Inicio > Bitácoras > José Fernando Ocampo > LA PÉRDIDA DE PANAMÁ: CIEN AÑOS > XII. Los patriotas

XII. Los patriotas

el escritor como el caballero de Assas, debe dar el grito de alerta: ¡a mí Auvergne! ¡he ahí el enemigo! Aunque caiga después cubierto de dardos y, bañado en sangre; caer sin haber temblado es la Victoria. Vargas Vila, Ante los bárbaros. pag. 80. el miedo, centinela vil, guarda en la boca la palabra esclava … solo un himno, el himno de la victoria omnipotente, llena el espacio. Vargas Vila, Ante los bárbaros. pag. 43. si no hay ya, en ciertos países de nuestra América, hombres que sepan cómo se muere, es necesario que sepan siquiera de qué se muere…el yanqui va tras de ellos y, los ultimará de rodillas, ya que no supieron resistir puestos de pie. Vargas Vila, Ante los bárbaros. pag.129.

Quiero exaltar la memoria de los patriotas que defendieron la soberanía nacional en la tra-gedia de Panamá, superando la vileza de la clase dirigente que gobernaba el país. En los tiempos que corren de auge globalizante, resulta reconfortante recordar a quienes se levantaron contra la ignominia. Por todas partes surgieron movimientos de protesta en el país, la mayoría de ellos to-davía no consignados por la historia.

Si Oscar Terán escribió su obra de aullido doloroso contra Estados Unidos y los traidores; si Pérez y Soto no descansó hasta su muerte en un combate sin tregua contra la entrega; si Miguel Antonio Caro utilizó su demoledora oratoria clásica en el Senado de la República hasta derrotar el Tratado Herrán-Hay; si Joaquín F. Vélez obligó a Marroquín a aprobar un plan de lucha contra Estados Unidos por la defensa de Panamá; si Indalecio Camacho y Fabio Lozano Torrijos organi-zaron el movimiento de la Integridad Colombiana decidido a la reconquista del Istmo; si la Asamblea de Panamá votó por unanimidad contra la felonía de sus dirigentes; si la prensa anti-gringa del Istmo repudió de inmediato las maniobras secesionistas; si Pedro A. Cuadrado y Elea-zar Guerrero renunciaron a su cargos en Colón por no seguir ensuciándose con el nuevo régimen; si cien mil colombianos combatientes de muchas guerras se alistaron para ir a luchar por Panamá; si el general Daniel Ortiz entrenó un ejército en Titumate decidido a atravesar el Darién por tierra a rescatar el suelo patrio perdido; si el general Antonio Roa Díaz reunió mil quinientos soldados de refuerzo a la expedición de Urabá; si el coronel Inanaquiña condujo a los indígenas de San Blas a los campamentos de Ortiz y Roa dispuestos a sumarse a la reconquista; si el pueblo de Bo-gotá se amotinó contra Marroquín, por su conducta criminal de haber dejado perder un pedazo de la patria y se levantó contra Reyes por el Tratado Cortés-Rooth, peor que el Herrán-Hay; si Diego Mendoza renunció a la embajada de Washington ante el desprecio del Gobierno americano y afrontó con valentía la persecución de Reyes por haber defendido los intereses nacionales; si los pueblos de Barranquilla y Magangué impidieron el desembarco de todo cuanto traidor intentó desembarcar proveniente del exterior—Vásquez Cobo, Pomipilio Gutiérrez, Antonio José Uribe; si tantos intentos heroicos de los patriotas que se rebelaron por doquier contra el robo de Panamá resultaron inútiles en el propósito de mantener la “integridad nacional”; si todo eso y mucho más no está escrito, reconocido y exaltado, es más por la desidia de una historia oficial acobardada o por una historia que se ha dejado absorber de la adulación y la intriga.

