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XIV. Recapitulación

Colombia nunca rompió relaciones con Estados Unidos por el robo de Panamá. Toda la estrategia de los mandatarios desde 1903 hasta 1924 consistió en perdonarle al país del Norte el robo del Istmo y regularizar las relaciones con el propósito de conseguir recursos de deuda para una mo-dernización que, desde entonces, no nos ha permitido convertirnos en una nación de economía desarrollada. Como producto de ella, hemos llegado hoy a una deuda externa que representa la mitad del Producto Interno Bruto y cuyo servicio se traga la mitad del Presupuesto Nacional y a una crisis económica sin precedentes desde la Guerra de los Mil Días. Perdimos a Panamá. Per-dimos el Canal. Perdonamos al agresor. Y le entregamos nuestra economía. Cien años después pendemos cada vez más de los suspiros de los gringos. Entregamos la soberanía a pedacitos. Re-capitulemos, entonces, la descripción de la tragedia que desde abril hemos venido desarrollando cada quince días en estos capítulos sobre la “pérdida de Panamá”. Como he dicho varias veces, Oscar Terán, el panameño incólume que nunca renunció a Colombia, me está gritando desde su tumba que no fue “pérdida” sino “atraco yanqui”.

El atraco

La guerra hispano-norteamericana de 1898 y el robo de Panamá por Estados Unidos constituyen el comienzo de una nueva etapa histórica mundial en la transformación del capitalismo y la con-versión del país del Norte en una potencia imperialista que luchará todo un siglo por la hegemo-nía, primero para desplazar a Inglaterra y Francia una vez derrotada Alemania y, después, para ganarle a la Unión Soviética convertida en una potencia socialimperialista. Es un siglo de historia. Desplazó a Europa sobre la base de una economía financiera cada vez más agresiva y quedó como la potencia hegemónica única después del derrumbe soviético, pero no ha podido controlar países atrasados a los que ha tenido que agredir con la fuerza militar más destructora de la historia. Las invasiones militares de Afganistán e Irak no son sino indicios de su decadencia relativa. Sucede a un siglo exacto de su surgimiento como potencia imperialista. Eso fue lo que definió el atraco de Panamá.

Roosevelt, Taft, Wilson, Hay, Root, Knox, Cromwell, Buneau-Varilla—los principales personajes de este atraco—no fueron sino instrumentos de un proceso económico y político que vino a concretar la necesidad de un canal interoceánico. El Canal de Panamá era un requerimiento estratégico de seguridad nacional, de desarrollo del mercado interno y de lucha por la hegemonía mundial de Estados Unidos. Con soberanía o sin soberanía, con independencia o sin ella, Panamá se había constituido en un sitio estratégico de primera magnitud. Era el paso del Atlántico al Pací-fico. Era la vía de Estados Unidos al Medio y al Lejano Oriente. Eran Japón y China y Hawai. Eso era lo que verdaderamente peleaba Estados Unidos con la construcción del Canal de Panamá. Como toda potencia, no se paró en pelitos. Cuando no logró asegurar su soberanía sobre la zona del canal por el fracaso del Tratado Herrán-Hay, entonces se la jugó por convertir a Panamá en una semicolonia con independencia formal y obligarla a punta de sobornos y amenazas que le en-tregara parte de su territorio para construir el Canal. Como dice Terán en el prefacio de su obra: “El cohecho, el engaño, la perfidia, la fe púnica, las instigación al prevaricato, a la traición, en una palabra, todas las formas posibles del maquiavelismo clásico quedaron allí ejemplarizadas y como patentadas bajo el rótulo de Yanquilandia.” Así convirtió Estados Unidos a Panamá en un protectorado. Si las condiciones internacionales le hubieran favorecido, el destino del Istmo hubiera sido la de ser anexionado a la Unión Americana, como fue el querer íntimo de Teodoro Roosevelt después de que el Congreso de Colombia negara el Tratado Herrán-Hay.

La traición

La oligarquía colombiana se postró ante la potencia norteamericana. Pienso que con guerra o sin guerra de los Mil Días hubiera sido lo mismo. Cuando se negociaron los siguientes tratados en el gobierno de Reyes, Carlos E. Restrepo o Suárez, la guerra había quedado atrás y sin embargo fue-ron iguales o peores que el Herrán-Hay. Todos los personajes que directamente participaron de una o de otra manera en las negociaciones—unos más y otros menos—doblaron su rodilla ante el coloso del Norte. Considero que hay tres que sobresalieron, en su orden, Reyes, Marroquín y Suá-rez. Ninguno como Reyes que se enorgullecería hasta el fin de sus días de ser apodado “yanqui criollo”. Le fracasaron todos los intentos de arreglar el conflicto de Panamá por la oposición del pueblo colombiano hasta dar al traste con su Quinquenio. Si sobre Reyes la historia se divide en-tre quienes lo consideran un “modernizador” y le perdonan sus traiciones antes y después de su gobierno, en torno a Marroquín es casi unánime, todos lo tienen como pusilánime e incapaz. Re-yes era un agente gringo, Marroquín, descrito en las historias como un timorato que no se dio cuenta de quienes lo amenazaban, siempre maniobró a favor de los yanquis. Pero a Suárez se le debe el haberle trazado a la clase dirigente de este país el rumbo secular para desarrollar un país bajo la égida de Estados Unidos. El famoso llamado del respice Polum—mirar hacia Estados Uni-dos como la Estrella Polar—no se quedó en una simple visión de un modelo de desarrollo sino en el sometimiento económico y político a una estrategia de dominación sobre el “patio trasero”.

