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X. Colombia se levanta contra la traición

“A nuestros hijos podemos legarles una patria empobrecida y yerma; mas no tenemos el derecho de legársela envilecida por la cobardía: legados de infamia no se hacen.”

Fabio Lozano Torrijos, miembro de La Integridad Colombiana, organización de defensa de la soberanía nacional contra la separación de Panamá.

“En la vida de los pueblos como en la de los individuos, hay hechos que no pueden excu-sarse, ataques que no es posible pasar inadvertidos, batallas que es preciso librar a toda costa. Cuando se trata de la dignidad y del honor, no es correcto medir ni pesar la fuerza del adversario. Sólo es correcto combatir; y sólo eso imprime gloria, ya sea que se alcan-ce el triunfo, ya sea que se muera en la demanda.”

Juan Bautista Pérez y Soto, Presidente de la sociedad “La Integridad Colombia-na”, en Manifiesto a la Nación, el 11 de noviembre de 1903.

Teodoro Roosevelt confesaría ante el mundo su tropelía de haberse robado Panamá con la más descarada desfachatez en un discurso pronunciado en la Universidad de California de Berkeley el 21 de marzo de 1911, ya como ex-presidente, con aquellas famosas palabras I took Panama—yo me apoderé de Panamá—y añadiría: “yo comencé el Canal de Panamá. Si hubiera seguido los tradicionales métodos conservadores, habría sometido al Congreso un estirado informe de 200 páginas alrededor del cual aún se estaría discutiendo.” Ninguna otra confirmación histórica más precisa sobre el atraco de Panamá por Estados Unidos. Como diría en su momento un tratadista de derecho público en Colombia comentando el Tratado de 1914 mediante el cual se aceptó la sepa-ración: “la República de Panamá es, ante el Derecho Público, una entidad sui generis, de sobe-ranía limitada, bajo la protección de los Estados Unidos. Nosotros”—los colombianos—“hemos contratado con el Estado protector y este ha estipulado a favor de su protegido…”

Acertó, entonces, el pueblo colombiano al calificar de inmediato la separación de Panamá como un atraco y al identificar como sus verdaderos responsables a Estados Unidos y al Gobier-no de Marroquín. El mismo embajador norteamericano, Sr. Beaupré, informaba al secretario de Estado seis días después en una vívida descripción que “gran excitación reina en Bogotá. La multitud en número considerable, recorrió ayer las calles gritando ¡Abajo Marroquín! Un mitin numeroso lo acusó y pidió un cambio de gobierno. Centenares de personas se reunieron en el Palacio y el orador que las representaba, un conocido General de la Nación, arengó al Presiden-te y le pidió que presentara renuncia…La habitación de Lorenzo Marroquín (el hijo del Poder Ejecutivo) ha sido apedreada”. En respuesta, el Gobierno reprimió el movimiento, hirió manifes-tantes, encarceló gente. y salió a proteger los ciudadanos norteamericanos que fueron amenaza-dos en Bogotá y otras ciudades del país. “Hay un sentimiento inmenso contra el Gobierno. Hay también un sentimiento contra los Estados Unidos, fundado en la creencia de que el Gobierno de los Estados Unidos ha fomentado el movimiento de secesión”, añade el embajador.

Obligado por la reacción popular, por el Congreso y por una amplia opinión pública de po-líticos y comerciantes, el Gobierno tuvo que conformar una Junta Consultiva bajo la dirección del senador Joaquín F. Vélez, uno de los firmes opositores al Tratado Herrán-Hay en el Congreso. De allí salió todo un plan de lucha contra Estados Unidos por estar violando el tratado de 1846 y por haber cometido un acto de agresión apoyando al general Huertas, comandante del batallón Co-lombia: 1) Colombia debe expulsar el embajador de Estados Unidos y retirar la legación en Was-hington; 2) el Gobierno debe ordenar las operaciones militares pertinentes contra los amotinados en Panamá; 3) el Gobierno debe protestar ante el mundo contra el proceder de Estados Unidos en los acontecimientos de Panamá; 4) el Gobierno tiene que seguir defendiendo por cuantos medios estén a su alcance los derechos imprescriptibles de Colombia.