Por eso le doy la palabra al más zaheriente de los escritores colombianos, a José María Vargas Vila, patriota integérrimo, expulsado de Estados Unidos por haber dejado estampada la verdad sobre el robo de Panamá, quien simboliza toda esa égida de combatientes de la pluma y de la espada, hoy tan olvidados de esta historia. En 1917, en plena guerra mundial, escribió un pan-fleto titulado Ante los bárbaros (los Estados Unidos ante la guerra) El yanqui; he ahí el enemigo. Extracto pasajes de allí porque me parece interpretan el sentir de todos aquellos patriotas que lu-charon a brazo partido en tan diferentes escenarios por la integridad de Colombia. (Conservo en el texto la misma puntuación y la misma presentación del original; los puntos suspensivos entre pa-réntesis son míos):

por qué no tiene hoy, el mundo un canal internacional, sino un canal yanqui, para unir el Atlántico y, el Pacífico, bajo la feria de la luz de los trópicos?... por su indiferencia culpable hacia los débiles; por su complicidad con los altos escrocs de la política internacional como Buneau-Varilla, que robaron cínicamente a un pueblo—corrompido y, culpable, es verdad—pero posesor indiscutible de la cosa robada; porque Europa permitió y apoyó el despojo de Colombia, protegida por la Fe de un Tratado, con su propio detentor… porque ella permitió el crimen del Gobierno yanqui, que con una mano, mutilaba a un país débil y, con la otra, desgarraba las hojas del Tratado, que lo unía a aquel pueblo y, lo hacía protector de la cosa robada... ¡ese Tratado, que no tenía, como todos los suyos, sino el valor irrisorio del jura-mento de un pirata ebrio, hecho ante los mares y los cielos en una noche de orgía; la Europa aprobó y aún aplaudió aquel despojo, bajo el pretexto de la corrupción manifiesta de los políticos colombianos; yo, no niego y antes afirmo, esa corrupción; pero; ¿desde cuando la corrupción de los débiles, es un pretexto para la corrup-ción de los fuertes?...poner la corrupción de los otros como escabel a su propia fortuna, es ser más corrompido que aquellos que se explota; la más baja forma de prostitución, es explotar la de los otros; ¿vamos a hacer de ese comercio una política? ¿vamos a proclamar la Ley del Contagio, como un postulado de Ética, y, a decla-rarla resolutiva, en los problema de la Política internacional? tanto valdría declarar la Trata de blancas, incluida como un principio de nuestro Derecho de Gentes, más allá del mar… ante esta solución, los límites de la lógica retroceden asombrados, más allá de los campos ilimitados del absurdo; por esa indiferencia y por esa complacencia culpables, fue posible que el Canal de Panamá, ideado por el cerebro de un francés, iniciado con capitales franceses, encontrase un francés que haciendo traición a la Raza y al Honor, fuese a ofrecerlo en almoneda en los mercados de Washington...y lo vendiese como lo vendió a la raza enemiga... (…) hay genízaros del pensamiento, como hay genízaros de la Acción; Roosevelt, es rouge-rider, y, es diarista; con la una mano, despoja al débil, y, con la otra, hace apoteosis de su despojo… los Roosevelt, de las selvas africanas, no tienen esa osadía; se conforman con robar a su víctima; la matan…no la ultrajan… siempre hay más pudor en la selva ecuatorial que en la Casa Blanca… (…) son Roosevelt, Taft, Rooth, Wilson; esos pastores de búfalos, no pueden ser sino la encarnación raquítica de un cesa-rismo plutócrata, sin otro elemento de grandeza que el alcance de sus ca-ñones, de un imperialismo matonesco, mostrando al mundo, como una amenaza, el furor de sus puños de gañanes; y, aún hay quien me critique, no haber admirado nunca estos cazadores de pueblos débiles, que desmembraron mi patria, que humillaron nuestra raza, que han hecho de nuestra América hispana, el predio de sus codiciosas aventu-ras; que los admiren ellos, almas de esclavos, a quienes deslumbra el alba escarlata en que pasan envueltos esos Nemrods de vaudeville; dejadle a un hombre honrado el acre placer de despreciarlos; (…) ¿Cuál es el peligro de la América Latina? EL PELIGRO YANQUI; (…) y he ahí cerca de seis lustros, que vengo anunciando a