Pero hubo otros traidores. Los negociadores y firmantes de los tres tratados. En el Herrán-Hay, Carlos Martínez Silva, José Vicente Concha y Tomás Herrán. En el Cortés-Root un tal Enri-que Cortés áulico de Reyes y tan pro gringo como él. Y en el Urrutia-Thompson, Suárez, Uribe Uribe y González Valencia. Como lo he repetido varias veces son ocho presidentes de Colombia los implicados en la traición. Porque Abadía Méndez actuó como ministro de Marroquín en las negociaciones del Tratado Herrán-Hay; y Pedro Nel Ospina—unas de cal y otras de arena—se opuso al tratado en el senado de la República, sufrió prisión por rechazar la invitación al secreta-rio de Estado de Wilson, Mr. Knox, pero recorrió con Reyes todo el periplo vergonzoso de súplica a los panameños y gringos por la devolución de Panamá entre noviembre de 1903 y marzo de 1904 y sería uno de los que más presionaron por la aprobación del Tratado Urrutia-Thompson, condición fundamental de la política de su gobierno de “modernización por endeudamiento exter-no”. El significado histórico de Uribe Uribe como uno de los gestores del Partido Liberal del siglo XX, amerita que se recuerde su traición en la Conferencia Panamericana de 1906 y su declaración de “amor irresistible” a los Estados Unidos con la que borró su lucha democrática contra el régi-men despótico de Núñez y Caro.

La claudicación de la oligarquía colombiana en la lucha por la recuperación de Panamá tiene que ver con intereses económicos ligados a los comienzos expansionistas de Estados Unidos en América Latina. En las negociaciones de los tratados Cortés-Root y Urrutia-Thompson intervi-nieron los intereses norteamericanos sobre el petróleo, el banano, el café y los empréstitos finan-cieros. Haber cancelado las relaciones con la compañía Pearson de origen británico para la explo-tación del petróleo y los tejemanejes posteriores tendientes a una legislación favorable a las mul-tinacionales petroleras en el gobierno de Suárez, demuestran el afán de la oligarquía colombiana por congraciarse con Estados Unidos con miras a zanjar las diferencias en torno a Panamá. Igual-mente la tolerancia con los abusos permanentes de la United Fruit Company que desembocarían en la matanza de las bananeras. Así mismo una especie de desespero de los grandes productores de café, con un poder político creciente, por abrirle camino a las firmas exportadoras estadouni-denses que comenzaban ya a monopolizar el comercio del grano en el país. Pero más en el fondo de la intrincada red de intereses, la urgencia de modernizar la infraestructura del país, así como el aparato estatal y el sector financiero que serían el instrumento necesario para atenazar la economía nacional y dar paso a una verdadera dominación de nuevo tipo, distinta a la colonial-militar del siglo anterior. Para todos estos intereses, el conflicto de Panamá y las malas relaciones con Esta-dos Unidos constituían un obstáculo que había que eliminar a cualquier precio.

Este es el punto de arranque de la economía colombiana del siglo XX, sometida a una mo-dernización por endeudamiento externo, estructurada de acuerdo con los moldes del “patio tras-ero” de los Estados Unidos, ceñida a los parámetros estratégicos mundiales de la potencia del Norte y sometida por él a una extracción cada vez mayor de sus recursos naturales y financieros que le sirven para aliviar sus crisis cada vez más agudas y profundas. Los negocios petroleros de la concesión De Mares y Barco; el enclave bananero de la United Fruit Company; las firmas nor-teamericanas exportadoras de café; el Banco Mercantil Americano gerenciado por Alfonso López Pumarejo; la misión Kemmerer de reestructuración del sector financiero; y los tenedores de bonos colombianos de los 230 millones de dólares que desembocaron en la moratoria de 1929; expresan la ansiedad de una oligarquía pro yanqui por arreglar a cualquier precio las diferencias con Esta-dos Unidos en torno al robo de Panamá.

