unidos, de China, con tal de que mis novillos se vendan bien.”

José Domingo de Obaldía, senador por Panamá en 1903 antes de la sepa-ración, citado por el otro senador por Panamá Juan B. Pérez y Soto, en Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos Colombianos, pag. 52. .

Estados Unidos iba por Panamá, pero en Colombia sus dirigentes hicieron todo para entregárselo. Entre Carlos Martínez Silva (ministro de Relaciones Exteriores, primero y embajador en Estados Unidos, después), José Vicente Concha (jefe del Partido Conservador y embajador en Estados Unidos), Miguel Abadía Méndez (ministro de Educación, primero, y ministro de Relaciones Exte-riores, después), Antonio José Uribe (ministro de Educación, primero, y ministro de Relaciones Exteriores, después), Tomás Herrán (secretario de la embajada en Washington, primero, y emba-jador encargado, después), y el presidente de la República, José Manuel Marroquín, consumaron esta primera traición. Todos, en una u otra forma, metieron su mano en el tratado Herrán-Hay de 1903.

El Tratado Herrán-Hay entregaba a Estados Unidos la soberanía de Colombia sobre el te-rritorio que sería utilizado posteriormente para la construcción del Canal. Fue firmado por Tomás Herrán el 22 de enero de 1903 en la casa particular del secretario de Estado de Estados Unidos, John Hay, en presencia de la mano invisible de la pérdida de Panamá, William Nelson Cromwell. Herrán estaba haciendo las veces de embajador por la renuncia de Concha y la destitución de Martínez Silva. En un dramático mensaje al Gobierno de Colombia, manifiesta que había recibi-do de Hay por escrito un ultimátum notificándole que “tengo orden del Presidente (Teodoro Roo-sevelt) para decir a usted que el tiempo razonable…para concluir negociaciones con Colombia para la excavación del canal en el Istmo ha expirado y no puede prorrogarse”. Había quedado en la disyuntiva de firmar un tratado “inaceptable” o, como dice el mismo Herrán “abandonar toda esperanza de que por territorio colombiano se abriera el canal interoceánico”. Ante la imposibi-lidad de aumentar en el Tratado el precio de venta del territorio, Herrán concluye en su explica-ción a Marroquín: “Por razones que le he apuntado acepté esta final propuesta (anualidad de U.S. $ 250.000) aunque no le di mi aprobación”.

Toda la tragedia de Panamá está saturada de actuaciones como la de Herrán de “aceptar” pero no “aprobar”. El mismo Marroquín le ordena a Herrán que firme—lo “acepta”—para que después el Congreso decida en contra—no “aprueba”. Pero el tratado que firmó Herrán ya había sido negociado en su integridad por los embajadores en propiedad que le habían precedido, Carlos Martínez Silva y José Vicente Concha. En esencia, el Tratado incluye las propuestas de los dos embajadores ante el Gobierno estadounidense: la renuncia al territorio del canal y la exigencia de una indemnización. No era la soberanía la principal preocupación de Gobierno y embajadores, sino el dinero de una indemnización “acorde”, como lo estampa Concha en uno de sus últimos mensajes a Marroquín: “Yo no puedo en conciencia convenir en un Tratado propuesto por el Departamento de Estado, porque sacrificaría a Colombia sin la excusa siquiera de una ventaja pecuniaria …” (subrayado mío).

Realmente, tras las bambalinas de todo este tinglado nunca importó la integridad territorial de Colombia. Así lo deja claro el historiador Martínez Delgado, ferviente defensor del Tratado: “en realidad no se trataba de enajenación de territorio, sino de control de la zona del canal, y no hay que olvidar que todos los tratados del mundo sobre límites de las naciones se han hecho a base de cesiones y compensaciones de territorios” (subrayado mío, Historia extensa de Colom-bia, vol. X, tomo 2, pag. 232). Es que el gobierno de Marroquín había llegado al extremo de acep-tar hasta la entrega de las ciudades de Panamá y Colón, a cambio de un aumento en el monto de la indemnización, dinero requerido por el Gobierno para derrotar a los liberales en la Guerra de los Mil Días.

Lo que aquí siempre estuvo en juego fue la soberanía de la nación. Marroquín tiene que aceptarlo al exponer en el Congreso el dilema en que siempre se encontró: o defendía la sobera-nía y perdía el Canal, o defendía el Canal y tenía que ceder la soberanía. Así se expresa: “A mi Gobierno se le ha presentado este dilema: o deja que nuestra soberanía padezca detrimento y re-nuncie a ciertas ventajas pecuniarias … o mantiene rigurosamente nuestra soberanía y reclama de un modo perentorio la indemnización pecuniaria a que nos podemos considerar acreedores.” Sólo que para él la soberanía residía en la indemnización pecuniaria que tenía que exigírsele a Es-tados Unidos y no en la integridad territorial. Era la misma disyuntiva que se había planteado Concha al llegar a Nueva York como embajador: “O el Canal de Panamá sin integridad territo-rial ni soberanía nacional o la integridad territorial y la soberanía nacional sin el Canal de Pa-namá”. Ambos escogieron el canal contra la soberanía y la integridad territorial.