los pueblos de América La-tina, el peligro yanqui; y con sus oídos sordos por el rumor de sus vociferaciones, ellos no oyeron; y, con sus ojos turbios por brumas de esclavitud, ellos no lo vieron; desde la soledad de mis dolores, y, de mi ostracismo, sobre las playas del infortu-nio y, del destierro, por todos los climas donde la tempestad empujó mi barca, mi grito anunciador, y, denunciador no se ha callado... dondequiera que he puesto pie, he hecho tribuna de las tablas de mi barca, rota por los naufragios, y, desde ella he anunciado a la América Hispana, la llegada de los bárbaros... y, ella no me oyó; y los bárbaros llegaron; y, ellos han quitado los más bellos florones a la corona secular de la latinidad vencida, dispersa en las selvas del trópico; ellos han invadido a México, aprisionado a Cuba, a Haití, a Santo Domingo, con-quistado a Puerto Rico, y despedazado a Colombia, y cometido el robo au-daz de Panamá... ¡pobres pueblos vendidos, no vencidos! ¡tristes fragmentos de patrias despedazadas, y, repartidas en pública almoneda! los mutiladores de México, los espoliadores del Istmo, tienen el cuello de la Améri-ca prisionero en esa tenaza formidable; y, continúan apretando, y, estrangulando a esos pueblos, que se debaten, prisione-ros en ese círculo de hierro, amenazando su existencia efímera, que despo-jada de la fuerza, parece no tener una sombra de derecho para cubrirse; ¿cómo alzarnos, cómo organizarnos, cómo defendernos, ante estas avanzadas de hoy, débil anuncio de las que vendrán mañana, para despojar, anonadar, y, extirpar nuestra raza vencida, sin fuerza, sin cohesión? ¿cómo prepararnos para resistir y, para vencer ante esta alba profunda—alba de sangre—ante este enigma de fuego, que nos cerca, poniéndose el pavoroso dilema de: Luchar o abdicar; Vencer o desaparecer? No es posible otra so-lución; ¡vencer! ¿y nuestra debilidad? pero ¿por qué somos débiles? porque estamos aislados, disjuntos y dispersos; y, así extraviados, divididos, diseminados como tribus avenidas por el huracán de una maldición bíblica, somos un campo abierto a la conquista; y, con los ojos cerrados ante el abismo, nada pensamos, nada acordamos, nada hacemos para organizarnos ante la invasión de los bárbaros (…) es necesario combatir el yanqui, o declararnos francamente sus esclavos; to be or no to be; pero en caso de decidirnos por la esclavitud, tener siquiera el valor de proclamar altamente nuestra infamia; y, probar claramente al mundo, que los leones de Castilla no dejaron descendien-tes en nuestras selvas, donde manadas de orangutanes bélicos, se dejan domesticar, apretando entre sus manos de palmípedos venales, las bellotas de oro que los conquistadores les arrojan, y, alzando al viento sus colas, como estandartes de victoria; la triste victoria de la animalidad doméstica por la Fuerza… anticiparse a la derrota, es triste recurso de los pueblos que no merecen el honor de ser vencidos; Luchar o abdicar; Vencer o perecer; Unirnos o morirnos; La Unión o la desaparición; he ahí el Inexorable dilema; es necesario escoger; escojamos… (…) nosotros no podemos aprisionar el águila del Norte, y la presentimos ya, seño-reando sobre el horizonte patrio; cumplimos con señalar su rumbo, designándola al tiro del Arquero; ¡sagitarios de pampas y, montañas, allá van las águilas del Norte! ... (…) en este trance supremo, cuando merced a la confusión y, al desconcierto y, a la es-pesa sombra que el estupor produce en la conciencia, el enemigo avanza si-lencioso como los soldados de Brunswick, el escritor como el caballero de Assas, debe dar el grito de alerta: ¡a mí Auvergne! ¡he ahí el enemigo! Aunque caiga después cubierto de dardos y, bañado en sangre; caer sin haber temblado es la Victoria.

15 de octubre de 2003

POLO DEMOCRATICO ALTERNATIVO
Siga a Jorge Enrique Robledo en Twitter
  • Imágenes
  • Videos
  • Audios
  • Todas
  • Todos
  • Todos

  • Suscríbase a la lista del PDA-MOIR

    Comunidades del MOIR

    POR LA SOBERANIA, EL TRABAJO Y LA PRODUCCION ¡RESISTENCIA CIVIL!
    Sede Nacional : Carrera 24 No. 27-25 Bogotá Colombia - Teléfono: (57 1) 245 7126.

    Seguir la vida del sitio