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VII. Dramática defensa de la soberanía nacional

“…Las veladas amenazas…con que se pretendía que Colombia entera sacrifica-se su soberanía inmanente en aras de la prosperidad personal de cuatro ganade-ros y agiotistas de Panamá denunciaba un origen yanqui y que se hacía única-mente en desarrollo de consignas de Washington…”

Oscar Terán, Panamá, pag. 206.

“Eso de la soberanía no pasaba de preocupación ridícula…Ser esto o lo otro o lo de más allá; depender de Bogotá o de Washington; hablar inglés o castellano; pa-sar por católico o protestante, he aquí, una serie de cuestiones indiferentes; dig-nas a lo sumo de ocupar los ocios de los poetas.”

Frase adjudicada a Amador Guerrero citado por Oscar Terán en su obra sobre Pa-namá de documentos de Amador Guerrero y José Agustín Arango , pag. 207.

El 12 de agosto de 1903 se tomó una de las decisiones más trascendentales de la historia de Co-lombia en el Senado de la República, la negación por unanimidad del Tratado Herrán-Hay, sobre la construcción del Canal de Panamá [Ver el artículo sexto de esta serie sobre el Tratado]. No fal-tó sino un senador, José Domingo de Obaldía, que ya urdía con Washington el robo del Istmo. Aquellas sesiones históricas habían comenzado el 20 de junio y eran las primeras que se celebra-ban desde el comienzo de la Guerra de los Mil Días en 1899. Pero desde enero los acontecimien-tos se habían precipitado. Veamos el drama.

Primer acto: los preámbulos. Cuatro grupos de actores entran en escena: 1) por el Gobierno, el presidente Marroquín; el ministro de Relaciones Exteriores, Luis Carlos Rico; el ministro de Ins-trucción Pública, Antonio José Uribe; el ministro de Guerra, Alfredo Vásquez Cobo; y el secreta-rio de Palacio y ministro de Gobierno encargado, Esteban Jaramillo; 2) por el Congreso, en el que se distinguen dos grupos, uno dirigido por Miguel Antonio Caro, ex-presidente y otro por Pedro Nel Ospina, presidente en 1922; 3) los agentes extranjeros, desde el presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt y su embajador en Bogotá, Arthur Beaupré, hasta la mano negra de los omni-presentes personajes de la mafia especuladora internacional, William Nelson Cromwell y Philippe Buneau-Varilla; 4) y los traidores panameños, José Domingo de Obaldía, José Agustín Arango y Manuel Amador Guerrero, entre otros.

La situación fue así: Marroquín tenía una papa caliente entre sus manos porque era con-ciente de que el Tratado violaba la soberanía nacional y el dinero que ofrecía no era satisfactorio para la opinión pública del país, pero, a pesar de ello, en el Senado se sabía que él era quien había ordenado a su embajador en Washington que firmara sin más dilaciones. Esa orden dada al emba-jador se la destaparon en el debate del Senado y decía: “Trabaje usted por obtener mayores ven-tajas pecuniarias…. Si esto no es posible y usted ve que se puede perder todo por el retardo, fir-me el tratado. Marroquín. Paúl”. Sus ministros tuvieron que aceptar en el Senado—ante el recla-mo de los congresistas porque Marroquín había enviado el Tratado sin su firma para lavarse las manos y culpar a sus embajadores—que estaban de acuerdo con el Tratado e iban a defenderlo.

Por su parte, Roosevelt y su embajador Beaupré presionaban con chantaje la aprobación del Tratado y amenazaban con aplicar la Ley Spooner de volverse para Nicaragua si no se le en-tregaba el control de la zona, “dígale al gobierno”—instruía el Secretario de Estado—“que el Tratado prevé todo ese asunto (el del dinero de la indemnización) y que siendo cualquier cambio, como lo sería, violatorio de la ley Spooner, no le será permitido.” Roosevelt le había dado aque-lla orden tristemente famosa a su Secretario de Estado: “Indíquele a Beaupré que sea tan duro como pueda. Esas despreciables criaturitas de Bogotá deben comprender de qué modo están comprometiendo su porvenir.” Entre tanto, Cromwell y Buneau-Varilla maniobraban incansable-mente en Washington y Panamá urdiendo una separación de Colombia si no se aprobaba el Trata-do en el Congreso. El 13 de junio de 1903 Buneau-Varilla envía un mensaje a Marroquín con un chantaje que se volvió histórico: si no ratifican el Tratado, o se traslada el canal a Nicaragua o se construye por Panamá “a raíz de la secesión y declaración de independencia del Istmo de Pana-má bajo la protección de los Estados Unidos, como ha sucedido en Cuba.”

