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Van der Hammen: el holandés de los humedales

Nelson Fredy Padilla*, Bogotá, El Espectador, febrero 2 de 2016

Casi 60 de sus 85 años de vida los dedicó a recorrer cordilleras, páramos, sabanas y selvas colombianas. La polémica por la reserva natural y la política del alcalde Peñalosa

Qué paradoja. Nació con espíritu de montañista en Holanda, un país sin montañas y bajo el nivel del mar. Sin embargo, en el poblado de Schiedam su padre Cornelis le enseñó a amar la naturaleza y le contaba historias de altas cumbres que soñaba conquistar. El pequeño Thomas Van der Hammen le prometió que algún día las alcanzaría por él y para eso estudió astronomía, geología y biología.

Fue el famoso naturalista J. B. Bernik, su profesor de ciencias naturales, quien le advirtió que las montañas más altas y hermosas estaban en América del Sur. Desde entonces las cordilleras de los Andes se convirtieron en su obsesión personal.

Mientras su sueño se hacía realidad se contentaba coleccionando minerales, rocas y fósiles al lado del fundador del primer museo de historia natural de su país. A los 19 años ya hacía parte de la Asociación Neerlandesa de Jóvenes para el Estudio de la Naturaleza. Hacía inventarios de plantas, musgos, hongos y pájaros. Después de la II Guerra Mundial vino su gran oportunidad gracias a que a los 25 años ya era uno de los pocos maestros internacionales en paleontología y botánica. Europa le había quedado pequeña. La había recorrido por completo, atravesando los Alpes y los Pirineos, y se sentía listo para la aventura americana. Por eso cuando la Universidad de Amsterdam ofreció un intercambio con el Servicio Geológico Nacional de Colombia, el actual Ingeominas, gritó: !Eso es mío!

Llegó a Bogotá en noviembre de 1951 con apenas 27 años de edad y con un recién desempacado título de PhD. por una investigación de la flora glacial que nadie entendía. Más enredado era su cargo, Jefe de la sección de Palinología-Paleobotánica, y su trabajo, “desarrollar el estudio de palinología tropical del Cretáceo, Terciario y Cuaternario”. En pocas palabras descubrir la historia natural de Colombia durante los últimos dos millones de años. Nada más. En las calles de Bogotá, que desde entonces ya se construían sobre rellenos que antes eran humedales, todo eso se simplificó en “doctor Thomas”.

Su refugio preferido fueron los laboratorios de la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Nacional. Desde allí formó a dos generaciones de investigadores que no dudan en calificar al profesor Van der Hammen como el mejor heredero de Humboldt y de Mutis. Sus condiscípulos colombianos, como Luis Eduardo Mora, Gonzalo Correal, Roberto Jaramillo o María Teresa Murillo, no se sorprenden al enterarse de que a punto de cumplir 80 años esté dedicado a estudiar por enésima vez el estado de los once humedales de la capital del país en un proyecto con el que la Alcaldía Mayor pretende asegurar la supervivencia del escaso ecosistema original de la Sabana de Bogotá.

Su esposa Anita, una colombiana experta en elaboración de mapas geológicos con la que tuvo tres hijos, lo respalda aunque ya no puede acompañarlo porque prefiere quedarse en su finca en Chía, donde conservan un bosque de dos hectáreas con la vegetación que tenía la Sabana de Bogotá hasta hace un siglo y con humedal incluido.

El estudio que este mes le entregará Van der Hammen al Departamento Administrativo del Medio Ambiente es detallado y sorprendente. Mientras los bogotanos creemos que los humedales ya habían sido rescatados durante los últimos ocho años gracias a la construcción de obras urbanísticas como ciclorutas y alamedas, el profesor concluyó que “la situación es deplorable”.

Para él lo que ocurrió fue un ecocidio. En torno al hábitat de once especies de aves en vía de extinción, de las ranas de sabana y de vegetación única, se levantaron centenares de kilómetros de muros de concreto que en el corto plazo pueden acabar del todo con el último rastro del ecosistema de lo que alguna vez fue una gigantesca laguna. A mediados del siglo pasado había 50 mil hectáreas de humedales en Bogotá, hoy apenas quedan cerca de 2.500.

Desde las aceras humedales como Juan Amarillo, Córdoba o Santa María del Lago se ven hermosos, pero por dentro siguen muriendo. “Antes de ejecutar dichas obras se debió fijar una política ecológica para dichas zonas, pero ni siquiera se diseñó un sistema de manejo de aguas negras y grises”, advierte el naturalista. Muchas veces insistió en ello ante la academia y frente a funcionarios distritales, pero no le prestaron atención. Ahora acuden a él cuando el mal ya está hecho.

Y el holandés que no se ha querido desprender de este país desde hace 53 años vuelve a embarrarse, como lo hizo durante décadas para escribir las más grandes investigaciones sobre los páramos y las selvas que nadie se había atrevido a espulgar. Estudios para la Unesco, cincuenta tesis de doctorado, 300 publicaciones científicas, cinco volúmenes sobre cordilleras y 27 volúmenes sobre el cuaternario colombiano, la biblia de la historia natural de este país, son su legado y el que muy pocos se atreven a estudiar.

No puede ser, se duele el científico, que después de medio siglo de investigaciones la suerte de los humedales de Bogotá dependa de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado, una entidad especializada en redes de agua y no en ecología. Si los miles de millones de pesos que se gastaron en circuitos de asfalto y concreto se hubieran destinado realmente a la rehabilitación de los humedales otras serían sus conclusiones.

A pesar de la situación de contaminación y de la falta de metodología, al profesor lo animan a trabajar campañas de la comunidad como la ocurrida en el humedal de la Conejera donde los vecinos crearon una asociación que se ha preocupado por entender de verdad su entorno natural. “Han hecho un trabajo maravilloso y por eso es el humedal mejor conservado y el de mayor diversidad de flora y fauna”, dice. Los ciudadanos de ese sector del norte de Bogotá le dan crédito a los consejos del “doctor Thomas”.

“Este es el camino que hay que seguir”, advierte el holandés. Que la comunidad, en unión con las autoridades ambientales y los investigadores se concienticen del valor de estos ecosistemas y que pongan en marcha un plan científico en el que la prioridad no sean las ciclorutas y alamedas sino el hábitat natural. Como el que el profesor Van der Hammen y su esposa restauraron a puro pulso, desde hace doce años, en torno a su casa frente al Cerro del Águila.

*Este perfil fue publicado originalmente en la revista Cromos en 2004.

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