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XI. Una tragedia jamás imaginada

Oscar Terán publicó su obra sobre Panamá en 1936 de cuatrocientas ochenta páginas, muy poco tiempo antes de morir. Fue su testamento intelectual y político. Había sido testigo directo, como panameño, de todos los acontecimientos que allí se desarrollaron en 1903, actor de parte de la tragedia, crítico demoledor de tirios y troyanos, defensor inconmovible de la soberanía de Colom-bia. Resuma patriotismo indignado y dolido en cada página. Transcribo a continuación un texto del prefacio de su libro, por ser difícil encontrarlo en el mercado:

Historíase (sic) aquí, en efecto, un caso de expansión geográfica y política de los Estados Unidos anglosajones llevada a cabo dentro del patrimonio territorial de una na-ción hispano-americana comparativamente inerme sin otra fuerza ni defensa que las del derecho; y ello por los medios más ilícitos, inmorales y reprobados que puedan imaginar-se. El cohecho, el engaño, la perfidia, la fe púnica, las instigación al prevaricato, a la traición, en una palabra, todas las formas posibles del maquiavelismo clásico quedaron allí ejemplarizadas y como patentadas bajo el rótulo de Yanquilandia; y así aparece todo ello en las páginas que siguen gracias a un máximo esfuerzo de clarificación tanto más valiente y meritorio cuanto eran más grandes las dificultades naturales de la empresa; visto que—respecto de la conducta de los Estados Unidos con la Nación Colombiana, en aquel capítulo oscuro de nuestra historia—la nítida verdad ha sido adulterada por la mentira que ha corrido tras ella constantemente al acecho, mientras el enjuague y la pa-traña, colocando en el lugar del suceso real el quid pro quo y la viceversa, han rematado la obra infame en cuya virtud los que en su origen fueron inicuos de berberisca piratería son ahora imposiciones de la ética de la necesidad; y el que victimario, víctima; y la ver-dadera víctima es el malhechor. Y claro está, la atmósfera de influjos olvidadizos semejantes a los del nenúfar so-bre los recuerdos del lotófago, que esta sistemática tergiversación de los hechos crea al-rededor de ellos mismos, ha quitado a la tragedia de Panamá, junto con sus estímulos nostálgicos, su poder de enseñar, y la experiencia de escarmentados en cabeza propia y ajena a los que de esa tragedia tomarían enseñanza. Disfrazar lo pasado para que no sonroje, es lo que necesitan los Estados Unidos como pasaporte a la total consolidación de su predominio en marcha sobre las Américas. Expansionismo aplastante y ofensivo es el suyo, ora se llame destino manifiesto, o diplo-macia del dólar, o política del trancazo, o del policía interamericano, o como ahora, del buen vecino. Ningún expansionismo sea el que fuere, puede prosperar sino a la sombra de la hipocresía. La hipocresía expansionista o dígase yanqui, porque de esta se trata, consiste en hacer que el fin injusto que persigue se lo den y faciliten, a poder de apremios inconfesa-bles, los mismos a quienes ese fin perjudica; de modo que suceda lo de Maquiavelo, a sa-ber: que habiendo contribuido con César Borgia al atentado de Simigaglia(*) , tuvo de in-teresarse mucho después, en justificar la conducta de aquel de quien fue cómplice. Contra esta operación de tirar la piedra y esconder la mano que exime al que tira de ser visto y del odio y el desvío consiguientes, y le permite al mismo tiempo seguir haciendo indefinidamente de las suyas, no parece haber otro remedio, dentro de nuestra debilidad actual, que aquel que estriba en instalar la verdad monda y lironda, donde an-tes imperó la hipocresía. Por lo que, si en nuestro primer libro señalamos por su nombres a los colombia-nos que en Panamá y en Bogotá dieron la mano a los Estados Unidos para que nos quita-ran el Istmo—en este otro se clarifica, además la conducta del monstruo imperialista con relación al más alevoso e inexcusable de su crímenes de leso-Derecho Internacional Ame-ricano y de lesa-América Española.