En Panamá, entre tanto, se iba creando una conciencia separatista entre una oligarquía mi-núscula que planteaba que la soberanía de Colombia sobre la faja del canal “no es absoluta” y que si no se aprobaba la Convención Herrán-Hay, “peligrará de serio la soberanía de la República sobre este Departamento.” Pero, al mismo tiempo, se levantaba una reacción popular contra el Tratado, se aprobaba una resolución unánime en la Asamblea Departamental de rechazo y se pu-blicaban artículos contrarios en El cronista, El mercurio, El duende, El lápiz, El istmeño, La ver-dad y El estímulo. Y a pesar de varias admoniciones como la del gobernador de Bolívar desde Nueva York, la del Jefe Superior del Atlántico y Panamá, general Pedro Sicard Briceño, o la del gobernador Mutis Durán sobre que estaba tramándose por el Gobierno americano un ataque, una revolución y la independencia, el ministro de Guerra Alfredo Vásquez Cobo, desmantela a Pana-má, traslada las tropas al sur del país y deja sólo el batallón Colombia que traicionaría en seguida los intereses nacionales. Es como si todo se hubiera preparado premeditadamente.

Segundo acto: el Senado defiende la soberanía. No importa las razones que cada senador hubiera tenido en su interior o lo que posteriormente haya esgrimido para defender su actuación, el Sena-do de Colombia, por unanimidad, improbó el Tratado Herrán-Hay, sin constancia alguna o reserva pública de consideración. Fueron sesiones de un enfrentamiento feroz entre los representantes del Gobierno—Rico, Jaramillo y Uribe—y la totalidad de los senadores. La mayoría rechazó el Tra-tado en defensa de la soberanía nacional y los demás por considerar exigua la suma de dinero ofrecida por la concesión del territorio. Miguel Antonio Caro, que había presidido el desastroso régimen de la Regeneración y había reprimido a sus opositores del Partido Liberal hasta amena-zarlos con la extinción, jugó, con Juan B. Pérez de Panamá y Marcelino Arango de Antioquia, un papel histórico en defensa de la soberanía.

En diferentes discursos y en el proyecto de resolución Caro argumentó que el Tratado per-mitía a un poder extranjero “la ocupación a perpetuidad de una gran porción del territorio co-lombiano”, que aceptaba la coexistencia de dos poderes públicos, uno nacional y otro extranjero, incompatibles con las normas constitucionales y que, por tanto, fijaba nuevos límites territoriales a la República. Pero Pérez y Soto fue más implacable y probó no solamente que quedarían tres clases de tribunales judiciales—el colombiano, el norteamericano y un tercero mixto—sino que Estados Unidos podría introducirse libremente en el territorio todo del Istmo hasta para explotar recursos minerales.

El senador Lorenzo Marroquín, hijo del presidente, por su parte, había votado en contra porque el dinero de la indemnización era insuficiente, sin importarle la soberanía. Estaba con Ra-fael Reyes, en cuya elección a la presidencia estaban cifradas las esperanzas de los traidores para reversar la desaprobación del Tratado, así como con las maquinaciones subrepticias de Crom-well. Lo que contaba era la exigencia de un arreglo pecuniario en mejores condiciones, como lo expresa sin ambages el mismo Marroquín en un artículo publicado en El renacimiento, periódico de Bogotá: “Si para el gobierno americano la concesión del control parece ser la condición sine qua non, para el Gobierno de Colombia debe ser el precio de las concesiones que hace, el fun-damento y la norma que deberá informar la negociación en cuanto a ella respecta.” (subrayado mío) Así le había informado el embajador Beaupré a Washington sobre la posición de Reyes de que el Congreso no aprobaría el Tratado a menos que se mejorasen las compensaciones. Para Lo-renzo Marroquín y Rafael Reyes era la venta, no la soberanía.

(Con lo que se prueba que no se necesita ser un neoliberal del siglo XXI para defender que la soberanía es un concepto anticuado, como lo prueban Reyes y Marroquín con su propuesta de canje del territorio por un plato de lentejas, diez o quince millones de dólares)

El Senado sabía que Colombia no tenía condiciones para construir el canal. Y por condi-ciones estratégicas, de recursos, de localización y de trayectoria, Estados Unidos era el más apro-piado para construirlo. Por eso quedó en la proposición aprobada que era posible un acuerdo dife-rente con el país del Norte. Pero Roosevelt y los especuladores ya habían decidido que era por Panamá a cualquier precio. Y así fue.

