En memoria de Guillermo Alberto Arévalo

David Jiménez, Bogotá, febrero de 2012

¿Cómo ser, al mismo tiempo, un crítico literario y un militante partidista? ¿Cómo ser un hombre de profundas e indeclinables convicciones de izquierda y un profesor de literatura que distingue –y enseña a sus alumnos a distinguir- entre valor estético y valor político? ¿Cómo aunar todo eso y, al mismo tiempo, ser un poeta intimista y solitario? ¿Cómo hacer compatibles, por ejemplo, la pasión crítica y la pasión política? ¿La poesía y la militancia de partido? Podría decirse que Guillermo Alberto Arévalo nunca encontró la mutua exclusión entre estos supuestos contrarios. Él fue un crítico literario militante y un profesor igualmente militante, si por tal se entiende no el sectario que convierte cada frase en una consigna de su secta, sino el que sabe que en el trasfondo del texto que escribe o del curso que enseña siempre brillarán, implícitos, los principios y valores más universales por los que lucha en todos los frentes, sin descartar hacerlos explícitos cuantas veces lo considere conveniente. Tal vez por paradojas de la edad, Arévalo, que en su juventud había intentado ser un poeta políticamente comprometido, camino en el cual no hizo un largo recorrido, fue en sus últimos años un sorprendente poeta de la sujetividad reconcentrada, logro notable alcanzado con los 23 poemas de su libro de versos: Hay un grito escondido, publicado en 2003. Cinco años después publicó otro, Habanera, igualmente íntimo.

Ser profesor de literatura se volvió cada vez más problemático para la generación que comenzó su carrera académica en los setenta. Arévalo se inició como un joven profesor muy bien preparado en su campo, muy aguerrido en la lucha política universitaria, y lleno de ideas e ideales que fueron el fundamento de su docencia. Comenzó a escribir y publicar muy temprano. Sus dos libros más conocidos en el ámbito de la crítica académica, el titulado César Vallejo, poesía en la historia, y el que recopila la Obra Poética de Luis Carlos López acompañada de un largo prólogo, de aproximadamente cien páginas, lo más polémico y lo más debatido que publicó, fueron escritos antes de cumplir los treinta años. La universidad pública era entonces el lugar adecuado para hacer una vida de docente-escritor, sin perder la autonomía propia de quien se responsabiliza por lo que escribe y lo que enseña. Se suponía que la universidad era eso: la patria de las pasiones intelectuales, disciplinadas por la cultura de las humanidades y de las ciencias sociales. Y la finalidad de la docencia salía de ahí: comunicar la pasión por el conocimiento y el ideal de la reflexión autónoma, ilustrada por la lectura crítica de los textos clásicos en las distintas áreas del saber. Enfrentar la reciente idea de universidad y sus transformaciones en el primer decenio del nuevo siglo no fue tarea fácil para los veteranos de la lucha de clases, como Arévalo. No fue solo ser testigo de cómo el Estado iba renunciando a su deber de financiar la educación pública y cómo lo público se privatizaba y degradaba cada vez más, ni fue solo la evidencia de que los métodos y fines empresariales comenzaban a primar sobre los métodos y fines académicos, hasta subordinarlos y envilecerlos, sino también contemplar el triste espectáculo del profesor que debe hacer publicidad a sus cursos para reclutar estudiantes, única forma de sobrevivir en un medio en el que la competencia mercantil por resultados cuantitativos se ha convertido en la única ley, cuya consecuencia inevitable es un mercado de cursos que compiten por el éxito con ofertas ligeras, de frívolas modas y jergas académicas, en las que el profesor viene a ser la estrella pop de la escena. Las dos palabras clave de la universidad de los setenta, autonomía y crítica, se cambiaron luego por competitividad y recorte de gastos. No pocas de las depresiones del final de su vida las debió Guillermo Alberto a esta situación de la universidad y a tener que sufrir a algunos de sus colegas, incluso ex-combatientes de mejores causas, que ejercían y ejercen como lugartenientes de tales políticas y las aplican con celo como si se tratara de fórmulas salvadoras.