Sorprende en esta maraña de ires y venires, dimes y diretes, vueltas y revueltas, que los principales actores colombianos de la tragedia—excepto Reyes—poseían una conciencia del ca-rácter imperialista de Estados Unidos. Martínez Silva en su Memorandum al Gobierno dice: “el peligro no está sólo para los países de Sur América en el imperialismo americano”; Concha se refiere al “inmenso pulpo de la autoridad americana que puede extender sus tentáculos no sólo por todo el Istmo, sino llevarlos más allá de esos límites en nuestro territorio”; Marroquín le con-fiere a los gringos la astucia de la zorra y la fuerza del elefante para “despojar a la débil, inerme y desgraciada Colombia.” Desafortunadamente todos se postraron, unos más que otros, en una in-consecuencia, falta de entereza, ausencia de visión, carencia de patriotismo, de espantosas conse-cuencias para la nación colombiana.

Estados Unidos chantajeó a Colombia, a sus embajadores, a su Gobierno, en todas las formas imaginables. Utilizó la amenaza de un canal por Nicaragua, el arma de la invasión, el fe-rrocarril que estaba en sus manos y la quiebra de las Compañías del canal francés. Se sirvió de Cromwell y Buneau-Varilla para intrigar en París, Washington y Bogotá. Todos fueron cayendo en las garras de Cromwell. Especuladores de todas la pintas compraron las conciencias de senado-res, funcionarios y gobernantes de ambos países. En esa forma, uno tras otro se fue rindiendo. Fue como dice Martínez Silva: “Algo se resentirá con este arreglo el principio de la soberanía, pero es consecuencia inevitable de las circunstancias en que Colombia está colocada.”

No todo fue entrega e inconsecuencia. Oscar Terán, panameño, representante a la Cámara por ese Departamento y autor de la obra más importante en defensa de la soberanía de Colombia sobre Panamá, nunca cedió en su posición. Terán rechaza la venta de la Compañía Nueva del Ca-nal a Estados Unidos; impugna los proyectos de tratado presentados por Martínez Silva y Con-cha; se opone con valentía a las maniobras de la minoría panameña pro yanqui; defiende la sobe-ranía nacional en la consulta que el Gobierno colombiano hace a la dirigencia del Istmo; y denun-cia como traición a la Patria la firma del Tratado. Cuando el Gobierno estadounidense en 1901 presionaba con el chantaje del canal por Nicaragua señaló: “Hubiera triunfado, es verdad, en aquel mismo año la vía de Nicaragua; pero sería colombiano el Istmo de Panamá.” Por el con-trario, las instrucciones del Gobierno de Colombia a sus embajadores eran completamente opues-tas a este principio: “Procurar por todos los medios que estén a su alcance y dentro de las facul-tades del Gobierno que se adopte definitivamente el Istmo de Panamá para la apertura del canal interoceánico.” (subrayado mío) Contra ellos, los panameños—entonces todavía colombianos—desafiaban a los estadounidenses: “o excaváis un Canal neutral bajo la soberanía de Colombia, u os lleváis vuestros millones a otra parte”.

La primera traición, por tanto, consistió en la firma del tratado Herrán-Hay; en su acepta-ción por parte de Marroquín; en la cesión de territorio negociada por Carlos Martínez Silva y José Vicente Concha; en las instrucciones dadas por Miguel Abadía Méndez y Antonio José Uribe en su calidad de ministros de Relaciones Exteriores a los embajadores de Colombia en Washington; en las maniobras tras bambalinas de Rafael Reyes con Cromwell y Buneau-Varilla. A todos ellos se les podría aplicar la sentencia del senador por Panamá Juan Bautista Pérez y Soto contra Tomás Herrán por haber firmado el tratado: “Herrán ha ultrajado la majestad de Colombia. Una bofeta-da al rostro de la Patria le ha estampado esa mano sacrílega al firmar semejante convenio. Ante la obra de Herrán se queda uno absorto, abismado, no sabiendo qué nos confunde más, si la vile-za de nuestro apoderado diplomático, o su imbecilidad como negociador. El baldón que Herrán ha echado sobre el nombre colombiano, ese no se borrará jamás. Para criminal de esa laya, la horca le viene chica.” Así para todos ellos.

Aquí también, como en todo este asunto, figuran cuatro presidentes de Colombia, el que actuaba entonces, Marroquín, y los que serían premiados después con la primera magistratura: Reyes, Concha y Abadía Méndez. Faltan Jorge Holguín, Pedro Nel Ospina y Marco Fidel Suárez. Holguín y Ospina estarían de acuerdo, como dice el mismo Holguín, en que “un rechazo rotundo del Tratado habría de colocar al país en situación gravísima, que forzosamente le aparejaría per-juicios de incalculable trascendencia.” Y Suárez, que había salido del Gobierno cuando el golpe de Estado contra Sanclemente, proclamaría más tarde: “Panamá se perdió por haber sido negado el Tratado Herrán-Hay … El Tratado se perdió y el Istmo se perdió.” Estaba con los traidores a la Patria. Más adelante actuará en consecuencia. Lo veremos.

15 de julio de 2003

Bibliografía mínima: Oscar Terán, Panamá, del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau-Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia; Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos. 1900-1924; Luis Martínez Delgado, Historia extensa de Colombia, vol. X, tomo 2; Eduardo Le-maitre, Panamá y su separación de Colombia.

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