Por todas partes en el país proliferaron movimientos en defensa de la soberanía nacional, exigiéndole al Gobierno una acción militar para recuperar a Panamá. Así surgió la sociedad La Integridad Colombiana por iniciativa de un hombre de ciencia, el Dr. Indalecio Camacho y presi-dida por el senador Juan Bautista Pérez y Soto y uno de cuyos líderes más sobresalientes y orador brillante fue Fabio Lozano Torrijos. Le exigieron a Reyes que no podía ceder en las negociacio-nes y le dejaron en claro a Marroquín que estaban resueltos a sacrificar sus vidas en defensa “del honor y la integridad de Colombia”. El 11 de diciembre en un Manifiesto a la Nación proclama-ban: “El mundo nos contempla. Vamos a demostrarle que sabremos cumplir con nuestro deber, que somos pueblo altivo y no rebaño de idiotas; que no permitiremos, mientras el atropello sub-sista un solo día de normalidad al Istmo, ni de regularidad del tráfico interoceánico, ni de tran-quilidad a los usurpadores.”

La Integridad Colombiana defendió que la única salida consistía en hacer la guerra contra Estados Unidos para recuperar a Panamá, obligar en esa forma al usurpador a destapar sus cartas verdaderas de dominación, forzar al gobierno americano a la consumación real y efectiva del atropello, hacerlos quedar como piratas y no como protectores, porque lo que estaban haciendo era robarnos “con sus cañones nuestra propiedad”. Le exigieron a Marroquín que cumpliera el decreto que lo obligaba a conformar un ejército de cien mil combatientes. Se pusieron a la tarea de organizar una nueva expedición de mil quinientos soldados bajo las órdenes del general Anto-nio Roa Díaz, para sumarlos a la tropa comandada por el general Daniel Ortiz, que esperaba en Titumate las órdenes de marchar a Panamá. Pero el 19 de diciembre, una vez se hubo puesto en camino la tropa, el ministro de Guerra Vásquez Cobo mandó apresar a sus principales miembros y dejó bajo prisión domiciliaria a su presidente, el senador Pérez y Soto. En esa forma se fue extin-guiendo gradualmente la sociedad.

En Titumate el general Ortiz contaba con una tropa bien armada y dispuesta a todo. Ataca-rían por tierra. “…El objetivo principal de esta campaña era ante todo ocupar por vías terrestres nuestra comarca panameña, ” escribe el expedicionario Ortiz. “Por los informes que hasta ahora tengo…creo que la invasión sobre Panamá no es una empresa imposible, y no la considero ni siquiera imprudente; al contrario creo que es perfectamente factible.” Con ese propósito envió una comisión al mando del general Morales a explorar el derrotero que había seguido Balboa 400 años antes y establecer una línea de comunicación entre Titumate, las costas del Darién del sur sobre la bahía de San Miguel, en el océano Pacífico por los ríos Acandí y Tuira.

Uno de las más ejemplarizantes episodios del levantamiento popular contra el atropello de Estados Unidos lo protagonizaron los indígenas de las costas de San Blas en Panamá , desde el Cabo Tiburón hasta las inmediaciones de Portobelo. El 19 de diciembre llegó al cuartel general de Titumate el coronel Inanaquiña, jefe indígena gubernamental de toda aquella región. Así lo narran las crónicas: “El coronel Inanquiña, al ver la bandera colombiana, se hincó en tierra y con respe-to religioso la besó, escena conmovedora, que plegó muchos labios y humedeció muchos ojos al presenciar tan expresivo homenaje para el emblema de la Patria, en la hora precisa que otros lo insultaban, lo vejaban y lo despedazaban.” Fueron los indígenas los que le abrieron el camino para que las tropas del general Ortiz pudieran tomar posesión de Panamá, protegiéndolas de la armada norteamericana que estaba impidiendo en los puertos el desembarco del ejército colom-biano. Y Ortiz cuenta: “De las lejanas provincias panameñas de Chiriquí, Bocas de Toro y Coclé, lo mismo que de las apartadas comarcas istmeñas de Tuira, venían comisiones tras de comisiones a hacer patentes ante el Jefe colombiano—con su protesta contra el motín militar de que se habí-an servido los norteamericanos para quitarnos a Panamá, fraudulenta y brutalmente—sus entu-siastas sentimientos de amor a Colombia, de respeto a la común bandera y de consagración a la integridad nacional, con la firme voluntad en que estaban de coadyuvar la anhelada campaña militar para recuperar el Istmo…Como lo afirmaban aquellos buenos compatriotas, los traidores de la separación eran muy pocos y estaban circunscritos a la ciudades de Colón y Panamá.”