El ejercicio de la crítica literaria fue, para él, hasta cierto punto, una extensión de la cátedra. No sería disminuir su valor afirmar que es, con frecuencia, crítica didáctica y comparte los mismos fines de la docencia. Los profesores escribimos ante todo para nuestros alumnos, afirmó alguna vez. Arévalo era un interlocutor de sus estudiantes, intelectualmente muy generoso con ellos por fuera de la clase, y estaba dispuesto, como muy pocos, a prologar o reseñar los libros primerizos de sus alumnos. Los fundamentos teóricos de sus escritos, igual que de sus clases, se asentaban en el pensamiento marxista, en especial en las obras teóricas y en los ensayos analíticos de Georg Lukács. De él tomó, ante todo, la categoría a la vez estética y política de realismo. Y armado con ella emprendió su primer trabajo de envergadura: el prólogo a la obra poética de Luis Carlos López. Arévalo sostiene, sin rodeos y sin atenuantes, no solo que la poesía del “Tuerto” López es realista sino que de ahí proviene todo su valor estético. Y a partir de lo anterior, argumenta que “la obra de López es revolucionaria porque es realista”. La polémica no tardó en desatarse. Por primera vez un crítico literario colombiano se atrevía a hablar de poesía con terminología marxista. Pero el joven crítico sabía exactamente de qué hablaba y precisó los significados de sus términos. Por “realista” entendía esa clase de arte que no se limita a observar la superficie de la realidad, lo meramente contingente, y a reproducirla en su minucia por medios artísticos, sino aquel que produce una imagen de lo real concreto, una forma artística en la que se unifican lo aparente y lo esencial, las grandes contradicciones históricas que dinamizan los procesos de cambio en un momento histórico determinado, representadas en síntesis indisoluble con el mundo cotidiano y cambiante. Arévalo polemizó en defensa de esta concepción estética que significó, para él, ni más ni menos, la convicción de que el arte es conocimiento de la realidad y no entretenimiento de gentes ociosas. Nunca abandonó esta posición cuyas implicaciones son a la par estéticas y políticas ni se intimidó por el dudoso argumento de que ya había pasado de moda. La complementó, en cambio, con una nómina de teóricos que incluía a Brecht, a Sartre y a Bajtín, entre otros. Lo que sí hizo, con el pasar de los años y el buen criterio que le dejó la experiencia acumulada en la cátedra y la escritura, fue ir despojando su vocabulario crítico de toda jerga teórica, marxista o de otro tipo. Arévalo fue un escritor eminentemente legible, aun en sus textos más académicos, así como fue un expositor claro y didáctico como el que más en clases y conferencias. Eso formó parte de su cortesía con los alumnos y de sus buenas maneras de intelectual.

En sus tiempos de estudiante en la universidad de los Andes publicó Guillermo Alberto un tomito de poemas titulado Andamos formando un amanecer. Era la poesía política de la época, muy preocupada por el mensaje y poco por el cuidado en la dicción poética. La edición fue hecha por un grupo de estudiantes, con todas las limitaciones que imponían las circunstancias, y nunca circuló entre un público más amplio. Tres decenios se tardó en publicar un segundo volumen, Hay un grito escondido, esta vez de poesía lírica, intimista, con un lenguaje muy cercano a lo coloquial, pero de un esmero admirable por la precisión de la palabra y la nitidez de la imagen. No desapareció de su poesía la preocupación política. Lo que desapareció fue la demagogia de la poesía política. En versos de implacable autoconfesión, Arévalo dejó el testimonio poético de sus vivencias en clínicas y casas de reposo, de sus dolores físicos y de sus tormentos interiores. Habló de sí mismo y habló de otros que compartían sus males, con la comprensión de quien los sufre y los convierte luego en reflexión y material poético. Encontrar un libro equiparable en la poesía colombiana actual, con esa intensidad en la expresión y esa hondura en el pensar y en el sentir, sería casi imposible. Ese tomito de setenta páginas deja al lector sumido en la paradoja de la poesía más auténtica: abrumado por la experiencia de un hombre que ha visitado mundos, reales y mentales, que los demás ni vislumbramos, y exaltado de goce por la dura belleza de las palabras.

Hay un poema en este libro, una miniatura en la que aparece la imagen de un copetón, un piaf, dice el autor, que el poeta ve por la ventana de su cuarto, probablemente en una de tantas clínicas que conoció. El copetón se entretiene con dos palitos, como si estuviera en combate con ellos: uno es de paleta chupada, el otro es un gajo quebrado de rosal. Es el amanecer, por la ventana entra la luz y la confusa sinfonía de los trinos, saludos al día o ecos quizá de alguna discusión indescifrable. La mirada del poeta sigue embebida en la contemplación del “piaf” y su lucha con los palitos. Como ha llovido, el copetón resbala a cada rato sobre uno u otro. Parece un esquiador alpino, piensa el poeta. ¿Qué significará todo esto? ¿Qué le querrán decir el copetón y el amanecer, los trinos y los dos palitos? El poema ensaya una explicación en diez palabras: con los palitos, el piaf se está haciendo unas muletas. Apoyado en ellas, su alma se echará a volar. La condensación de la escena es una maravilla. Lo más pequeño convertido en alegoría: piaf significa gorrión y es el nombre que eligió para sí misma la cantante francesa cuya alma caminaba en muletas pero volaba y trinaba como sus homónimos. El poeta se sentía parte de esa familia, los piaf, y veía a su compañero de madrugada prepararse para el vuelo. Sin consignas, sin mencionar la palabra siquiera, es el poema de la esperanza. Y la esperanza del poeta, y de todo hombre, quizá, así sea profesor y crítico literario, es volar y cantar, aunque en tierra necesite dos muletas: una de paleta chupada y la otra de rosal.

 
 
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