Tercer acto: el trágico epílogo. Resultan increíbles los acontecimientos que se desencadenaron a continuación. Roosevelt se enfurece por la negación del Tratado y se decide a independizar a Pa-namá. Los traidores panameños se descaran e inician tres meses de maquinaciones nacionales e internacionales para declarar la independencia. Pero en Bogotá sucede lo impensable, Marroquín nombra de gobernador del Departamento de Panamá a José Domingo de Obaldía, el mismo que había declarado en una de las sesiones del Senado: “Yo no considero como pecado ni mucho me-nos como crimen los esfuerzos separatistas de algunos panameños.”

El documento del nombramiento de Obaldía, firmado por Esteban Jaramillo, aquel que se convertiría en el zar de las finanzas colombianas dos décadas después, comprueba que el Gobier-no de Marroquín conocía los propósitos del nuevo gobernador: “El Gobierno confía en que usted, con su nunca desmentido patriotismo, pondrá en práctica…cuantos medios le indique su ilustrado y juicioso criterio, para conservar y fortalecer los vínculos que deben ligar siempre aquella Sec-ción con el resto de la República, a fin de que por ningún motivo padezca menoscabo la unidad nacional. Dios guarde a usted.” Sin embargo, en la entrevista con Marroquín de aceptación del cargo, Obaldía le espeta el siguiente desafío al presidente: “Le acepto, pero no sin manifestarle a su Excelencia que en caso de que aquel Departamento creyera necesario sublevarse para asegu-rar el canal, yo estaré al lado de Panamá…”

No valieron las protestas, ni las premoniciones, ni las publicaciones de Estados Unidos, todas ellas de asombro ante el nombramiento de Obaldía que presagiaba la inminente catástrofe, para retroceder la decisión de Marroquín. Como comenta Terán: “nombrar a Obaldía a sabiendas de que era revolucionario y perfeccionar el nombramiento comunicándoselo con pleno conoci-miento, eso fue nombrarle y darle credenciales para que fuera deliberadamente a realizar—por activa o por pasiva—la revolución en proyecto.” (pag. 271) El 11 de septiembre aprobó el Sena-do por unanimidad una proposición del senador Pérez y Soto lamentando la inercia del Gobierno ante el peligro de que “la integridad nacional pueda sufrir algún detrimento…” Pero en la Cáma-ra sucedió lo increíble. El representante Oscar Terán propuso que se acusara ante el Senado por el delito de traición a los funcionarios públicos “que someten a peligrosas contingencias la integri-dad del territorio de la Nación.” Fue derrotado por 34 votos contra 12. Entre los opositores estaba Guillermo Valencia, el poeta y después candidato a la presidencia de la República en 1930, quien salió en defensa de Obaldía: “el señor Obaldía”—dijo en su discurso—“es tan caballero que el propio Vicepresidente de la República (Marroquín) le dijo en su cara: ‘si no se aprueba el trata-do el Istmo se separará y yo estaré con mis amigos; se lo avisaré con tiempo para que nombre otro gobernador.’” Al ladrón, darle las llaves, como dice Lemaitre.

Según Cromwell, era imposible el éxito de la separación de Panamá mientras el goberna-dor del Departamento fuera leal a Colombia. ¿Por qué, entonces, Marroquín nombró a Obaldía? Acusan a su hijo, el senador Lorenzo, de haber recibido una gruesa suma de dólares para facilitar el movimiento y de haber llegado a un acuerdo con Obaldía para saldar una deuda personal. . De todas maneras, en Panamá a finales de septiembre se había formado un partido separatista, esta-ban inundadas de armas las ciudades, se había organizado una policía propia, rondaban por do-quier fuerzas subversivas y las tropas colombianas se orientaban hacia los separatistas. Alea iacta est—la suerte está echada..

No quedaba más. Un mes después Panamá se declaraba independiente, defendida por la armada estadounidense.

1° de agosto de 2003

Bibliografía mínima: Oscar Terán, Panamá, del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau-Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia; Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos. 1900-1924; Luis Martínez Delgado, Historia extensa de Colombia, vol. X, tomo 2; Eduardo Le-maitre, Panamá y su separación de Colombia.

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