(* comparación de Estados Unidos con César Borgia, el hijo del papa Alejandro VI, que mandó estrangular en Simi-gaglia a quienes le habían hecho el trabajo de tomarse la ciudad en su nombre, como le pasó a los colombianos que entregaron a Panamá, y al que Maquiavelo justifica por aplicar el principío de “el fin justifica los medios”)

Allí queda retratada toda la tragedia. Terán acusa ante todo a Estados Unidos. En efecto. A medida que el país del Norte se fue transformando en una potencia imperialista por la exigencia expansionista de su economía a finales del siglo XIX, la necesidad de un canal por Panamá—la mejor ruta—se hizo apremiante. No le servía ya el ferrocarril cuyo uso le había concedido Co-lombia por cincuenta años, sin renunciar a la soberanía, y en donde había intervenido en repetidas ocasiones para asegurar el paso de sus ciudadanos. Buscó, ante todo, eliminar el canal francés, apoderarse de la compañía del canal y se sirvió para ello de un personaje fatídico en toda esta tra-gedia, William Nelson Cromwell. Primero intentó apoderarse de la zona por el que pasaría el ca-nal. Después quiso arriesgar por la toma de Panamá. Finalmente, se contentó con convertirla en protectorado y asegurarse el dominio sobre el territorio del canal. Fue Teodoro Roosevelt el que no se atrevió a convertirla en un estado como Hawai, o en una colonia como Puerto Rico, o terri-torio gobernado por títeres como Cuba, sino en un país con independencia nominal bajo su égida. Ese fue el tratado que encargaron firmar los traidores panameños al francés Philippe Buneau-Varilla en Washington, transformado de aventurero, especulador financiero e intrigante profesio-nal, en embajador plenipotenciario de la nueva República, para entregar la soberanía sobre la zona del canal. Tal para cual.

En Colombia, los personajes que protagonizaron traición tras traición llevan nombres de presidentes y personajes que han pasado a la historia como prohombres. Marroquín ordenó firmar el tratado Herrán-Hay, se arrepintió cuando ya nada había qué hacer, trató de lavarse las manos al enviárselo al Congreso sin firma, ordenó a sus ministros defenderlo a capa y espada para su apro-bación y se resignó como estúpido a ver desmembrada la Nación. ¡Qué ignominiosa la actitud de un presidente que le ruega a los atracadores que le envíen la tropa para defender su propiedad co-mo lo hizo Marroquín con el embajador gringo Beaupré días después de la independencia pana-meña! Entre sus ministros y funcionarios de alta responsabilidad que de una u otra manera parti-ciparon en la desventura panameña figuran anteriores y futuros presidentes como José Vicente Concha, Rafael Reyes, Pedro Nel Ospina, Miguel Abadía Méndez, Jorge Holguín y Ramón Gon-zález Valencia. Y no pueden escaparse prohombres de la talla de Carlos Martínez Silva, Alfredo Vásquez Cobo, Tomás Herrán o figuras que jugarían papeles estratégicos más adelante como Es-teban Jaramillo. En el Congreso pueden mencionarse al hijo de Marroquín y al poeta Guillermo Valencia, candidato a la presidencia en 1930. Toda un oligarquía traidora, antinacional, que guia-rá por treinta años los destinos de la Patria.

Es como dice Terán, eh aquí el expansionismo yanqui parapetado en una oligarquía nacida en Colombia entregada a sus designios. Defendieron que no importaba la soberanía sobre el terri-torio siempre y cuando pagaran unos cuantos dólares por la venta. Unos fueron paladines del arreglo económico sin la soberanía a lo Marroquín, Reyes, Marco Fidel Suárez, los negociadores y los ministros. Hoy los defiende, por ejemplo, José Alvear Sanín con la teoría de que por no haber aceptado el tratado Herrán.Hay somos más pobres, “nuestra pobreza es la verdadera ene-miga de la soberanía”, afirma, ya que ese es un principio abstracto que hay que sacrificar “a cambio de beneficios económicos concretos” (“Suplemente Literario,” El Tiempo, 17 de agosto de 2003). Otros titubearon entre la soberanía y la venta, unas veces por una, otras veces por otra, al estilo de Pedro Nel Ospina y Lucas Caballero. Claro que quedan para la posteridad los senado-res Juan Bautista Pérez y Soto, Miguel Antonio Caro, Joaquín F. Vélez y tantos otros, que nunca cedieron ni un ápice.