Los patriotas

Si Marroquín, Reyes, Restrepo, Concha, Suárez y Ospina no pudieron entregarle Panamá a Esta-dos Unidos mucho más rápido, se debió a la oposición del pueblo colombiano y a la lucha librada por amplios sectores de la nación durante veinte años en defensa de la soberanía nacional. Si el Senado de 1903 que negó por unanimidad el Tratado Herrán-Hay merece el reconocimiento del país, el de 1921 que aprobó el Tratado Urrutia-Thompson debe recibir un repudio histórico. Es que la diferencia entre los dos tratados reside tan sólo en la declaración simbólica de los gringos de su “sentido pesar” por haberse robado a Panamá. Claro que el tratado de 1903 no entregaba sino la soberanía sobre una franja del territorio y el de 1921 renunciaba a la soberanía sobre todo el Istmo. O sea, el Senado de 1903 no tenía frente a sí la pérdida de todo el Departamento, sino de la zona por la que pasaría el Canal y, sin embargo, no se plegó a las presiones del Ejecutivo ni al chantaje gringo. En 1921 los congresistas se resignaron a los hechos cumplidos y a los intereses económicos imperialistas. A la posición de Marco Fidel Suárez que defendió los negociadores del Tratado Herrán-Hay con el argumento de que habíamos perdido a Panamá por no haber aceptado la soberanía de los norteamericanos sobre el Canal, le responderán para la historia Oscar Terán y Juan Bautista Pérez y Soto—gladiadores solitarios de aquella titánica lucha—que era preferible que los gringos se fueran para Nicaragua que entregar cualquier segmento de la soberanía nacio-nal.

Oscar Terán desde el Congreso, desde la prensa y desde la pluma, jamás dejó de defender los principios de la soberanía de Colombia sobre Panamá, y Juan Bautista Pérez y Soto, no sólo desde el Congreso, sino desde la lucha en las calles hasta hacerse tomar preso por uno de los per-sonajes más siniestros de esta historia, Alfredo Vásquez Cobo, que traicionó a la sociedad La In-tegridad Colombiana y ordenó masacrar a los manifestantes, sólo cuando se dio cuenta de que el contingente de combatientes se había marchado de la capital a unirse con el batallón del general Daniel Ortiz en Titumate y no podían ya defenderla. Terán y Pérez y Soto representan el pueblo de Panamá, junto con los indígenas de San Blas y con el coronel Inanaquiña, su comandante, y los pueblos de la comarca, fuera de las ciudades de Colón y Panamá, cuya oligarquía cumplía cin-cuenta años de infeccioso contacto con el ferrocarril administrado por los gringos y de donde sa-lieron los principales traidores. Ellos fueron los panameños más connotados y víctimas de esta tragedia.

No conocemos los nombres de los 500 hombres que llegaron a Titumate con el general Daniel Ortiz, ni los de los 1.000 a órdenes del general Roa que se sumaron a ellos a principios de 1904, ni de los 100.000 voluntarios, combatientes de varias guerras, liberales y conservadores, que se ofrecieron a marchar por tierra a rescatar el territorio robado por los gringos y que fueron ignorados por Marroquín, presidente, despreciados por su generalísimo, Reyes, y traicionados por el ministro de Guerra, Vásquez Cobo. Reyes renunció a la confrontación bélica, no por el temor de ser derrotado por los marines norteamericanos que defendía a los traidores panameños, sino por su actitud lacaya frente a sus admirados amigos del Norte. Entre la traición o la derrota, había que escoger el riesgo de la derrota por encima de la superioridad de la armada estadounidense. Como dice el Manifiesto de La Integración Colombiana: “En la vida de los pueblos como en la de los individuos, hay hechos que no pueden excusarse, ataques que no es posible pasar inadverti-dos, batallas que es preciso librar a toda costa.” Los patriotas iraquíes de hoy no son los que conforman un gobierno para aceptar la invasión por haber estado contra Hussein, sino los que per-sisten en la lucha contra el ejército invasor no importa que sea el más poderoso de la historia. Los que tenían la razón fueron los patriotas que se presentaron donde Marroquín el 7 de noviembre de 1903 y le exigieron romper relaciones con Estados Unidos, armar un ejército y marchar a rescatar el Istmo, no los que lastimeramente se sometieron a los hechos cumplidos argumentando la supe-rioridad de los acorazados gringos. Y tenían razón quienes espontáneamente salieron a castigar a los traidores en Barranquilla, Cartagena y Magangué, a los Vásquez Cobo, los Enrique Cortés, los Pompilio Gutiérrez, los Uribe Uribe, que habían viajado a Washington y entregado la soberanía de la Nación.

Epílogo

Colombia perdió a Panamá por tres razones históricas: 1) porque Estados Unidos, una potencia en ascenso en los inicios de la etapa imperialista de la historia mundial, necesitaba el Canal y se propuso construirlo y controlarlo por todos los medios a su alcance, así fuera separando el Istmo de Colombia y convirtiendo a Panamá en un protectorado; 2) porque encontró una oligarquía co-lombiana incapaz de defender sus propios intereses territoriales y estratégicos y ansiosa de benefi-ciarse con crecientes vínculos económicos comerciales y financieros con el poder imperial; 3) porque logró corromper a un ínfimo círculo de dirigentes panameños relacionados con el ferroca-rril y firmas financieras norteamericanas en el Istmo para que cometiera la traición.

23 de noviembre de 2003

NOTA: Con este capítulo XIV termina la serie quincenal sobre Panamá, iniciada en abril. El si-guiente capítulo XV es una cronología detallada de los acontecimientos fundamentales que lleva-ron a que Colombia fuera despojada de Panamá. Agradezco la atención que hayan servido pres-tarle a este pequeño esfuerzo de ilustrar la más grande tragedia sufrida por el país en toda su historia. Recibo comentarios sobre el trabajo. Muchas gracias.

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