Este espíritu de combate y de defensa de la soberanía nacional de Titumate no era aislado. A principios de enero de 1904 en Magangué, la gente intentó linchar al general Pompilio Gutié-rrez en su viaje de regreso por el río Magdalena. Le estaban cobrando su actitud de no haberse puesto al mando de las tropas nacionales dos meses antes en Panamá por su famosa disculpa de que lo que iba era a comprar ganado a Cuba. El 13 de septiembre de 1904 varios municipios pa-nameños se amotinan contra la traición y exigen su reincorporación a Colombia. Estados Unidos tiene que enviar el navío insignia Newark a Cartagena porque el pueblo ha atacado el consulado norteamericano, sólo para que el gobernador de Bolívar, un tal señor Patrón, le pida excusas al almirante Lingbee, comandante del acorazado.

No cejará por varios años esta reacción popular de sentimiento antigringo. Contra el trata-do de Reyes—Cortés-Rooth—se amotinarán los estudiantes en 1909; a ese Enrique Cortés por haberlo negociado y firmado, casi lo linchan a su llegada a Barranquilla; de nuevo en Cartagena se levantan las gentes contra el arzobispo por haber vendido bienes de la Iglesia a unos norteame-ricanos; todavía en 1910 a Vásquez Cobo no lo dejan desembarcar en Barranquilla y tiene que sa-lir huyendo; los indígenas de San Blas no aceptan el gobierno de Panamá y lanzan una campaña separatista para unirse a Colombia; y tiene que llegarse a extremos de que el presidente Carlos E. Restrepo tenga que destituir a Pedro Nel Ospina, partícipe de una u otra forma de estas traiciones, como su embajador en Washington por oponerse al viaje del secretario de Estado, Knox, a Co-lombia en momentos en que se negociaba el tratado Urrutia-Thompson. Volveremos sobre estos asuntos.

¿Qué resultó de aquí? Fue Reyes el que convenció a Marroquín de desechar las propues-tas de la Junta Consultiva para romper con Estados Unidos; fue Reyes el que impidió que la expe-dición del general Ortiz y el otro contingente marcharan por tierra para la reconquista; fue el mi-nistro Vásquez Cobo el que reprimió la Integridad Colombiana y la desintegró; y fue Reyes el que siguió negociando con Cromwell más traiciones. Estados Unidos impidió con su armada cualquier intento de desembarco para la reconquista; Estados Unidos violó las aguas colombianas con el crucero Atlanta para controlar las tropas de Titumate; Estados Unidos desembarcó tropas en Urabá para detener la expedición de Ortiz; Estados Unidos amenazó a Cartagena con el Ne-wark por el ataque al consulado.

La defensa de la integridad nacional concitó la movilización popular contra el atropello gringo. Pero fue el Gobierno de Marroquín y sus agentes los que defendieron a Estados Unidos por el robo de Panamá y consumaron la más grande traición de la historia nacional.

Bibliografía mínima: Oscar Terán, Panamá, del tratado Herrán-Hay al tratado Hay-Bunau-Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia; Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos, 1900-1924; Eduardo Lemaitre, Panamá y su separación de Colombia.

17 de septiembre de 2003

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