Así también las obras publicadas en torno a la tragedia. Menciono algunas. Luis Martínez Delgado en la Historia extensa de Colombia justifica que su pariente Carlos Martínez Silva hubie-ra cedido la soberanía en la negociación del Tratado Herrán-Hay. Vacila Eduardo Lemaitre, en su obra sobre la separación, y trata de excusar la actuación de los embajadores Martínez Silva y Concha. López Michelsen, en forma diplomática, se lava las manos para no comprometerse ante los gobernantes contemporáneos de Panamá. Y, asombrosamente, publican los colombianos hasta una defensa de los traidores panameños como la de Credencial en sus separatas de historia.

¿Por qué defiendo al Senado de 1903 y condeno a la Cámara de Representantes? Porque el Senado tuvo la entereza histórica de rechazar la traición contenida en el Tratado Herrán-Hay y la Cámara votó en contra de la resolución que condenaba a Estados Unidos por el robo de Pana-má. No faltan historiadores que acompañan a Reyes y Suárez en la acusación de que Panamá se perdió porque no se entregó la soberanía de la zona del canal, aun sin indemnización alguna. No, Panamá se perdió, antes que nada, porque Estados Unidos tramó toda una conspiración para arre-batarle a Colombia el territorio, como dice Terán, mediante el cohecho, el engaño, la perfidia, la fe púnica, la instigación al prevaricato, a la traición. Y yo añado, con la acción de toda una arma-da de guerra, anclada en los puertos de Panamá y Colón.

Pero, además, porque la oligarquía colombiana no salió en su defensa. El batallón colom-biano que protegía el Istmo, se vendió a los traidores; las tropas enviadas de Bogotá, claudicaron; un prestigioso general de la República—Pompilio Gutiérrez—curtido en las guerras civiles y ex ministro de Estado, prefirió seguir de Panamá a Cuba a comprar ganado; el encargado de recupe-rar Panamá por las armas—el general Reyes—cambió el carácter de la expedición militar por una misión diplomática vergonzante humillada en el Istmo y Washington; los veteranos de guerra vo-luntarios que se alistaron a órdenes del general Ortiz fueron traicionados por su generalísimo—de nuevo Rafael Reyes—que los dejó plantados en una población olvidada del Chocó esperando la orden de marchar por tierra a la reconquista; el presidente Marroquín y su ministro de Guerra Vásquez Cobo reprimieron las protestas en Bogotá que exigían el alistamiento de los cien mil vo-luntarios contra los traidores panameños. Como dice el historiador Lemaitre: “De haberse desen-cadenado una batalla, o una resistencia cualquiera, pero efectiva, de parte de las tropas colom-bianas, lo más probable es que los norteamericanos la hubieran aplastado, pero los problemas políticos que ese acto de violencia habría creado al presidente Roosevelt, habrían frustrado sus designios…” Tantos ejemplos contemporáneos de pueblos que, en condiciones de debilidad e in-ferioridad, se han levantado contra sus colonizadores y luchado por años para defender su sobera-nía y su independencia.

Ninguna otra tragedia hasta el presente en la historia de Colombia igual al atraco yanqui sobre Panamá. Esa pérdida de soberanía consistió en la desmembración del territorio. La otra tie-ne que ver hoy con la progresiva desaparición de la autodeterminación sobre la economía nacio-nal. En esencia, son lo mismo, la desintegración de la soberanía. Esta segunda, en un proceso de los últimos cincuenta años, va convirtiéndose en una agresión peor que la de Panamá. No fuimos capaces de detener la primera. ¿Nos decidiremos a parar la segunda? Es nuestra misión histórica para que no nos pase lo mismo que a la oligarquía traidora que dejó escapar a Panamá. Como hace un siglo el país también se divide entre quienes están de lado de la soberanía nacional y quienes siguen considerándola un concepto abstracto despreciable, ya no frente a la pérdida de Panamá, sino ante la amenaza de convertirse cada vez más en una colonia militar y económica de Estados Unidos. ¿Podremos sacar lecciones de la historia?

1 de octubre de 2003

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
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